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Gloriosa libertad

«El católico no es el atormentado por cien mil problemas, sean incluso de orden espiritual... ¡No! El católico es el que tiene la fecundidad de la seguridad. Tan es así que, fiel a su fe, puede mirar al mundo no como un abismo de perdición, sino como un campo de mies»: estas palabras de Pablo VI, que tan bellamente definen a quien vive en la Iglesia, acaba de recordarlas Benedicto XVI, el domingo pasado, durante su visita a la ciudad natal de Juan Bautista Montini, al inaugurar, en Concesio, la nueva sede del Instituto Pablo VI. Y, en la homilía de la misa celebrada en Brescia, no dudó en afirmar que «la reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más actual que nunca; y más precioso es aún el ejemplo de su amor por ella, inseparable de su amor por Cristo», a lo que añadió este luminoso texto de su encíclica programática, Ecclesiam suam: «El misterio de la Iglesia no es un mero objeto de conocimiento teológico; ha de ser un hecho vivido, del cual el alma fiel, aun antes que un claro concepto, puede tener una casi connatural experiencia». Sencillamente, porque «es la Iglesia -subrayó Benedicto XVI, al visitar la iglesia parroquial en la que fue bautizado Pablo VI- la que nos ha regenerado a la vida divina y nos acompaña en todo nuestro camino: ¡amémosla, amémosla como nuestra verdadera madre!»
He aquí la razón de celebrar, el próximo domingo, el Día de la Iglesia Diocesana. En la Iglesia no se trata de sostener, y aun seguir, toda una serie de principios y valores abstractos, ni de realizar toda clase de actividades, buenas y provechosas sin duda, sino de algo tan connatural como tener una madre, como pertenecer a una familia, y una familia tal que jamás nos abandona; más aún, que nos acompaña tan estrechamente que, pase lo que pase, nos duelan en el alma sus miserias por estar formada de pobres pecadores, o se multipliquen por cien mil, y más aún, los problemas, siempre podemos gozar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Y se entiende perfectamente por qué Bernanos, por ejemplo, suplicaba no quedarse sin sitio en la Iglesia, aunque fuese arrastrándose y en el último rincón, pues fuera de ella no sabría ni siquiera respirar.
No es la Iglesia, ciertamente, una superestructura sobreañadida a la vida; ¡es la vida misma en toda su verdad, que reclama esa compañía que se llama amor!; todo lo contrario de la soledad que genera el mundo empeñado en darle la espalda a Quien es la Vida y el Amor. «Señor obispo, ayúdenos -le suplicaban hace años el alcalde y unos vecinos de la aldea en que se había derruido el tejado del templo parroquial-, porque sin iglesia no somos pueblo». ¡Qué bien dicho! En la Exhortación apostólica Christifideles laici, de 1988, Juan Pablo II mostraba cómo la parroquia «es la más cercana localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas». Y en consecuencia -añade-, «si la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres, ella vive y obra, entonces, profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas»; pero no para atormentarse por cien mil problemas, como bien decía Pablo VI, sino para dar fecundidad a la mies del campo, que es el mundo entero. Es una fecundidad a la medida del hombre, cuya sed de infinito sobrepasa toda medida humana y hace que la Iglesia de Dios, por tanto, se convierta en la primera y más indispensable necesidad de la vida, en «el principio vital de la sociedad humana», según expresión de Pío XII, recogida por Juan Pablo II.
Que la Iglesia sea la única esperanza verdadera de los hombres convierte en suicida todo intento de reducirla, y no digamos de anularla. No es su futuro, sino el de la Humanidad misma, hasta en sus aspectos más materiales, el que está en juego. Lo ha puesto bien en evidencia Benedicto XVI en su reciente encíclica social, Caritas in veritate, justamente evocando la Populorum progressio, de Pablo VI, en su 40 aniversario. La sed de infinito que constituye la vocación de todo hombre -escribe el Papa- «es precisamente lo que legitima la intervención de la Iglesia en la problemática del desarrollo. Si éste afectase sólo a los aspectos técnicos de la vida del hombre, y no al sentido de su caminar en la Historia junto con sus otros hermanos, ni al descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría por qué hablar de él». Pero la Iglesia no puede callar, porque, «estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo»; y «sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento».
Así es. Por eso, «el anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como Padre nuestro». Y tal invocación no es posible, en toda su verdad, si no va de la mano de la Madre, de quien es figura y modelo de la Iglesia, donde reside la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Nueva pobreza
Este hito del cincuentenario nos está invitando a tomar conciencia de las nuevas realidades de pobreza que ofenden nuestra vista y conmueven nuestra sensibilidad. La crisis económica que nos oprime, con el desolador problema del paro que genera, está poniendo a prueba nuestra capacidad de respuesta. La crisis de humanidad que está en su base es un argumento más a favor de la eficacia de un planteamiento de búsqueda de soluciones integrales: la batalla contra el hambre de pan no puede desligarse de la formación de una conciencia moral responsable, fundamentada en la fe en Dios. En una sociedad mundial que necesita la comunicación de bienes, no es lícito el despilfarro y el derroche desmedido, pues el consumo insolidario de unos revierte en hambre para otros. La obligada solidaridad entre los que compartimos una misma condición y un mismo destino nos exige compartir, siendo preciso modificar nuestros hábitos de vida y adecuarlos a una sobria austeridad. El frío análisis de los hechos nos persuade de que el pensamiento cristiano tiene mucho que aportar para la resolución de los problemas humanos; y, ciertamente, la actividad de la fe informada por la caridad es capaz de llevar a feliz término estos acertados planteamientos.
La Iglesia no se limita a proclamar los principios de la doctrina social y a exhortar a los gobernantes para que establezcan relaciones de solidaridad entre los pueblos, sino que, a través de múltiples iniciativas de sus miembros, trata de hacer realidad esos principios de modo original y conforme a su naturaleza, siguiendo el ejemplo de su Fundador y Maestro. Así, Manos Unidas se inspira en las actitudes del mismo Cristo, que vino a traer la Buena Nueva a los pobres y a dar su vida por todos. Sus Campañas siguen siendo necesarias; su proyecto no ha perdido actualidad; y, desde hace ya cincuenta años, es testimonio vivo de la Iglesia en favor de la desaparición del hambre en el mundo.
Conferencia Episcopal Española
del Mensaje en el L Aniversario de Manos Unida