Alfa y Omega > Nº 664 > Mundo
Con la gentileza de Logotipo de Zenit Agencia de información
¡Basta de especular con el hambre!
La intervención de Benedicto XVI en la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria, celebrada en Roma del 16 al 18 de noviembre, ha tenido una gran acogida mediática en todo el mundo. Al mismo tiempo, el Papa ha desarrollado una intensa agenda diplomática para intentar que las buenas intenciones de la Cumbre de la FAO se traduzcan en hechos


El Papa Benedicto XVI, durante su discurso
a los participantes en la cumbre de la FAO
Al visitar la sede del Fondo de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que se encuentra en plena Roma imperial, el Papa hizo una durísima denuncia de la especulación que ha llegado a utilizar incluso los cereales y que constituye uno de los motivos de la crisis alimentaria que ha vivido el planeta desde hace más de un año. Según reconoció Benedicto XVI, «las estadísticas muestran un incremento dramático del número de personas que sufren el hambre, y a esto contribuye el aumento de los precios de los productos alimentarios, la disminución de las posibilidades económicas de las poblaciones más pobres, y el acceso restringido al mercado y a los alimentos. Y todo esto, mientras se confirma que la tierra puede nutrir suficientemente a todos sus habitantes», aclaró el Papa, desechando los mitos neomalthusianos. «Si bien en algunas regiones se mantienen bajos niveles de producción agrícola a causa también de cambios climáticos, dicha producción es globalmente suficiente para satisfacer tanto la demanda actual, como la que se puede prever en el futuro. Estos datos indican que no hay una relación de causa-efecto entre el incremento de la población y el hambre», denunció.
Según el Papa, «falta un sistema de instituciones económicas capaces, tanto de asegurar que se tenga acceso al agua y a la comida de manera regular y adecuada desde el punto de vista nutricional, como de afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias de crisis alimentarias reales». En este contexto, el obispo de Roma aseguró que hay que oponerse «al recurso a ciertas formas de subvenciones que perturban gravemente el sector agrícola, la persistencia de modelos alimentarios orientados al mero consumo y que se ven privados de una perspectiva más amplia, así como el egoísmo, que permite a la especulación entrar incluso en los mercados de los cereales, tratando a los alimentos con el mismo criterio que cualquier otra mercancía». Y es que, aunque el Papa no lo explicitó, hoy día el precio de los cereales se decide en el mercado de Chicago, donde la prioridad no son precisamente las poblaciones que pasan hambre en África.
La conclusión del Santo Padre fue elocuente: «El hambre es el signo más cruel y concreto de la pobreza. No es posible continuar aceptando la opulencia y el derroche, cuando el drama del hambre adquiere cada vez mayores dimensiones». Al final de su discurso ante la Cumbre, añadió en español: «Dios bendiga sus esfuerzos para garantizar el pan de cada día para cada persona».
Movilización a 360 grados
Ahora bien, el Papa no se ha limitado a visitar la Cumbre contra el hambre y a pronunciar un discurso que ha dejado huella. Ha acompañado sus palabras con su movilización personal y con la de la Santa Sede. En estos días, se ha impuesto una agenda maratoniana para recibir a los Jefes de Estado o Primeros Ministros que han pasado por Roma para sensibilizarles ante el tema. Sus encuentros no han hecho acepción de personas o situaciones: han ido desde el Presidente de la República de Serbia, Boris Tadic, al Primer Ministro de la República Checa, Jan Fischer; desde el Primer Ministro de Hungría, Gordon Bajnai, al Presidente de Croacia, Stejpan Mesic. Con todos ha analizado ciertamente las relaciones Iglesia-Estado, y a todos les ha arrancado un compromiso para acabar finalmente con el escándalo del hambre.
Jesús Colina. Roma
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid