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Punto de vista
El asesinato del más indefenso
La inmensa manifestación que Madrid acogió el domingo 17 de octubre ha proclamado con alegría una convicción muy mayoritaria entre los españoles: los hijos son seres humanos desde su concepción, y ningún adulto tiene derecho a matarlos. Esta rotunda verdad la saben todos -por supuesto, los miembros o votantes del Partido Socialista Obrero Español-. Lo sabe, mejor que nadie, uno de los más ilustres y veteranos entre ellos, don José Bono Martínez, que ganó todas las elecciones en su tierra castellano-manchega, desde que ésta fue erigida en Comunidad Autónoma, contando con el voto de muchos electores católicos. No siempre su conducta fue elogiable, como bien explica el minucioso estudio de don Jaime Ignacio del Burgo sobre El escándalo del lino. Pero suele saber comportarse como un gran señor.
Ahora, tan ilustre personalidad, tercera en el rango jerárquico del Estado español, parece estar hecha un verdadero lío. Por una parte, ha de costarle mucho renunciar a sus creencias profundas, que heredó de sus padres y que nunca ocultó; por otra parte, se ve obligado a evocar la disciplina del voto como diputado socialista y, sobre todo, como Presidente del Congreso elegido por sus compañeros de Partido. El Presidente Bono sabe bien que ese proyecto de nueva Ley no fue incluido en el programa con el que su Partido se presentó a las dos ultimas elecciones generales; y que bien podría haberse contentado con la ley vigente que impuso el PSOE..., y toleró luego el PP. Con el recuerdo de esa (indebida) tolerancia, pide ahora don José que haya consenso: mágica palabra, imposible en este caso, pues vida y muerte no pueden ser compatibles.
Los cristianos socialistas se han reunido y han tratado este tema. Después, tres de ellos (una historiadora, un biólogo, una médico) han ocupado un rincón del que hasta ahora fue su periódico (El País, 18-X-09) para insertar un texto que pretende encontrar un terreno común, o sea, lo que don José pide: un acuerdo. Sería deseable, pero parece imposible. Pues imposible es que ningún cristiano acepte jamás la tesis de que, «en el marco que le otorga la ley [quiere decir, el proyecto de ley], 14 semanas, debe ser la embarazada quien tome la decisión».
Discrepo radicalmente, por mucho que insistan estos tres expertos de buena fe. Cualquier regulación legal del aborto es, en efecto, un asesinato. Y en ello no importa la petición o no de permiso a los padres de la chica que aborta, por relevante que parezca. Pues tampoco los abuelos pueden matar a los nietos que van a nacer.
Retirar ese estúpido proyecto de Ley es el único consenso posible. Y así lo decidirá, creo, la conciencia del Presidente Bono.
Carlos Robles Piquer