Alfa y Omega > Nº 662 > PequeAlfa
Texto: María Martínez López. Ilustraciones: Asun Silva
Concurso de pintura por la vida
Árbol que da vida, por Pamela Osuna, de México (Categoría de 10 a 13 años)
Como sabéis, en Zaragoza va a tener lugar, a partir de mañana y durante todo el fin de semana, un Congreso Internacional Provida, que tendrá un título tan bonito como éste: Sensibilización: una sinfonía por la vida.
Entre las muchas actividades que se programaron para este congreso, se encuentra el concurso internacional de dibujo por la vida, del que ya publicamos una muestra de los participantes en su día, aquí en Alfa y Omega.
Bueno, pues por fin se han fallado los Premios. El resultado, como podéis ver, es increíble. ¡Qué nivel tienen los niños del mundo! Han ganado niños peruanos, mejicanos, españoles...
Las obras ganadoras serán expuestas durante todo el congreso, y en el caso del concurso de camisetas, el Premio incluye el poder imprimir el dibujo en miles de camisetas para que todo el que la quiera, pueda lucirla.
Cientos de niños preparan la JMJ, en Madrid
Niños de todas las parroquias madrileñas se reunieron el pasado sábado 24 de octubre en el Paseo de Coches del Retiro, que para quien no conozca Madrid, es como el pulmón de esta gran ciudad: un parque precioso, enorme y lleno de árboles y flores, y sitios para jugar.
Allí tuvo lugar un encuentro diocesano de niños de entre 7 y 13 años, que ha servido para preparar la futura Jornada Mundial de la Juventud, que, como sabéis, se celebrará en Madrid, en el año 2011. El lema de este encuentro era: Arraigados en Cristo, vivimos alegres. Comenzó a las 10 de la mañana, y a las 4 de la tarde, después de haber aprendido muchas cosas y haber jugado mucho más, llegaron las familias, junto con el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco, para celebrar la Eucaristía todos juntos.
La familia Maestro Pardeiro se fue cuatro años, de misión, a Argentina


Pilar Pardeiro y Pedro Maestro son padres de familia, de ocho hijos, que pertenecen al Camino Neocatecumenal, y que hace unos años se ofrecieron voluntarios para ir de misiones. El destino se escogería por sorteo, entre muchas familias. Cada una se iría a un sitio del mundo: Alemania, Paraguay, Haití... ¿Dónde les tocaría a ellos?
Pilar dice que había oído hablar hacía tiempo de Villa Miseria, en Argentina: una cadena de chabolas que se extiende a lo largo del Río de la Plata. Una zona especialmente pobre y hasta peligrosa. El corazón le dio un vuelco cuando, al sacar el papelito de la bolsa, en el sorteo, vio que Villa Miseria les había tocado a ellos. «Se me vino el mundo abajo -recuerda-, pero tenía la convicción de que Dios iba delante de nosotros. Eso fue lo que nos animó a salir de nuestra casa, en Alcobendas, dejarlo todo, e irnos a vivir a Argentina. Por supuesto, sin la experiencia de Cristo en nuestras vidas, es imposible dejarlo todo. Es por agradecimiento a lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, por lo que nos animamos».

Al llegar, se encontraron con la realidad de Villa Miseria. Aquí podéis ver algunas fotos de cómo era el barrio en el que iban a vivir. Por supuesto, no tenía nada que ver con su anterior casa ni su anterior barrio. Aunque ellos vivían en una casa un poquito mejor que las chabolas, al menos aparentemente: su casa era prefabricada, pero estaba hecha de chapa.
Allí vivieron durante cuatro años. A veces había tiroteos entre bandas rivales... Todos recuerdan que, cuando sucedía eso, se asustaban y se iban corriendo «a la habitación del fondo», donde estaban más protegidos. Había muchas enfermedades: dengue, tuberculosis..., aunque ellos tan sólo cogieron algún que otro catarro. Además, a juzgar por las fotos, la verdad es que parece que se lo pasaban bastante bien, ¿verdad?

Pedro, el padre de familia, que aquí en España es pintor, no tenía siempre un trabajo fijo. Sin embargo, Pilar recuerda que nunca les faltó para comer. Y a veces les pasaban cosas muy extrañas: «Cuando peor estábamos, de repente nos llegaban compras a casa llenas de comida, incluso de pañales, o las cosas que más podíamos necesitar. A día de hoy, no sabemos quién nos las envió». Por esto, Pilar cuenta que vivían abandonados a la Providencia.
¿Y qué hacían a diario? Pues una vida totalmente normal. Fueron allí a vivir como una familia cristiana, y con eso, dar testimonio de su fe. Ésa era su misión: ser una familia normal, unida, que se quería y que rezaba y compartían todo juntos. Allí no era muy común que las familias estuvieran muy unidas, por eso era tan importante que les vieran.

Judith, que hoy tiene 13 años, recuerda que las calles estaban llenas de basura, que había muchas zanjas en la carretera y que la gente no era como aquí: «Allí son más pobres, a veces iban descalzos... Pero hice muchos amigos y me acuerdo mucho de todos ellos». Daniel, de 15 años, quiso una vez explicarles a sus compañeros de clase, el año pasado, todo lo que habían vivido en Argentina, pero cree que «no le entendieron muy bien». Sin embargo, él se lo pasó fenomenal y «tenía un montón de amigos». Amigos que, además, eran muy especiales: «Eran muy creativos, estaban todo el día cantando, haciendo coreografías... Aquí lo normal, en cambio, es jugar al fútbol, a los cromos...»
Tanto Judith, como Daniel, como Marian, de 11 años, se acuerdan mucho de aquellos años que pasaron en Villa Miseria. Todos coinciden en que cuando llegó el momento de volverse a España no querían, y si hoy les preguntaran, se volverían de nuevo, encantados.