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Cine: Edén al Oeste
El arte, al servicio de la ideología
Cada vez es más evidente que, si el marxismo ha caído como doctrina político-económica (salvo lamentables excepciones), pervive con enorme fuerza en todos los ismos que nos ha dejado como herencia: feminismo, ecologismo, igualitarismo de género... Sin embargo, en el ámbito del cine, aún quedan dinosaurios que aplican el materialismo dialéctico más sesentayochista con una pureza tan anacrónica como esperpéntica. Es el caso de Ken Loach y de Costa-Gavras, que siguen obsesionados con la lucha de clases y la burguesía decadente
Imagen del film
El cineasta griego Constantin Costa-Gavras, conocido por sus películas militantes, como Zeta -sobre el asesinato de Estado de un líder izquierdista-, Missing -acerca del golpe de Pinochet y la connivencia norteamericana- o la anticatólica Amén -que acusa a Pio XII de colaboracionismo con los nazis-, vuelve a la carga con renovado vigor en Edén al Oeste. El film es una coproducción mediterránea, en la que intervienen Grecia, Italia y, sobre todo, Francia. Elías es un inmigrante musulmán que viaja en el barco que les traslada clandestinamente a Europa. Cuando, frente a las costas italianas, son descubiertos por la guardia costera, Elías se arroja al mar y comienza una aventura homérica que terminará en París. La búsqueda de trabajo y la huida constante de la policía son los motores que impulsan a Elías a estar en permanente viaje.
El film hace una transposición del esquema marxista de la lucha de clases, y convierte al inmigrante ilegal en el nuevo proletario, víctima de un decadente capitalismo. Para Costa-Gavras, el capitalismo occidental cuenta con un férreo sistema policial que le defiende de la amenaza potencial de la inmigración. En ese sentido, Edén al Oeste busca situaciones demasiado contrastadas y artificiosas, como toda la primera parte, en que Elías ha ido a parar a un hotel de lujo, donde se exhiben todas las miserias de una sociedad de consumo ahíta de sí misma. Nudismo, derroche de alimentos sofisticados, lujos variopintos... van acompañados de una sistemática humillación de Elías, como cuando es obligado a desatascar un retrete con la mano, o es coaccionado vejatoriamente para mantener una relación homosexual con un lacayo de los burguesitos. De hecho, el sexo aparece en el film como instrumento de dominación de la clase capitalista, como ya hizo Pasolini en Saló. La demagogia alcanza su culmen en escenas como la llegada de los cadáveres de ilegales a la playa, mientras los niños y sus papás hacen fotos morbosas con el móvil, mientras comentan con desagrado: «Ya no podemos bañarnos aquí».
Peligroso maniqueísmo
Imagen del film
Frente a esto, Elías encarna la dignidad del pobre, un nuevo Charlot sin pecado original, un buen salvaje puro e indefenso que representa la nobleza de la clase proletaria. Elías no tiene nacionalidad definida, ni religión clara; es el hombre abstracto que tantas veces ha servido de excusa para los más terribles genocidios. Siento decir que este personaje me recuerda un poco al de Jesús en el último film de Ermanno Olmi, Cien clavos, del que ya se habló en este semanario.
Este maniqueísmo pasado de moda -llega con casi 50 años de retraso- muestra el absoluto estancamiento de un Costa-Gavras que se ha esterilizado intelectualmente en aras de una ideología que ya hace mucho que se despojó de su piel de cordero. Lo mismo que Ken Loach, el director griego lleva años declinando una idea fija que destila esquematismo y olor a naftalina. El film tiene inevitablemente destellos de humanidad, a veces de humor, aciertos varios que quedan eclipsados por su deliberado carácter adoctrinador.
Querido Gavras, hay vida después de El capital. Hay que leer menos y mirar más.
Juan Orellana