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El cardenal arzobispo de Madrid, en la festividad de La Almudena
Nadie puede disponer del hombre
En el Día de La Almudena, el cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco, presidió la Eucaristía en la Plaza Mayor de Madrid, y agradeció al alcalde el Voto de la Villa y su colaboración para la fiesta de la Sagrada Familia y la Jornada Mundial de la Juventud 2011. En la homilía, dijo:


El cardenal arzobispo de Madrid, se dirige
a los madrileños al llegar la Procesión, que siguió
a la Misa, con la imagen de Nuestra Señora la Real
de la Almudena a su catedral
Vuelve de nuevo a la actualidad de Madrid la Virgen de La Almudena en esta celebración solemnísima del día de su fiesta anual. Vuelve Ella en toda su verdadera y objetiva realidad como Madre del Señor y Madre nuestra: ¡La Madre de Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor!
A los madrileños de todos los tiempos y a los del momento presente, apoyados en su tradición cristiana que se remonta a los primeros siglos de la predicación apostólica en España, la Virgen les llevó y nos lleva a reconocer a su Hijo, Jesucristo, como el único que nos puede salvar en lo más profundo de nuestro ser y en la totalidad de nuestra existencia: antes de la muerte -en el tiempo- y después de la muerte -en la eternidad gloriosa-. Sí, la Virgen de La Almudena ha mantenido y mantiene a los madrileños en el camino de la verdad de Dios y, así, en el camino de la verdad del hombre. De hecho, para los cristianos madrileños estuvo siempre claro: todo ser humano, desde el momento de su concepción hasta su muerte, es sujeto de una dignidad inviolable, ¡trascendente!, como persona llamada a compartir, por adopción, la filiación divina, siendo hijo de María, la Madre celestial. Con una consecuencia ética para sus vidas igualmente incontestable: a todo hombre, por muy insignificante, minúsculo, enfermo, débil, avejentado que esté, se le debe un respeto personal y social, sin condiciones. Nadie puede disponer de Él como de un objeto; ninguna instancia de este mundo puede negar o limitar su derecho a la vida, a la integridad física y moral, a la libertad para vivir en consonancia con su vocación de hijo de Dios, convocado, a través del matrimonio y de la familia, a ser protagonista del don de la vida y de la experiencia verdadera del amor: ¡fuente y esperanza de la Humanidad! Sólo si se está dispuesto a dar la vida, se ama. Dar la vida y no quitarla es el primer principio de toda solidaridad humana, que obliga a todos: a los matrimonios, a las madres gestantes, a las familias, a toda la sociedad y al Estado.
En la maternidad espiritual de la Virgen de La Almudena, los madrileños de ayer y de hoy han podido comprender cómo se llega a la verdad del principio de fraternidad, tan ensalzada en las sociedades laicistas contemporáneas. Para ello les invita insistentemente a situarse espiritualmente al pie de la Cruz de Jesús. En aquella hora decisiva para la historia salvadora del hombre, se abría para el hombre la fuente y el lugar en donde nace la verdadera fraternidad: el amor del Corazón de Cristo y la maternidad universal de María. ¿Cómo hay que tratar al prójimo a partir de este acontecimiento y ya para siempre? ¿Un amor dispuesto a dar la vida por los hermanos? Sin duda alguna. Sólo así se ama al prójimo verdaderamente, según la voluntad de Dios.
Un callejón sin salida
El poder conocer y vivir esas dos grandes verdades sobre Dios y el hombre, reveladas en el Misterio Pascual de Cristo, ha sido gracia y don que Madrid, en todas las épocas de su historia cristiana, ha logrado a través del cuidado maternalmente exquisito de María, la Virgen de La Almudena, su Patrona y Madre.
La crisis económica llena de angustia a muchos madrileños -nativos e inmigrantes-. La crisis del paro condiciona y agrava en no pocas ocasiones las crisis matrimoniales, ya existentes y persistentes por otras causas más profundas. Niños, jóvenes y ancianos sufren sus consecuencias con mayor y cruel gravedad. Lo que se les ofrece a los jóvenes para enfocar y conformar sus vidas, a través de una alianza de poderosos medios sociales, mediáticos, culturales y jurídicos, es un programa materialista de vida personal, de relación social y de proyectos de futuro, marcados por lo que el Siervo de Dios Juan Pablo II no dudó nunca en llamar la cultura de la muerte, es decir: ¡un verdadero callejón sin salida! Nuestro Santo Padre Benedicto XVI acaba de recordar, en su encíclica Caritas in veritate,que «la apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica».
Los jóvenes de Madrid se encuentran en torno a la Cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que les fue confiada por Benedicto XVI. La abrazan para que todos los jóvenes madrileños vean dónde está y quién es El que puede iluminar, guiar y acompañar sus vidas si quieren que no fracasen ni ahora ni nunca, ni en el tiempo ni más allá del tiempo: en la eternidad. Conociéndolo de verdad, se puede descubrir y practicar fructuosamente la fórmula de vida que despeja y garantiza el camino de la felicidad; fórmula que no es otra que la del amor que se dona gratuitamente, que no se compra ni se vende, que no funciona como el Te doy, porque me das,o para que me des,sino sencillamente me doy, porque te amo gratuitamente, sin esperar nada a cambio que no sea amor y misericordia. ¡Es la fórmula de Jesucristo crucificado!
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid