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La voz del Magisterio
El terrible incendio de la guerra se ha desencadenado ya. Nuestro corazón paterno se siente lleno de angustia al prever todos los males que podrán brotar de la tenebrosa semilla de la violencia y del odio. Juzgamos deber nuestro dirigir con creciente insistencia los ojos y los corazones de cuantos conservan todavía una voluntad recta hacia Aquel de quien únicamente viene la salvación del mundo. (...) La conciencia de una universal solidaridad fraterna, que la doctrina cristiana despierta y favorece, no se opone al amor, a la tradición y a las glorias de la propia patria... Pero el amor a la propia patria, que con razón debe ser fomentado, no debe ser obstáculo al precepto cristiano de la caridad universal, que coloca igualmente a todos los demás y su personal prosperidad en la luz pacificadora del amor. (...) Si el olvido de la ley de caridad universal, que apagando los odios y disminuyendo desavenencias es la única que puede consolidar la paz, es fuente de tantos y tan gravísimos males para la pacífica convivencia de los pueblos, no menos nocivo para el bienestar de las naciones y de toda la sociedad humana es el error de aquellos que, con intento temerario, pretenden separar el poder político de toda relación con Dios. (...) El que considera el Estado como fin al que hay que dirigirlo todo y al que hay que subordinarlo todo, no puede dejar de dañar y de impedir la auténtica y estable prosperidad de las naciones. (...) La salvación de los pueblos no nace de la espada, que puede imponer condiciones de paz, pero no puede crear la paz. Las energías que han de renovar la faz de la tierra tienen que proceder del interior de las almas. El orden nuevo del mundo deberá levantarse sobre el firme fundamento del derecho natural y de la revelación divina. (...) Hicimos todo lo posible, en la medida que nos sugerían nuestro ministerio apostólico y los medios de que disponíamos, para impedir el recurso a las armas.
Pío XII, encíclica Summi Pontificatus, 16.37.39.46.60.74 (1939)