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Teatro
Cosmética del enemigo

No sé si el lector conoce a Amélie Nothomb. En nuestro país se han publicado todas sus novelas. Es una chica ya cuarentona, que se precia de ser rarita. Le tengo un cariño especial, una amistad ligada en el tiempo, gracias a sus textos. Me he leído seis de sus obras, y lo que cuenta siempre me subyuga. Nació accidentalmente en Kobe, Japón. Los partos por accidente lejos del país de origen -en su caso, Bélgica- estimulan esta cualidad de pergeñar una personalidad diferente. Casi todo lo que escribe lleva el melisma de lo autobiográfico. En Biografía del hambre cuenta cómo sus padres, educados en la fe católica, habían perdido la fe. Amélie tuvo que buscar en secreto el sentido del mundo, leía la Biblia a escondidas, con pavor a ser descubierta y sus padres le dijeran: ¡Estás leyendo los evangelios, cuando existe Tintín! En todas sus novelas hay una insatisfacción por los logros conseguidos y una búsqueda potomaníaca de la verdad, que es la necesidad de verse saciado por el agua, tema recurrente en sus novelas.
El caso es que en el Teatro Fernán Gómez, de Madrid, está a punto de echar el telón Cosmética del enemigo, una logradísima adaptación que José Luis Sáiz ha hecho de la novela homónima de Nothomb. La acción se desarrolla en la sala de espera de un aeropuerto. Jerome Angust, hombre de negocios envarado y serio, escucha el anuncio de que su vuelo sufre un retraso sin determinar. Un inesperado interlocutor le dará conversación sin pedirle permiso. Lo que parecía una comunicación absurda es el inicio de una relación imprescindible. A lo largo de la obra, se oirán relatos sobre violación y crímenes. Pero, sobre todo, el espectador asiste a las consecuencias de la pérdida de la fe en Dios, presentada desde el primer momento. Las cisternas que albergan el agua del presunto equilibrio se resquebrajan, y el enemigo, el mal moral, empieza a anegarlo todo. En el fondo, es una obra sobre la conciencia, tan distraída con los negocios de lo cotidiano, que un desaprensivo cree enterrada, muerta y bien muerta, pero en cuanto sucede un momento de lucidez no puede evitar que los cadáveres afloren a la superficie. La descripción de la decisión de cometer el mal moral está descrita tan eficazmente que es imborrable en el espectador. Quizá se hacen prescindibles los énfasis de luz y música durante los monólogos; no hace falta un aviso tan poco sutil.
Javier Alonso Sandoica
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