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No es verdad

Martínmorales, en ABC
El marxismo y su traducción política, el comunismo, ha muerto, víctima de sus propios errores políticos y económicos; pero ¿también culturalmente -y perdonen el adverbio, porque llamar a eso cultura es pasarse muchos pueblos- ha muerto? A juzgar por algunas manifestaciones, como la que acaba de hacer el Secretario General del PCE, Francisco Frutos, se diría que no. Ha dicho este individuo: «¿La caída del muro? Yo no celebro esas cosas. Demagogias, las justas». Por la boca muere el pez, y él solito se lo guisa y se lo come: ya se ve que lo que él llama demagogias justas sólo serán las que él y su mariachi determinen. Europa acaba de celebrar en Berlín, a golpe de fichas de dominó, el derribo del Muro de la vergüenza, y no habrá un solo europeo, digno de tal nombre, que no celebre los primeros veinte años del derrumbamiento de tal expresión de barbarie y no recuerde el perfume de la libertad que, hace 20 años, fueron capaces de traer, a otra Europa que no es la de hoy, personas como Solzhenitsyn, Gorbachov, Reagan, Thatcher, Havel, Kohl y -los últimos serán los primeros- un Juan Pablo II que supo quitarnos el miedo y nos recordó que intentar borrar a Dios de la Historia es lo peor que se puede hacer contra el hombre. Mucho antes, en Compostela, meta del Camino de Santiago en el que nació Europa, había dicho lapidariamente: «Europa, sé tú misma, vuelve a tus raíces».
Mientras los fuegos artificiales, maravillosos, iluminaban la noche berlinesa y la Puerta de Brandenburgo, los más lúcidos europeos -los que vivieron las tragedias del Muro y los que aprendieron a saber lo que pasó- se preguntaban, con indisimulada preocupación: ¿Qué hemos hecho, qué estamos haciendo de aquel perfume de la libertad en Europa? Porque un Tribunal de nombre rimbombante, de los Derechos Humanos, nada menos -se ve que de los derechos de unos pocos, ya que los de la mayoría le traen al fresco-, sentenciaba que el crucifijo es una ofensa a los derechos humanos de padres y alumnos que no quieren verlo en una escuela pública italiana. Éste si que es un nuevo muro de la vergüenza, más sibilino, más maligno y más escuálido que el de Berlín. Hay muchos otros muros más de la vergüenza, igualmente escuálidos y malignos: los revisten de Educación para la ciudadanía, de eutanasia, de interrupción del embarazo, de derechos de la mujer, y también tienen sede en Estrasburgo, o en Bruselas, siempre cerca de determinadas logias. Hay incluso Jefes de Gobierno, como el actual Jefe de Gobierno de España, que aprovechan la celebración del derribo del muro de Berlín para levantar otros muros infames, como el del guerracivilismo, como el de la negación de la nación española, el del resentimiento y el del odio a la fe y a la cultura católicas. Afortunadamente, igual que el comunismo cayó víctima de sus barbaridades y errores internos, aquí también, y a pesar de todas las propagandas rentabilísimas y pesebreras, los españoles jóvenes más lúcidos se están dando cuenta y empiezan a caerse del guindo. Por ejemplo, comprueban que el intento de retirar el crucifijo de los centros públicos, o el deseo de sustituir la Navidad por unas laicistas fiestas de invierno y la Semana Santa por otras no menos laicas fiestas de primavera, no son más que letales pasos hacia la desaparición de la conciencia de la propia dignidad humana; una desaparición de la conciencia que luego se traduce, en la vida práctica, en Yo hago lo que me da la gana, en Mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero, en asesinatos de niños en el vientre de su madre, en bofetadas y malos tratos a los padres y abuelos, en Todo da igual, y en un llamado progresismo que, en realidad, consiste en algo así como volver a Atapuerca y la ley de la selva.

Niñas: el aborto no es un asesinato: así ha titulado un artículo que ha escrito -y que, naturalmente, El País le ha publicado- Elena Valenciano, diputada socialista y Presidenta de la Fundación Mujeres. Acabar con la vida de un ser humano en el vientre de quien lo ha engendrado, si no es un asesinato, ¿qué es? ¿O, tal vez, no es ni un ser ni humano, como la señora Valenciano? Y entonces, ¿qué es?
Gonzalo de Berceo
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