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Discurso del Papa al Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede
«La negación de Dios devasta la creación»
Proteger la creación es defender la paz. El tradicional discurso de Benedicto XVI a los embajadores, en el que repasa los principales retos y problemas de la Humanidad, tiene este año como eje central la cuestión ecológica, inseparable de lo que el Papa llama la ecología humana. Éstos son algunos de los párrafos más significativos:


«Hay muchos sufrimientos en la Humanidad
y el egoísmo hiere a la creación de muchas
maneras», dice el Papa
Deseo enviar mis deseos de paz y bienestar a todos los habitantes de los países que dignamente representáis. Pienso también en las demás naciones: el sucesor de Pedro tiene su puerta abierta a todos y desea establecer con todos relaciones que contribuyan al progreso de la familia humana. Desde hace algunas semanas, se han establecido plenas relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la Federación Rusa, y esto es un motivo de profunda satisfacción. Ha sido también muy significativa la visita del Presidente de la República Socialista de Vietnam, país que siento muy cercano.
La Iglesia está abierta a todos porque, en Dios, existe para los demás. Por tanto, comparte intensamente la suerte de la Humanidad, todavía marcada por la crisis dramática que ha golpeado la economía mundial, provocando una grave inestabilidad social. En la encíclica Caritas in veritate, he invitado a buscar las raíces profundas de esta situación, que se encuentran, a fin de cuentas, en la vigente mentalidad egoísta y materialista. Dicha mentalidad amenaza también a la creación. Cito un ejemplo de la historia reciente de Europa: cuando cayó el muro de Berlín y se derrumbaron los regímenes materialistas y ateos que habían dominado durante varios decenios una parte de este continente, ¿acaso no fue posible calcular el alcance de las profundas heridas que un sistema económico carente de referencias fundadas en la verdad del hombre había infligido, no sólo a la dignidad y a la libertad de las personas y de los pueblos, sino también a la naturaleza, con la contaminación de la tierra, las aguas y el aire? La negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana, y devasta también la creación. Por consiguiente, la salvaguardia de la creación no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios.
Comparto la preocupación que causa la resistencia de orden económico y político a la lucha contra el deterioro del medio ambiente. Se trata de dificultades que se han podido constatar durante la Conferencia sobre el cambio climático que tuvo lugar en Copenhague. Espero que a lo largo de este año sea posible llegar a un acuerdo. Está en juego el destino mismo de algunas naciones, en particular ciertos Estados insulares.
El hombre, en el centro
Si se quiere construir una paz verdadera, ¿cómo se puede separar, o incluso oponer, la protección del ambiente y la de la vida humana, comprendida la vida antes del nacimiento? En el respeto de la persona hacia ella misma se manifiesta su sentido de responsabilidad por la creación. Como enseña santo Tomás de Aquino, el hombre representa lo más noble del universo. Además, como recordé en la reciente Cumbre Mundial de la FAO sobre la Seguridad Alimentaria, «la tierra puede alimentar suficientemente a todos sus habitantes», con tal de que el egoísmo no lleve a algunos a acaparar los bienes destinados a todos.
Por otra parte, ¿cómo olvidar que la lucha por acceder a los recursos naturales es una de las causas de numerosos conflictos, particularmente en África? Por este motivo, repito con firmeza que, para cultivar la paz, hay que proteger la creación. Además, hay todavía extensas zonas, por ejemplo en Afganistán o en ciertos países de Latinoamérica, donde la agricultura, lamentablemente relacionada todavía con la producción de droga, es una fuente nada despreciable de empleo y subsistencia. Si se quiere la paz, hay que preservar la creación mediante la reconversión de dichas actividades y, una vez más, quisiera pedir a la comunidad internacional que no se resigne al tráfico de drogas y a los graves problemas que esto produce.
No resignarse a la guerra
El aumento de los gastos militares, así como el mantenimiento y desarrollo de los arsenales nucleares, absorbe ingentes recursos económicos que podrían ser destinados al desarrollo de los pueblos. Espero que, en la Conferencia de examen del Tratado de no proliferación de armas nucleares, que tendrá lugar el próximo mes de mayo, se tomen decisiones eficaces con vistas a un desarme progresivo, que tienda a liberar el planeta de armas nucleares. En general, deploro que la producción y la exportación de armas contribuya a perpetuar conflictos y violencias, como en Darfur, Somalia o en la República Democrática del Congo. A la incapacidad de las partes directamente implicadas para evitar la espiral de violencia, se añade la aparente impotencia de otros países y organizaciones internacionales para restablecer la paz, sin contar la indiferencia casi resignada de la opinión pública mundial. Asimismo, se ha de mencionar el terrorismo, que pone en peligro vidas inocentes y causa una difusa ansiedad. Quisiera renovar el llamamiento a todos los que pertenecen a cualquier grupo armado, para que abran sus corazones al gozo de la paz.
Las graves violencias que acabo de evocar, unidas a las plagas de la pobreza y el hambre, hacen que aumente el número de quienes abandonan sus propias tierras. Deseo exhortar a las autoridades a trabajar con justicia, solidaridad y clarividencia. Quisiera referirme, en particular, a los cristianos de Oriente Medio. Amenazados incluso en el ejercicio de su libertad religiosa, dejan la tierra de sus padres. Con el fin de hacerles sentir la cercanía de sus hermanos en la fe, he convocado para el próximo otoño una Asamblea especial del Sínodo de los Obispos sobre Oriente Medio.
Por una laicidad positiva
Las raíces de la situación que está a la vista de todos son de tipo moral, y la cuestión tiene que ser afrontada en el marco de un gran esfuerzo educativo, con el fin de promover un cambio efectivo de la mentalidad y establecer nuevos modelos de vida. La comunidad de los creyentes puede y quiere participar en ello, pero es necesario que se reconozca su papel público. Lamentablemente, en ciertos países, sobre todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y culturales, así como en los medios de comunicación social, un sentimiento de escasa consideración y a veces de hostilidad, por no decir de menosprecio, hacia la religión, en particular la religión cristiana. Es evidente que, si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia, se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso. Dicho planteamiento, sin embargo, crea confrontación y división, hiere la paz, perturba la ecología humana y, rechazando por principio actitudes diferentes a la suya, se convierte en un callejón sin salida. Es urgente definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida.
Leyes contra el matrimonio

La respuesta está en Cristo
Las criaturas son diferentes unas de otras y, como nos muestra la experiencia cotidiana, se pueden proteger o, por el contrario, poner en peligro de muchas maneras. Uno de estos ataques proviene de leyes o proyectos que, en nombre de la lucha contra la discriminación, atentan contra el fundamento biológico de la diferencia entre los sexos. Como dice san Columbano, «si eliminas la libertad, eliminas la dignidad». Pero la libertad no puede ser absoluta, ya que el hombre no es Dios. Para el hombre, el rumbo a seguir no puede ser fijado por la arbitrariedad o el deseo, sino que debe consistir en la correspondencia con la estructura querida por el Creador.
La salvaguardia de la creación requiere también la concordia y estabilidad de los Estados. Cuando surgen divergencias y hostilidades entre ellos, deben perseguir con tenacidad la vía de un diálogo constructivo. Me alegra el acercamiento que Colombia y Ecuador han emprendido tras muchos meses de tensión. Más cerca de aquí, me alegro por el entendimiento logrado entre Croacia y Eslovenia a propósito del arbitraje relativo a sus fronteras. Me alegro asimismo por el Acuerdo entre Armenia y Turquía con vistas a la reanudación de las relaciones diplomáticas.
Los conflictos de la tierra
Durante mi peregrinación a Tierra Santa, hice un llamamiento acuciante a israelíes y palestinos a dialogar y respetar los derechos del otro. Una vez más, alzo mi voz para que el derecho a la existencia del Estado de Israel sea reconocido por todos, así como a gozar de paz y seguridad en las fronteras reconocidas internacionalmente. Asimismo, que el pueblo palestino vea reconocido su derecho a una patria soberana e independiente, a vivir con dignidad y a desplazarse libremente. Quisiera, además, pedir el apoyo de todos para que sean protegidos la identidad y el carácter sagrado de Jerusalén, cuya herencia cultural y religiosa tiene un valor universal. Sólo así, esta ciudad única, santa y atormentada, podrá ser signo y anticipo de la paz que Dios desea para toda la familia humana.
Exhorto a los gobernantes y ciudadanos de Iraq a superar las divisiones, la tentación de la violencia e intolerancia, para construir juntos el futuro de su país. Las comunidades cristianas quieren también ofrecer su aportación, pero para ello es necesario que se les asegure respeto, seguridad y libertad.
Pakistán ha sido también golpeado duramente por la violencia en los últimos meses y ciertos episodios han afectado directamente a la minoría cristiana. Pido que se haga todo lo posible para que dichas agresiones no se vuelvan a repetir y que los cristianos puedan sentirse plenamente integrados en la vida de su país. Por otra parte, a propósito de la violencia contra los cristianos, no puedo dejar de mencionar el deplorable atentado que, en los últimos días, ha sufrido la comunidad copta egipcia, precisamente cuando celebraba la fiesta de Navidad. En cuanto a Irán, espero que, a través del diálogo y la colaboración, se encuentren soluciones comunes tanto a nivel nacional como en el ámbito internacional. Deseo que el Líbano, que ha superado una larga crisis política, continúe por la vía de la concordia. Espero que Honduras, después de un tiempo de incertidumbre y agitación, se encamine hacia la recuperación de la normalidad política y social. Deseo que, con la ayuda desinteresada y efectiva de la comunidad internacional, suceda lo mismo en Guinea y Madagascar.
Hay muchos sufrimientos en la Humanidad, y el egoísmo humano hiere a la creación de muchas maneras. Por eso mismo, el anhelo de salvación que atañe a toda la creación está presente en el corazón de todos, creyentes o no. La Iglesia indica que la respuesta a esta aspiración está en Cristo. Fijando mis ojos en Él, exhorto a toda persona de buena voluntad a trabajar con confianza y generosidad por la dignidad y la libertad del hombre. Que la luz y la fuerza de Jesús nos ayuden a respetar la ecología humana, conscientes de que la ecología medioambiental se beneficiará también de ello, ya que el libro de la naturaleza es único e indivisible. De esta manera, podremos consolidar la paz, hoy y para las generaciones venideras. Os deseo a todos un feliz año.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid