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A los diez años de la Carta a los artistas, de Juan Pablo II
Arte que habla de Dios
Pintar. Crear. Dar vida. Captar la belleza y mostrarla al mundo, de forma más o menos explícita, más o menos sugerente. A eso se dedican los artistas. Y, de un modo singular, los pintores cristianos, que expresan con sus obras la bondad y la belleza de lo creado por Dios. Juan Pablo II les dirigió, en 1999, su Carta a los artistas, y ahora, Benedicto XVI conmemora el décimo aniversario del texto con más de 300 artistas de todo el mundo y de todas las disciplinas. Seis pintores ilustran, en Alfa y Omega, la técnica pictórica que marca la diferencia: Que mi pintura sea oración

Mosaico del padre Marko Rupnik, en la catedral de la Almudena, Madrid: Presentación del Señor (Sala Capitular)

«La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. Por eso, la belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana nostalgia de Dios. (...) Os deseo, artistas del mundo, que vuestros múltiples caminos conduzcan a todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que el asombro se convierte en admiración, embriaguez, gozo indecible»: así hablaba Juan Pablo II, en su Carta a los artistas, a todos los bendecidos por Dios con el don de la creación artística. Y a ellos, diez años después, Benedicto XVI volverá a dirigirse, este sábado, en un encuentro con 300 artistas internacionales de todas las disciplinas.
Con este motivo, el director de los Museos Vaticanos, Antonio Paolucci, publicó recientemente un artículo en L’Osservatore Romano en el que preguntaba -y respondía-: «¿Qué formas de arte se producirán en el tercer milenio cristiano? No lo sabemos. Hoy sólo podemos reconocer, y en la medida de lo posible honrar y valorar, los fragmentos de sabiduría y de belleza que un día podrán construir el nuevo orden estético». Entre esos fragmentos de belleza que ya despuntan, hay no pocos con acento español. Para muestra, un botón. O mejor, seis: uno por cada artista -cinco de ellos españoles- cuyas obras y palabras ilustran estas páginas. Creadores de muy diferentes estilos, pero con una misma inspiración: poner sus manos y sus pinceles al servicio de lo Alto.
Doña Emma Grau, autora de la colección Maternidades -un canto a la maternidad y, en particular, a la de María-, lo resume en unos trazos: «La belleza que contemplamos en el mundo no es más que una participación de la belleza de Dios. Por eso, contemplar lo bello eleva el alma, incluso para quien pinta. Todo depende de la actitud del artista, y yo intento que mi trabajo sea oración. Tengo la costumbre de encomendarme a la Virgen al ponerme a trabajar, porque el trabajo del artista no es más que el reflejo de su interior, y yo procuro alimentar mi interior orando, para que los frutos de mi trabajo den gloria a Dios, y no a mí misma».
Las palabras de la pintora catalana se reflejan en la ternura que irradian sus composiciones, sus colores y sus trazos, del mismo modo que la sobriedad y el desgarro que tiñen las obras del reconocido pintor don Pablo Pombo no son sino el reflejo de su relación con Cristo. Hace unos años, Pombo lo exponía así en la revista Seminario, del Arzobispado de Madrid: «Llevo detrás del rostro de Cristo más de 30 años, y siempre he querido que saliese a través de la fe, del amor, de lo hondo, porque así siento que puede llegar a la gente. (...) Cuando me salen expresiones de Cristo, a veces me pregunto de dónde vienen. Entonces le digo entre lágrimas a Olvido, mi mujer: ¡Está pintando Él!» Y salpicaba con un matiz crítico la concepción actual del arte sacro: «En la Iglesia todavía se está más cerca de la estampa de la Virgen de Murillo y del Cristo de Velázquez, que de la hondura del expresionismo y de la forma de sentir y pensar que tiene la actual juventud. (...) Se necesita un nuevo Cristo en el arte de la Iglesia, siendo el mismo Cristo de siempre».
La crítica de Pombo adquiere una tonalidad diferente en palabras del esloveno Marko Ivan Rupnik. El padre Rupnik, autor, entre otros, de los mosaicos de la capilla vaticana Mater Salvatoris -que regaló a Juan Pablo II-, de la catedral de La Almudena y de la renovada capilla del Colegio Mayor San Pablo, aseguró en su última visita a España que «el arte expresa tal cansancio del hombre que está muriendo». Y subrayó la falsía de un arte que da la espalda a lo humano: «El arte digital, que hoy domina el mundo, es un arte de la ficción». Acaso por eso, sus composiciones acentúan los rostros, las miradas, las sonrisas, las caricias, la humanidad de Dios revelada en Cristo, en suma. Y quizá por compartir esta visión de un hombre rodeado de frialdad y caos, la escultora y pintora doña Hortensia Núñez Ladeveze afirma que «necesitamos la luz de la belleza, porque vamos a ciegas. Vivimos en un hervidero de cambios, en el que nos estamos acostumbrando a la mentira por sistema. Por eso, decir que la belleza salvará al mundo es una verdad como un templo». Núñez Ladeveze, que ha inundado con mil colores el Cantar de los Cantares y esculpió la imagen de la Virgen que acompañó a Juan Pablo II en el Santiago Bernabéu, en 1982, asegura que «me ha pasado muchas veces estar leyendo el Evangelio o estudiando teología y ponerme a dibujar. Es como ir a ciegas y que te llegue un chispazo de Luz». Con inspiraciones así no es raro que asegure que «la Palabra de Dios está presente en toda mi obra, a veces con silencios elocuentes, a veces a gritos».
A pesar de que no pocos ideólogos han querido sacar a Dios del mundo del arte, la pintora y académica de Bellas Artes de Córdoba doña María José Ruiz barniza estos intentos con la pátina de la evidencia: «La Iglesia ha ejercido el mayor mecenazgo de la Historia; ha puesto al servicio de los artistas los medios para desarrollar su genio y consolidar su carrera, permitiendo que su obra se perpetúe a través de los siglos. Ha sabido conservar un patrimonio riquísimo de valores artísticos de toda índole, consiguiendo que sean de fácil acceso para todos. Emocionar, conmover, transmitir, en suma, es el auténtico objetivo del arte. Cuando una obra es capaz de lograrlo, está conseguida. Sin embargo, cuando la temática es religiosa, el cuadro debe transportar al espectador a un nivel de sensibilidad superior». Y sabe lo que se dice la pintora cordobesa, algunas de cuyas obras -aunque toca géneros más allá del arte sacro- revisten las catedrales de Toledo, Córdoba y Moyobamba (Perú). Al inicio del tercer milenio, pues, el mundo del arte no sólo no ha cerrado las puertas a Dios, sino que Él las abre para todos. Como recuerda la Carta a los artistas, «no todos están llamados a ser artistas en el sentido específico de la palabra. Sin embargo, a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte. Una obra maestra».
José Antonio Méndez
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid