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Peregrinación del Papa a la cuna de Pablo VI
¡Amemos a la Iglesia!
La peregrinación que realizó, el domingo, Benedicto XVI a Brescia, tierra natal de Pablo VI, en el norte de Italia, se convirtió en el mejor desmentido frente a quienes se empeñan en etiquetar este pontificado como una ruptura con el Concilio


El Papa Pablo VI con el entonces
cardenal Ratzinger
El maratón al que se sometió el Papa, en un día de lluvia, le sirvió para testimoniar con la misma pasión de Giovanni Battista Montini su amor la Iglesia, que no es un partido político o un club de amigos de izquierdas o de derechas, sino la realidad que permite a los hombres y mujeres, después de dos mil años, seguir encontrando a Cristo vivo. «Pobre y libre», dijo Benedicto XVI. «Así debe ser la comunidad eclesial para poder hablar a la Humanidad contemporánea». Pablo VI «dedicó todas sus energías al servicio de la Iglesia, siendo lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarla, el hombre contemporáneo pudiera encontrar a Jesús, porque de Él tiene necesidad absoluta». También «éste es el anhelo profundo del Concilio Vaticano II», aseguró en la homilía de una multitudinaria misa que presidió en la céntrica plaza de Brescia.
La jornada acabó en la parroquia de Concesio, en la que Montini fue bautizado en 1897. Benedicto XVI pronunció un discurso sobre el Bautismo en el que reconoció que «no es fácil ser cristiano». Como dijo el Papa, «se necesita valor y tenacidad para no conformarse con la mentalidad del mundo, para no dejarse seducir de la potente llamada del hedonismo y el consumismo, para afrontar, si es necesario también, las incomprensiones e incluso persecuciones», explicó. «Vivir el Bautismo implica permanecer sólidamente unidos a la Iglesia, incluso cuando vemos en su rostro sombras y manchas. Ella nos ha regenerado a la vida divina y nos acompaña en todo nuestro camino: ¡amémosla, amémosla como a nuestra auténtica madre! Amémosla y sirvámosla con un amor fiel, que se traduzca en gestos concretos dentro de nuestras comunidades, sin ceder a la tentación del individualismo y del prejuicio y superando toda rivalidad y división», añadió.
La pasión de Pablo VI
Desde estas claves se comprende la pasión que vivió (en los dos sentidos de la palabra) Pablo VI por la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, cuando todo tipo de interpretaciones contrapuestas de aquel acontecimiento sumieron a la Iglesia en una crisis, cuyas consecuencias en algunos aspectos todavía hoy se sienten. Benedicto XVI recurrió a escritos de aquel Papa para hacerse portavoz de su amor por su madre la Iglesia y de su dolor al constatar tantas traiciones. Releyó, por ejemplo, su Pensamiento en la muerte, cuando Montini escribía: «Podría decir que siempre la he amado..., y que por ella, no por otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiera».­
Confesaba también: «Quisiera comprenderla totalmente, en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su composición compleja, total y unitaria, en su humana e imperfecta consistencia, en sus desgracias y sufrimientos, en las debilidades y las miserias de tantos de sus hijos, en sus aspectos menos simpáticos, y en el esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo Místico de Cristo. Quisiera abrazarla, saludarla, amarla, en cada ser que la compone...»
El anciano Papa dirigía esas últimas palabras, como si hablara de la esposa de toda una vida: «Y a la Iglesia, a la que le debo todo y que fue mía, ¿qué le diré? Que Dios te bendiga, sé consciente de tu naturaleza y de tu misión, ten conciencia de las verdaderas y profundas necesidades de la Humanidad; y camina pobre, es decir, libre, siendo fuerte y amando a Cristo».
Éste el programa que replanteó a la Iglesia del siglo XXI ese fino teólogo alemán que sorprendió hasta tal punto a Pablo VI que le nombró pastor de Munich.
J.C. Roma
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