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Ética a Bibiana (y V)
Querida Bibiana: entiendo, por tu correctísima carta, que he agotado tu paciencia, abusando de tu amistad. Y sé que ya no podré remediar la injusticia que cometí en el instituto, cuando renuncié a enseñaros Ética, con aquel cobarde aprobado general. Os di por perdidos. Ésa fue mi falta. Veía yo una oveja sin duda blanca, y vosotros la veíais negra: «Se puede matar a un familiar enfermo como acto de misericordia», decíais, por ejemplo. Y me llevó tiempo comprender cómo, en otras épocas, gentes sin ninguna instrucción os hubieran aventajado con mucho en el dominio del razonamiento ético. No por su mayor inteligencia, ya que en esto les sobrepasaríais. Pero la tradición y las buenas costumbres acudían espontáneamente en su auxilio, y en cambio, hoy, carecéis de esos apoyos, lo cual facilita que se acumule un peligroso exceso de ideología en vuestras mentes. Por eso, debí revisar mi método pedagógico; empezar desde cero, y apelar a vuestras experiencias vitales, para ayudaros a descubrir que lo que llamamos bien nace del principio básico de amar al prójimo, y de dejarse amar por él, en un mundo en el que todo se ilumina y cobra sentido a la luz de ese amor. A esto podemos llamarle descubrir el ordo amoris en el mundo y actuar siempre conforme a él. No se trata de andar por la calle abrazándose a las farolas, con una sonrisa bobalicona. Muchos entienden el amor como un sentimiento que viene y va, sin lógica ni control. Pero el amor es un acto de la voluntad, y se fortalece practicándolo, cuando contribuimos a que en nuestro entorno haya siempre un poco más de luz, para que resplandezca lo bueno y se corrija lo malo, comenzando por uno mismo. Intenta vivir así, Bibiana. Te equivocarás. Tendrás que pedir perdón muchas veces. Y serás cada vez mejor persona, cada vez más feliz. Hasta siempre, se despide, tu viejo profesor, X.
Ricardo Benjumea
