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Con ojos de mujer
¿Cómo terminaremos, si empezamos quitando el crucifijo?

El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ha quitado la razón a los tribunales italianos y ha fallado a favor de una madre italiana de origen finlandés que reclamaba a la escuela pública donde estudiaban sus hijos (el caso se remonta a 2002) quitar el crucifijo del aula. Según el Tribunal, este símbolo atenta contra la libertad de los niños y coarta el derecho de los padres a educarlos según sus convicciones.
Paradojas modernas: un Tribunal defensor de los derechos humanos ha sido incapaz de defender uno principal: la libertad religiosa. Al impedir la manifestación pública de la fe, en este caso a través de sus signos, este fallo conculca la libertad religiosa de los ciudadanos. Mientras, la libertad de los niños no estaba en peligro, porque la presencia del crucifijo no obliga a confesar una fe personal, aunque hace presente la fe de un pueblo que basa en ella su propia identidad como nación.
Me pregunto cómo está educando a sus hijos la madre que presentó este recurso ante la Justicia (humana, se entiende), para considerar que la mera presencia del crucifijo puede resultarles perjudicial y para menospreciar su gran peso cultural. Conviene recordar que el cristianismo, con su signo máximo, la Cruz, ha contribuido a hacer la Europa de la que todos nos sentimos orgullosos y en la que la Cruz resuena como un eco en todas sus manifestaciones culturales e históricas.
Por otro lado, no es justo vaciar a la Cruz de su sentido más genuino, el religioso, para defender su presencia en el espacio público. No está bien reducirlo a un mero símbolo cultural; es mucho más que eso, y ese plus es la mejor contribución para la construcción de la ciudad terrestre. Ante la emergencia educativa de Europa, el Papa ha pedido un pensamiento fuerte. Que cada uno se pregunte dónde podemos poner las raíces para dar fortaleza al pensamiento, pero todos deberíamos apreciar su necesidad, para que la identidad europea no siga desmoronándose como un castillo de naipes.
El cristianismo ofrece una respuesta; me temo que quienes la niegan deberían estar en condiciones de presentar una alternativa. Espero que no sea la de la ideología enemiga de Dios y la libertad que otrora levantó muros en Europa, y que no puede ahora reeditarse bajo una forma más sibilina pero igual de perniciosa.
Por ahora, en Europa sólo nos atrevemos a quitar los crucifijos, pero el iluminado de Venezuela tiene ya un plan más ambicioso: eliminar las escuelas y las iglesias construidas en su nombre.
Dora Rivas
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