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Arte
La cocina, homenaje a santa Teresa

No me importa si la fotografía es una de las bellas artes o no. No me deprime el lugar donde la ubiquemos. El cine, por ser uno de los mecanismos más recientes de expresión artística, está en séptima posición, lejos del podium de las nobilísimas, pero no hay más que ver La vida es bella para reconocer que su lenguaje nace de las entrañas de lo humano, y a lo humano vuelve. La fotografía es la niña que suspende siempre las Matemáticas, porque todavía hay muchos que no le ven la gracia y la consideran entretenimiento del turisteo. Cuando, por primera vez, vi una foto de Marina Abramovic, pensé que tenía que saber más de esta serbia, glotona de sí misma, con más autorretratos que Durero, compulsiva por ofrecer su cuerpo al espectador, y a veces muy grosera, porque el body art tiene límites que rozan el exhibicionismo ramplón. En aquella primera imagen que me asombró, Family III, aparecía un grupo de niñas durmiendo, el pelo muy revuelto, en una cama con edredón rosa. La placidez se rompe al ver que cada una lleva uniforme militar y porta una ametralladora. Es una implosión atroz, que conmueve por la necesidad de no violar nunca la infancia, ni apoderarse de ella para usos salvajes.
He ido a ver la exposición de la artista en la galería La Fábrica, de Madrid. Una docena de fotografías dedicadas a santa Teresa, con el título de La cocina. En esta serie, ha desaparecido la Abramovic fatua, narcisista, y nos ofrece una sobriedad románica, lejos de la chiquillería posmoderna. La frase más conocida de la santa se ha convertido en el tópico de los que no la han leído: «En los pucheros anda el Señor». De ahí que la serbia se fuera a las cocinas de La Laboral, en Gijón, y usara el desarreglo de fogones, cascotes, y ese ámbito de suciedad incómoda que adorna a toda obra de interior, para homenajearla. Impresiona ver el medio plano de la artista, vestida de negro, serenísima, elegante como un cisne de medianoche, contra el fragor de ese ruido visual, tan sucio. Las fotografías transmiten bellamente esa urgencia por encontrar la serenidad espiritual que trae una vida vuelta a Dios, a pesar de la turbación exterior. En palabras de Teresa, «que Su Majestad misma sea nuestra morada». Sólo le reprocho a Marina Abramovic una reproducción en la que hace un homenaje a los éxtasis, que más parece una jugada de trapecio que un regalo sobrenatural.
Javier Alonso Sandoica
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid