Alfa y Omega > Nº 663 > Desde la fe
La Iglesia reclama el derecho a la alimentación, ante la cumbre mundial de la FAO
¿Se puede acabar con esto?
Es la peste del siglo XXI. La muestra más evidente, intolerable y sonrojante de que hay dinero para fomentar las guerras y reactivar la Banca, pero no para evitar que mil veinte millones de personas pasen hambre. Y mueran. Las ayudas para acabar con esta lacra llevan años fluyendo hacia los países subdesarrollados, pero ¿por qué no se acaba con el hambre? La Iglesia reclama, ante la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria, que el acceso a la alimentación sea considerado como un derecho fundamental

Escribir sobre el hambre en el mundo y presentar desde las asépticas páginas de un periódico la dolorosa realidad a la que se enfrentan cada día mil millones de personas, supone un aldabonazo de primer orden en la conciencia. Sobre todo, porque desde Europa cuesta saber lo que significa, en toda su crudeza, la palabra hambre. Se impone, así, huir de las frías estadísticas y pensar en esa persona concreta que abre los ojos cada mañana sin saber qué podrá llevarse a la boca, y que los cierra cada noche sin haber probado bocado. Y así un día detrás de otro.
Una denuncia incesante
Sólo desde esta perspectiva se puede presentar la terrorífica cifra de los 1.020 millones de personas que pasan hambre en todo el mundo. Y eso, a pesar de que la Humanidad produce hoy un 10% más de los alimentos necesarios para atender, sobradamente, a toda la población mundial. La situación es tan dramática, y tan desgarradoras las constantes denuncias de la Iglesia, las ONG y ciertos organismos internacionales, que la erradicación del hambre y la desnutrición es el primero de los Objetivos del Milenio que 189 países se comprometieron, en el año 2000, a erradicar en 2015. En 2009, por desgracia, el número de personas cuya vida pende de un hilo a causa de la desnutrición, lejos de reducirse, se ha incrementado en 105 millones de personas más que en 2008.
Poder comer para vivir seguro
El mismo Director General de la FAO, Jacques Diouf, en su reciente intervención como invitado al Sínodo de los Obispos para África, reconoció que tan lacerante situación tiene consecuencias desastrosas para toda la Humanidad: «La seguridad alimentaria -afirmó Diouf- es indispensable para la reducción de la pobreza, la educación de los niños y la salud de la población, pero también para un crecimiento económico y duradero. Cuando en 2007 y 2008 tuvieron lugar los motines del hambre en 22 países de todos los continentes, la estabilidad de los Gobiernos se tambaleó. Todos han podido darse cuenta de que la alimentación es una cuestión social de primer orden y un factor esencial de seguridad global». Asimismo, la relación entre el hambre y la estabilidad de los pueblos es una de las claves que ha reiterado el Papa Benedicto XVI en sus viajes a África, en su último Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz y en la encíclica Cáritas in veritate.

En este último documento, el Papa denuncia que, en pleno siglo XXI, «falta un sistema de instituciones económicas capaces, tanto de asegurar que se tenga acceso al agua y a la comida de manera regular y adecuada desde el punto de vista nutricional, como de afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias de las crisis alimentarias reales, provocadas por causas naturales o por la irresponsabilidad política nacional e internacional». Por esto, reclama la necesidad de que «madure una conciencia solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones».
Para buscar soluciones ante un problema que parece no tener fin, la FAO va a celebrar en Roma, del 16 al 19 de noviembre, la enésima Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria. Una cumbre a la que, por primera vez en 30 años, acudirá el sucesor de Pedro. Las expectativas ante estas cumbres se matizan con un punto de escepticismo, sobre todo cuando se sabe que, como denunció el director del Programa Mundial de Alimentos (PMA), Josette Sheeran, el pasado mes de septiembre, «con menos del 1% de lo que los Gobiernos han inyectado en los sistemas financieros de sus respectivos países y en los fondos internacionales para estabilizar el marco económico mundial, se podría haber resuelto el problema del hambre»; que los fondos con los que cuenta el PMA son los más bajos de los últimos 20 años; o que, mientras que para acabar con el hambre sería necesaria una inversión de 30.000 millones de dólares en infraestructuras agrícolas, se destinan, cada año, 1,46 billones de dólares a la producción y venta de armas.
Garantías para alimentarse
A pesar de tan flagrantes injusticias y de las sinergias internacionales que buscan el beneficio de unos pocos a costa de la vida de tantos miles de personas, es posible garantizar el derecho a la alimentación. En su Informe Alimentarse es un derecho fundamental, Manos Unidas señala tres estrategias fundamentales para combatir el hambre. La primera, la asistencia humanitaria. Eso sí, sólo como ayuda de último recurso, «cuando no exista otra posibilidad, por ejemplo, en situaciones repentinas de crisis o desastre». La segunda, la defensa de la Seguridad alimentaria, que la Cumbre de Alimentación de Roma, celebrada en 1996, definió como «la situación que se da cuando todas las personas tienen, en todo momento, acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias para llevar una vida activa y sana». Alcanzar este objetivo no exige producir más, sino universalizar el acceso a esa producción, mediante la inversión en infraestructuras agrícolas, comerciales y de transportes. La tercera medida pasa por la llamada Soberanía alimentaria: todos los países tienen derecho a elegir su propia política de producción, distribución y consumo de alimentos, siempre que se realice de manera justa y garantizando el acceso de todos sus ciudadanos a los alimentos. Enunciadas con tono analítico, estas medidas pueden parecer un ejercicio de sentido común, pero la cosa cambia si se mira con los ojos de una madre que ve cómo su bebé se deshidrata en sus brazos porque la falta de alimentos es tal que ni ella tiene leche en el pecho.
Mienten: no sobra nadie

Una de las propuestas recurrentes para paliar el hambre es reducir la población, porque sobra gente. El biólogo Paul R. Ehrlich esgrimía algunos de estos tópicos, el pasado viernes, en El País: «Puedes reducir la población o el consumo por persona, pero deberíamos reducir ambos. (...) Hacerlo de forma humanitaria llevaría mucho tiempo. Podrías disparar a un tercio de la población, pero no queremos hacerlo así. (...) En Estados Unidos necesitamos un Presidente con agallas que diga que nadie ha dado nunca una razón de por qué debe haber más de 140 millones de americanos vivos a la vez. (...) Tener más (de dos hijos) es egoísta e irresponsable».
Sin dar más pábulo a estas teorías -ya formuladas por Thomas Malthus ¡en el siglo XVIII!-, Benedicto XVI mostró, en su último Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que «el exterminio de millones de niños no nacidos en nombre de la lucha contra la pobreza es, en realidad, la eliminación de los seres humanos más pobres. A esto se opone que, en 1981, casi el 40% de la población mundial estaba por debajo del umbral de la pobreza absoluta, mientras que hoy este porcentaje se ha reducido a la mitad, y numerosas poblaciones, caracterizadas por un notable incremento demográfico, han salido de la pobreza. El dato apenas mencionado muestra que habría recursos para resolver el problema de la indigencia, incluso con un crecimiento de la población». Datos que ponen en evidencia, además, la desidia de la comunidad internacional en los últimos años: en el año 2000, el número de personas que pasaban hambre había disminuido y, según la FAO, eran 845 millones. En 2009, hay 175 millones más.
¿Por qué no ayudan las ayudas?
En todo caso, la pregunta que muchos se plantean es por qué, a pesar de los miles de millones invertidos en intentar paliar el hambre, esta situación no sólo no disminuye, sino que crece cada día. ¿Se ayuda poco? ¿Se invierte mal? ¿Es por la corrupción? Juan Souto, coordinador de proyectos de Manos Unidas, asegura que «existen recursos suficientes para resolver este escándalo; de hecho, se ha incrementado la producción agrícola de alimentos y cereales. Pero también se han incrementado los precios de los cereales y desvirtuado la finalidad de los alimentos; se han convertido los cereales en mercancías sometidos a la especulación, engordando más los bolsillos de algunos que los estómagos de los pobres; se han incrementado las agroindustrias energética y la alimentaria especulativa; y, sobre todo, se ha dejado a la intemperie a los pequeños agricultores y a las agriculturas familiares, cuando cerca del 80 por ciento de los pobres viven en el mundo rural. Estas situaciones se desarrollan dentro de una globalización económica desbocada, hecha al margen de la razón y la ética; facilitada por un escenario económico y político de corrupción, y se mantienen enormes y costosas burocracias poco eficaces, más preocupadas en mantenerse a sí mismas que en atender, con políticas públicas y criterios de prioridad, las necesidades de las personas».
Una vez más, la solución pasa por el compromiso personal, la voluntad política y por articular «soluciones integrales contra el hambre -afirma Souto-, poniendo los medios para que los más pobres puedan producir, adquirir, comercializar y compartir sus propios alimentos. Hay que poner orden y transparencia en la ayuda internacional, denunciar las vías de corrupción existentes y humanizar, en todo lo posible, la cooperación al desarrollo». Es decir, poner los ojos en el hombre. Una vez más.
José Antonio Méndez
Las cifras del escándalo:
* En 2009, la cifra de personas que pasan hambre aumentó en 105 millones, hasta alcanzar los 1.020 millones de hambrientos.
* EL 15% de la Humanidad pasa hambre. Sin embargo, hoy se produce un 10% más de los alimentos necesarios para atender a toda la población mundial.
* En los países de renta baja, uno de cada 10 niños muere antes de cumplir 5 años. En los países de renta alta, la cifra es de uno de cada 143.
* El precio de los productos de primera necesidad subirá un 50%. Los países más pobres pagarán de media un 56% más por la importación de cereales.
* En el año 2000, los países africanos se comprometieron a invertir el 10% de su PIB en agricultura. El que más ha invertido, sin embargo, ha sido Mozambique: un 6%.
* Reducir el número de hambrientos a la mitad, requeriría una inversión en agricultura de 30.000 millones de dólares anuales. En 2008, los países dedicaron 1,46 billones de dólares a comprar armas.
(Fuentes FAO, UNESCO, ONU, Manos Unidas)