Alfa y Omega > Nº 664 > Desde la fe
La objeción de conciencia, a debate en el Congreso Internacional de Juristas Católicos
Derecho, no desobediencia
La relación entre Estado y conciencia fue el tema sobre el que giró el Congreso de la Unión Internacional de Juristas Católicos, celebrado la semana pasada en Madrid, en un momento en el que el derecho a la objeción de conciencia se encuentra en entredicho ante la nueva Ley de libertad religiosa que prepara el Gobierno
Objeción de conciencia, el derecho a ir contracorriente
En el fondo del problema sobre el derecho a la objeción de conciencia, lo que está en juego es la relación entre Derecho y moral, ya que una legislación respetuosa con los fundamentos jurídicos prepositivos no daría lugar a una discusión sobre este tema. Así, en el Congreso Internacional de Juristas Católicos, celebrado la semana pasada en Madrid, el profesor Fabio Macioce, de la Universidad de Palermo, diagnosticó que, en la sociedad actual, «el pluralismo de los valores ha asumido como fundamento una suerte de indiferentismo moral y una actitud pragmática de tolerancia, de manera que el Derecho no puede hacer otra cosa que tolerar todos los valores, limitándose a una mera y silenciosa labor de coordinación».
Pero, si el Derecho flojea, el Estado se hace fuerte, un voraz depredador de todo lo que le hace resistencia. Así, el profesor Dalmacio Negro trazó un recorrido histórico del origen del Estado como problema moral: «La búsqueda utópica de la ciudad perfecta, en la que todo debe estar tan bien ajustado y ordenado que no caben la contingencia ni el azar, hizo que el Estado monopolizara la actividad política para, a la larga, controlar también las libertades sociales y las personales», y puso como ejemplo el Estado totalitario soviético y el Estado totalitario nacionalsocialista. Y concluyó: «Hoy, el Estado del bienestar respeta doctrinalmente el fuero de la conciencia, pero, a medida que interviene en todo, con su enjambre de leyes sobre hábitos y costumbres acordes con su ideología -la verdad estatal regida por el espíritu de bienestar-, ha reducido a la conciencia a un flatus vocis».
El cardenal Rouco Varela, quien presidió la Misa de clausura del Congreso, se refirió, en su homilía, a los derechos fundamentales que deben estar protegidos por el Derecho positivo. Así, afirmó que «el derecho a la vida ha de estar recogido y protegido en la legislación; la ley natural y divina es importante en la historia de la Europa de nuestros días», y denunció que «la tentación de dominar los derechos fundamentales es grave».
De este clima de confusión sólo puede surgir lo que el profesor Philippe Beneton, de la Universidad de Rennes, identifica como la esencia del totalitarismo: «El mundo es voluntad, la conciencia no tiene sentido. La conciencia ya no es la facultad que reconoce la verdad y el bien, sino que tiende a considerarse ella misma el criterio de verdad y de bien. En la práctica, este subjetivismo genera una nueva moral».
El último baluarte de conciencia
En los tiempos del relativismo y de la ausencia de puntos de referencia, la Iglesia parece haberse convertido en el último baluarte de conciencia frente a las ruedas de molino del poder político. Monseñor Julio Alvear, de la Universidad del Desarrollo, de Santiago de Chile, advierte de «los tentáculos del Estado laicista, hoy omnipresente, que no se cansa de sostener el mito del hombre-dios. El Estado laico no puede convivir en paz con ninguna religión, ya que siempre avanza haciendo retroceder el principio religioso. Pero la fe no puede quedar reducida a la vida privada; ello equivaldría a proscribir una religión esencialmente comunitaria como la católica. De ahí que la Iglesia, en razón de su misión, no puede desentenderse de producir una cultura y una civilización cristianas».
Y una reflexión acerca del papel de los juristas católicos, los que libran la batalla de la conciencia en la Universidad y en los Juzgados. Don Christopher Ferrara, Presidente de la Asociación Americana de Juristas Católicos, defiende que «ha llegado el momento para los juristas cristianos de reconocer que están comprometidos en un combate sobre la moral, y no meramente en la lucha por términos legales a secas. La propia supervivencia de nuestra civilización está en juego».
Y, en este sentido, el profesor Janos Frivaldszky, de la Universidad Católica de Budapest, reconoció que el trabajo de los juristas católicos «es un arduo cometido», pero recordó las palabras de Jesús en el Evangelio: «A aquel que me reconozca ante los hombres, yo le reconoceré ante el Padre».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Sin moral, no hay Estado
El profesor Miguel Ayuso, profesor de la Universidad Pontificia Comillas, de Madrid, y nuevo Presidente de la Unión Internacional de Juristas Católicos, señaló en las Conclusiones del Congreso que hay que diferenciar entre libertad de conciencia y libertad de la conciencia: «La segunda -afirmó-, que la Iglesia defiende, no es sino el reflejo de la ley moral objetiva inscrita en todas las conciencias. La primera, en cambio, que es la que ha impuesto la cultura moderna, supone la reclamación de una autonomía moral subjetiva y lleva al individualismo exasperado». Y siguió: «El Estado moderno nació basado en la afirmación de la libertad de conciencia, que ha conducido finalmente a constituir al poder político como fuente única de moralidad».
Asimismo, precisó que «la verdadera resistencia ante las injerencias de parte del Estado debe venir acompañada de la auténtica afirmación de la doctrina política católica, la que sostiene que el Estado es un instrumento del orden que se funda sobre una invariante moral; cuando se prescinde de ella, es el propio Estado el que desaparece».