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No es verdad
Mingote, en ABC
Aparte de las muchísimas y sorprendentes cosas que llaman la atención en el triste caso de secuestro, por piratas somalíes, del barco atunero Alakrana -al cierre de esta edición acaban de anunciar su liberación-, lo que más sorprende es la actitud de las autoridades españolas durante siete semanas y, en especial, el hecho de que el Presidente del Gobierno dijera que «el Gobierno sabe lo que hace». ¿De verdad que lo sabe?, o ¿esto tampoco se puede preguntar, no vaya a ser que se enteren los piratas? Una vez más, Mingote da en el clavo en la viñeta que ilustra este comentario. Tras la alegría por la liberación de los secuestrados, sanos y salvos, quienes tienen la obligación de hacerlo, ¿se ocuparán de buscar las causas de los males que afligen a África, y en particular a Somalia?, ¿o seguirán con demagogias baratas, tipo alianza de civilizaciones, con las terminales que los piratas puedan tener en bufetes de Londres, Moscú, o Afganistán? A uno de los piratas irresponsablemente traídos a España le han encontrado en la cartera una foto de Ben Laden…
En esto, como en lo de las negociaciones con etarras asesinos, se sabe cómo se empiezan los tratos, pero no cómo se acaban. Véase, por ejemplo, el caso del repugnante asesino de 25 ciudadanos españoles que, desde la acogedora Irlanda, dice que no quiere que lo traigan a España, porque aquí no se defienden los derechos humanos. Este defensor a ultranza de los derechos humanos, sobre todo de los 25 seres humanos a los que asesinó, alega, para que no lo extraditen a España, que está deprimido y tiene estrés. ¡Pobriño...! Está también el caso de ese otro proetarra, de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, al que la llamada Justicia española ha dejado en libertad para que pueda ir al podólogo en Biarritz. Oigan ustedes, ¿por qué no se van todos al podólogo, a Biarritz y se quedan allí para siempre? Estos días se ha recordado, hablando de secuestros, lo que dijo un periodista norteamericano: «Como ciudadano y como periodista me gustaría que, en algún momento, el Presidente dijera: Sí, me preocupan las vidas de 39 americanos, pero soy responsable de la vida de 239 millones de americanos». Bueno, pues eso; porque, claro, si se empieza pagando el rescate de dos, lo más probable es que luego haya que pagar, y cada vez más caro, el rescate de cuatro, y luego el de ocho y luego el de ochenta, y así sucesivamente.
Dice don José Blanco que «como católico, admite que el aborto es pecado, pero no un delito». Esto le pasa por creer que ser católico es algo así como ser de determinado pueblo, o de determinada profesión, y por considerar que lo secundario y accesorio es más importante que lo principal. Dice también que, «en esta sociedad, es inasumible llevar el Catecismo al Código Penal». Mire usted, don Pepiño, sería suficiente y nos daríamos todos con un canto en los dientes si ustedes, los socialistas que se dicen católicos procuraran llevar al Código Penal, no el Catecismo, naturalmente, sino la ley natural y el sentido común. Por cierto, estos días, en torno a las declaraciones de monseñor Martínez Camino sobre las consecuencias que para alguien que se dice católico tiene aceptar la ley del aborto que propone este Gobierno, se han dicho y escrito cosas verdaderamente increíbles. Lo primero que habría que pedir a determinados individuos que se dicen profesionales de la información es que, al menos, se enteraran de lo que ha dicho monseñor Martínez Camino, quien, por cierto, no se ha metido en ningún jardín, sino que se ha hecho eco de la perenne doctrina de la Iglesia al respecto; y no necesita defensa, porque ya sabe muy bien defenderse él solito. Pero los que hacen lo que haga falta y un poquito más para conseguir que, por ejemplo, en este rincón se cite su nombre, aunque sea para demostrar que lo que dicen y hacen no es verdad, pues miren ustedes: una vez más, se van a quedar con las ganas. Una cosa debe quedar clara, en todo caso, y a ver si se enteran de una vez: la Iglesia no excomulga a nadie; son las personas, con sus obras, las que se sitúan fuera de la comunión de la Iglesia; ellos solitos.
Gonzalo de Berceo