Alfa y Omega > Nº 675 > Criterios
El alma de los pobres


Monumento al peregrino, en Santo
Domingo de la Calzada (La Rioja).
Ilustración de Altar Mayor
La «cueva era utilizada como establo por los montañeros de las altiplanicies de Belén que todavía conducen sus ganados por tales agujeros y cavernas en la oscuridad de la noche. Aquí fue, bajo la roca, donde una pareja sin hogar buscó cobijo junto al ganado, cuando les fueron cerradas las puertas del abarrotado caravanserai, y aquí, bajo las mismas sendas de los transeúntes, en una oscura morada del suelo del mundo, nació Jesucristo»: con estas bellas palabras lo decía Chesterton, allá por 1925, en El hombre eterno. Y añadía: «Éste es, quizás, el más poderoso de los misterios de la cueva. Es evidente que, aunque se dice que los hombres han buscado el infierno bajo la tierra, en este caso es más bien el cielo el que está bajo la tierra. Y de ello se sigue, en esta extraña historia, la idea de un levantamiento del cielo. Ésa es la paradoja de todo el asunto: que, de ahora en adelante, lo más alto puede alcanzarse desde abajo». ¿Cabe mayor riqueza humana que esta pobreza, la que justamente hace gritar a Jesús: «¡Dichosos los pobres!»?
En su Vida de Jesús, François Mauriac se pregunta cómo es que los lisiados, los desvalidos, los pobres..., todos aquellos que no podían ser los primeros en llegar a escuchar a Jesús el Sermón de la Montaña, sin embargo no dejaban de avanzar, por muy lejos que tuvieran que quedarse y apenas pudieran oírle. Es fácil la respuesta: les bastaba con escuchar la bellísima melodía que no dejaba de brotar de los labios del Señor: ¡Dichosos..., dichosos...! ¿Quiénes? Precisamente ellos, los pobres, los que lloran, los que sufren... ¡Porque con Él ha llegado la verdadera riqueza, la auténtica alegría, la victoria sobre todo mal! «¿De qué te sirve ganar el mundo entero -son también palabras de Jesús-, si te pierdes a ti mismo?» ¿Qué clase de riqueza es aquella que ha perdido toda humanidad?
Así de claro lo dice Benedicto XVI en su última encíclica, Caritas in veritate: «Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano». No es ésa, desde luego, la conciencia de Pablo, para quien «todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganarle a Él». ¿Acaso no es Él quien primero se hizo pobre, bajó a la cueva, ¡precisamente para hacernos ricos de veras!, ¡para elevarnos al cielo!? He ahí el peregrino, con los ojos fijos en Él, que ilustra este comentario, modelo ejemplar de esa pobreza, sin la cual -lo escribió Juan Pablo II en su Exhortación apostólica Redemptionis donum, de 1984- «es imposible comprender el misterio de la donación de la divinidad al hombre, donación que se ha realizado precisamente en Jesucristo». Sólo quien tiene abierto de par en par su corazón vacío de cosas, sólo el pobre, puede recibir este Don, y así hallar la Dicha prometida en el Sermón de la Montaña. La Iglesia lo vive desde su mismo inicio. Lo cuenta Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est, donde evoca al diácono Lorenzo, en la mitad del siglo III, a quien, «como responsable de la asistencia a los pobres de Roma, tras ser apresados sus compañeros y el Papa, se le concedió un cierto tiempo para recoger los tesoros de la Iglesia y entregarlos a las autoridades. Lorenzo distribuyó el dinero disponible a los pobres y luego presentó a éstos a las autoridades como el verdadero tesoro de la Iglesia».
¡Cuán equivocado está el mundo, aspirando a riquezas sin alma, incapaces por tanto de proporcionar la más mínima dicha que pueda merecer el nombre de humana! En la encíclica Redemptoris missio, de 1990, Juan Pablo II lo explica perfectamente: «Una cierta modernidad arreligiosa, dominante en algunas partes del mundo, se basa sobre la idea de que, para hacer al hombre más hombre, basta enriquecerse y perseguir el crecimiento técnico económico. Pero un desarrollo sin alma no puede bastar al hombre, y el exceso de opulencia es nocivo para él, como lo es el exceso de pobreza». Basta con tener alma, el alma llena de riquezas que sólo pueden tener los pobres.
El porqué de las cosas
Decía Chesterton que uno de los males de nuestro tiempo consiste precisamente en el hecho de que, cuando las cosas van mal, recurrimos al experto. Éste, en nuestra sociedad, es la persona que sabe cómo funcionan las cosas y es capaz, por tanto, de mejorar su eficiencia y rendimiento. Pero en una situación grave, lo que necesitamos no es preguntar el cómo, sino el porqué, y tener el coraje de plantear grandes preguntas que afectan a los fines y no a los medios. En una situación excepcional, lo que hace falta es el hombre contemplativo, aquel que se ha dedicado a considerar el porqué y el para qué de las cosas.
El conocimiento en toda su extensión es sumamente importante para la Humanidad. Por no tenerlo en cuenta, la Historia nos ha mostrado horrores que pueden repetirse. En este sentido, recuerdo que, después del atentado del 11 de septiembre 2001, en Nueva York, leí este comentario: «Al espíritu humano no le faltan enemigos, pero la creencia en Dios, en cualquier Dios, es de los más corrosivos» (Saramago).
Hay que mostrar y demostrar que las religiones no son todas iguales. Hay cierta diferencia entre la liturgia del degüello en masa de jóvenes de los Aztecas y la liturgia eucarística de un altar católico; entre Bin Laden y el Papa Benedicto XVI.
¿Qué pasa cuando se trata de extirpar la religión de la sociedad y del corazón de los hombres? ¿Acaso se despliega entonces el reino de la paz, de la humildad, de la fraternidad, de la convivencia armoniosa? Los hechos muestran lo contrario: «Cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos» (K. Barth).
Hay religión y religión. No toda concepción de lo divino es siempre aceptable. Pero erradicar toda religión puede traer malas consecuencias. Si España no tiene el valor de afrontar preguntas sobre el significado de la vida y los fundamentos de la moralidad, y asentarse en normas morales incondicionales, ¿quién nos garantiza que no vuelvan a surgir viejos fantasmas, viejos conflictos?
+ Braulio Rodríguez Plaza
arzobispo de Toledo
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid