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No es verdad
Martínmorales, en ABC
No es verdad pero, a la vista de la que está cayendo, hay quien puede llegar a pensar que tienen razón quienes dicen que política y corrupción son consustanciales. Ya digo, no es verdad, pero cada día son más los que se empeñan en hacer difícil defender lo contrario. El asombro -no sé si real o ficticio- con el que algunos comentan, estos días, la actitud de jueces que tiran un poquito de la manta -como avisando: Ojo con lo que hacéis conmigo, que lo cuento todo...-, me llena de perplejidad. ¿Es posible que alguien crea, a estas alturas de la película, que, por ejemplo, los del pelotazo catalán van a estar en la cárcel más tiempo que Julián Muñoz, pongamos por caso? Como pregunta Martínmorales en la viñeta que ilustra este comentario: los políticos no corrompidos, ¿a qué esperan para denunciar a quiénes les desprestigian? Más preguntas: ¿por qué, cada vez que sale a la luz una corrupción que tiene que ver directamente con el poder, surge inevitablemente algo en los medios para hacer que lo otro pase a un segundo término? ¿Desde cuándo, por ejemplo, funciona en Cataluña lo del 3% -¡como poco!- de comisión que se llevan los políticos? ¿Queda todavía en el guindo algún ingenuo españolito que crea o espere que ni uno solo de los corrompidos devuelva un céntimo de lo que nos han robado a todos? El humorista Máximo ha pintado una espléndida viñeta, bajo el lema: Que nos quiten lo robao. ¿Por qué no se les hace devolver hasta el último céntimo? ¿Por qué no hay nadie en el Congreso, en el Senado, en los Tribunales de Justicia, que quiera no ya responder, sino plantear esta pregunta? ¿En serio queda alguien que, con la Ley electoral que tenemos, con este sistema de financiación de los partidos políticos del que algunos disfrutan, con este paisanaje cuyo lema parece ser Quítate tú que me pongo yo, crea que la cosa -nunca mejor dicho, cosa nostra- tiene solución alguna?
Al calor del recuerdo, estos días, de don Sabino Fernández Campo, parece como si algunos hubieran sentido nostalgia de la Transición, cuando en la política estaba lo mejor de cada casa y se hablaba de reconciliación, entendimiento y futuro de una nación como España; pero aquélla era otra España, y aquéllos eran otros españoles. Hoy, por quedar, ¿queda casa siquiera, en cuya política puedan estar los mejores? Una preguntita más, de nada, y como quien no quiere la cosa: ¿pero de verdad alguien cree en serio que la corrupción de la política, de la justicia, de la educación, del periodismo, puede cambiar si primero no cambia cada político, cada juez, cada educador, cada periodista? Pues ya puede esperar sentado. Dice la ministra Aído -¡hace falta cinismo!- que la prevista e ignominiosa Ley del aborto es mejor que la vigente, porque la Ley actual no garantiza la debida tutela a la vida prenatal. ¡Ah! ¿Y la Ley que ella propone y que hace libre el aborto en las 14 primeras semanas de embarazo sí garantiza la debida tutela a la vida prenatal? ¿Eso qué es? ¿Ignorancia, provocación, intolerable recochineo, o las tres cosas? ¿Y qué me dicen ustedes del PNV católico, que da sus votos a esta Ley de aborto, a cambio de 30 sucios euros?
Hans Küng acaba de escribir un intolerable artículo, en El País, en el que se mete con el Papa Benedicto XVI, bajo el título: El pescador de hombres pesca en la derecha. Ahora resulta que los anglicanos son la derecha. Él sí que pesca todo lo pescable donde puede. Chesterton escribió: «Una sola palabra necia dicha en casa es mucho más nociva que miles de insensateces oídas en la calle». Francamente, no sé hasta qué punto a este individuo, antes considerado un reputado teólogo, se le puede considerar de casa; sobre todo, desde que la exacerbación de su clericalón orgullo le llevó, ya hace tiempo, a poner en solfa la infalibilidad del Papa, convencido como está de que la única infalibilidad posible es la suya. Tampoco acabo de saber muy bien si es de casa el señor Bono, quien acaba de afirmar que mi voto, como socialista, está con mi partido. A mí, desde luego, no me ha cogido de sorpresa. Hace mucho que sé que él, como la inmensa mayoría de los que se dicen cristianos socialistas, son antes socialistas que cristianos, y su voto es para su partido, aunque voten una Ley ignominiosa como la del aborto. Ya se ve el bledo que les importa su voto como católicos.
Gonzalo de Berceo