Alfa y Omega > Nº 664 > Mundo
Con la gentileza de Logotipo de Zenit Agencia de información
Padre Domingo Albarrán, misionero durante 25 años en Taiwán
«Llevan a los demás lo que viven en Misa»
El próximo domingo, 22 de noviembre, se clausura en Taiwán el 150 aniversario de la evangelización de la isla, aunque su primer contacto con el Evangelio data de 1626, cuando llegaron a Taiwán los primeros dominicos españoles. Hoy, otro dominico misionero, el padre Domingo Albarrán, cuenta a Alfa y Omega cómo es la religiosidad de los chinos

Son veinticinco años viviendo de cerca la evangelización en Taiwán. Años de dura pelea con el lenguaje, pero también de privilegio, al ver cómo prende entre sus fieles la llama del Evangelio. El padre Domingo Albarrán, dominico, explica que «el oriental es muy espiritual, y es místico. Tienen muy claro la dependencia de la tierra con respecto al cielo, y esto es algo que viene de muy antiguo, de los emperadores chinos, que se veían como representantes del Absoluto». Por eso, para los católicos chinos, la conversión al cristianismo la viven con radicalidad: «Para ellos, supone dejar totalmente la vida que llevaban antes, cortar con la familia y la tradición. Supone abandonar a los antepasados, a los muertos de su familia, a quienes deben respeto y adoración. Para ellos, la familia es todo, el principio de la vida y de la sociedad, y hacerse cristiano ha supuesto para muchos el cortar con la familia y hasta sufrir palizas».
De este modo, vivir la fe católica supone para ellos vivir de otra manera. «El chino católico -explica el padre Domingo- quiere participar, desarrollarse en la Iglesia, quedar envuelto en esa fe que quiere comunicar a los demás. Las misas pueden durar dos y hasta tres horas, y la vida eucarística va más allá de la misa. Una vez terminada la Eucaristía, puedes ver a grupos de gente que van con sus motos y sus furgonetas a llevar comida y ayuda a otras personas. Llevan a los demás lo que viven en la misa».
Los libros, por la ventana
Al principio, la misión del padre Domingo no fue nada fácil, ya que tuvo que bregar muy duro para poder comunicarse con aquellos a los que quería llevar a Cristo: «Es que el chino es dificilísimo -recuerda-. A la semana de intentar aprenderlo, tiré los libros por la ventana; y luego lo hice otra vez más. Y me dije: Si vuelvo a hacerlo, me marcho de aquí. Hasta llegué a hacer la maleta: El chino, para los chinos. Y es que algún misionero ya me había dicho: El chino es un lenguaje de diablos. Pero un compañero mío me propuso esperar dos días, y luego decidirme. Y en esos dos días cambió la cosa totalmente».
Así, pudo disfrutar de un tiempo extraordinario como evangelizador: «Entre toda esa hilera de pueblos, entre estas gentes maravillosas, sencillas y pacíficas, estoy convencido de que me han enseñado más que yo a ellas. Me han enseñado muchas cosas preciosas. Me han saciado de valores como el silencio y la soledad, de sufrir y de tener debilidad y fortaleza en Dios. Jamás imaginé que en esa soledad y lejanía había tanta compañía. Y es que, cuando se comunica con el silencio, se engarza como un imán la intimidad. Cuando uno se vuelca desinteresadamente hacia el prójimo es cuando puedes sentir que te vas despojando y limpiando de un sinfín de cosas inútiles y de egoísmos. Cuanto mayor es la manifestación de Dios, más voluminoso es Su silencio».
J.L.V.D-M.
Dominicos españoles, los primeros
Los primeros misioneros que llegaron a Taiwán a evangelizar fueron dominicos españoles, en 1626, en tiempos de Felipe II. Inmediatamente, los caminos de la evangelización se tiñeron de sangre: tres misioneros caen en emboscadas y son asesinados. En 1642, fueron expulsados de la isla por los holandeses, tanto la guarnición española como todos los misioneros que quedaban.
Doscientos diecisiete años estuvo la isla sin misioneros, hasta que, en 1859, el padre Fernando Sáinz y el padre Ángel Bufurull llegan a Kaohsiung. Al enterarse el mandarín de la llegada de los extranjeros, ordena que les arresten. Debido a los malos tratos recibidos, Fernando tiene que abandonar la isla a los veinte días de pisarla. Sin embargo, perseveró. «Con dos cestos colgados en los extremos de una caña de bambú sobre los hombros -es la pluma de Fernando la que escribe-, llegué a la ciudad de Tainan. Fui disfrazado de peón o cargador, pudiendo, merced a este disfraz, entrar en la ciudad sin que nadie me dijera ni una palabra, no atreviéndome siquiera a comer, a pesar del hambre que tenía». Con dos compañeros chinos, uno catequista y otro vendedor de medicinas, iba Fernando de un lado para otro con el único fin de implantar la Palabra de Dios. Así de sencillo comenzó la evangelización.
En 1861 funda cinco misiones. Ante la avalancha de niñas abandonadas por sus padres, funda la Santa Infancia. En 1868 funda otra misión en Tainan. En ese mismo año, fallece como mártir de la fe el catequista Vicente Chin, brazo derecho de Fernando, tras ser apaleado e introducido boca abajo en una letrina. Los chinos prenden fuego a tres de sus misiones. Fue un año de furiosa persecución, dificilísimo para este evangelizador, que tuvo que abandonar Taiwán a sus 37 años. ¿Qué no experimentaría este gran apóstol al ir dejando sus costas? Su nombre es imperecedero en las gloriosas páginas de la Iglesia católica en Taiwán. Desde el tiempo de Fernando, la actividad misionera no se ha visto interrumpida hasta el día de hoy. De ahí estos 150 años de exaltación y celebración.
Padre Domingo Albarrán
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid