Alfa y Omega > Nº 663 > Contraportada
Testimonios del Congreso Internacional Provida, celebrado este fin de semana en Zaragoza
Tres mujeres, tres miradas
Denise y Natalia son dos caras de una misma moneda. La primera, tras abortar dos veces de joven, presionada y engañada, lleva 22 años denunciando el mal del aborto y el daño que hace a las mujeres. La segunda demuestra que, con el apoyo del entorno, tener un hijo a los 20 no es una tragedia. Gema, el tercer par de ojos, estaba desde siempre en contra del aborto, pero hace poco se lanzó a defender activamente la vida

Nosotras hemos estado ahí
Denise Mountenay
A los 13 años, Denise fue violada por el hermano de una amiga. El trauma la llevó al alcohol, las drogas, «y a buscar el amor en los lugares equivocados». Se quedó embarazada y abortó a los 16 y a los 24 años. La primera vez, aunque pensaba tener el niño, su madre la llevo a hacerse una operación especial; la segunda, al preguntar al médico por su hijo, éste dibujó un puntito en una hoja de papel. «Sentí -narra sobre su segundo aborto- que me arrancaban las tripas. Fue como si me violaran de nuevo. Cuando acabó, me puse en posición fetal y no podía hablar. Sólo querían que me fuera porque había más mujeres esperando. Tenemos que luchar contra dos mentiras: que el feto no es un niño, y que el aborto es un procedimiento seguro. Tanto si es legal como ilegal, hiere a la mujer física, emocional, psicológica y espiritualmente. Tras mi aborto seguro, tuve una infección, y daños en el cérvix y el útero. Cuando nació mi hijo Sean, hace 17 años, los médicos, al ver mis lesiones, no se lo podían creer. Es un milagro de Dios». En 2004, fundó en Canadá la asociación Silent no more (No más silencio), para ayudar a las mujeres heridas por el aborto y dar a conocer su testimonio. «Nadie puede discutir con nosotras, que hemos estado allí y sabemos lo que duele el aborto, que mata a nuestros hijos».

Mi hijo es un regalito de Dios
Natalia
«A los 20 años me quedé embarazada, y decidí tenerlo. Mi novio también quería seguir adelante, y conté con todo su cariño y su apoyo. Cuando se lo dije a mis padres, mi madre me dijo que un hijo era una bendición, que siempre era algo bueno, pero que le entristecía que me complicara la vida en este momento. La vida te cambia un montón, porque tienes una personita que depende de ti para casi todo, y tú pasas a un segundo plano. Pero el cambio no se me ha hecho muy duro. Mis amigas intentan adaptarlo todo a mi situación, y mi familia me ayuda un montón; gracias a ellos, puedo estudiar e ir a clase. Además, me encanta pasar tiempo con mi hijo y tengo la ventaja de que a mi edad se tienen más fuerzas y energías para poder con todo. Dios es el que más gracias se merece, porque mi hijo es un regalito que él me ha dado».

No me podía quedar tranquila
Gema
«Siempre, desde el colegio, había estado concienciada sobre el aborto, pero el año pasado sentí que me despertaba otra vez. Pusieron en televisión el vídeo Dura realidad, de Eduardo Verástegui, y la primera vez casi no pude mirar. Pero quise volver a verlo, igual que, unos años antes, había ido al campo de exterminio de Auschwitz. Me pregunté: «¿Cómo puede estar sucediendo esto?» Luego vi Bella, una película maravillosa sobre lo que podemos hacer con el que tenemos al lado. De repente, mi hermana y yo empezamos a ver casos de aborto a nuestro alrededor, que habían ocurrido sin que nos hubiéramos enterado. No sé qué había pasado, pero ya no me podía quedar tranquila. Hacía de todo, desde poner carteles hasta colaborar con las Misioneras de la Caridad en Estados Unidos. Allí también fui a un congreso provida y vi que era verdad, que iba en serio, que podías ayudar a salvar la vida del hijo y de la madre. Conocí a una mujer a la que Eduardo Verástegui había convencido de que no abortara, y también a Marina, una activista provida. Convencí a ésta última para que viniera a España y comencé a organizar cosas, sobre todo para formarme yo también. Ahí apareció, providencialmente, la Escuela de Rescatadores de Jesús Poveda. En ella he aprendido, sobre todo, a tocar la realidad de estas mujeres. Este contacto con ellas es algo por lo que todo el mundo debería pasar».
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid