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Capellanes castrenses:
Guardianes de la paz
Esta semana, se ha celebrado en Madrid la XXI Conferencia Internacional de Capellanes Castrenses, con la participación de capellanes de 36 países. Bajo el lema El hecho religioso en las Fuerzas Armadas: libertad y diversidad, ha sido una oportunidad para confirmar los beneficios de la vivencia religiosa dentro del Ejército
El capellán castrense don Luis Miguel Muñoz,
con un grupo de soldados, en la misión española
en Afganistán
La presencia de capellanes castrenses es ya una práctica normalizada dentro de la vida militar, una presencia histórica que se remonta hasta el siglo XVI y que responde al derecho de los militares a recibir asistencia religiosa allá donde se encuentren. Para ahondar en la labor del capellán castrense, se acaba de celebrar en Madrid la Conferencia Internacional de Jefes de Capellanes Militares, que ya ha alcanzado su XXI edición. En esta ocasión, el encuentro ha contado con una fuerte dimensión interreligiosa, ya que han participado capellanes católicos, protestantes, anglicanos, ortodoxos, judíos, musulmanes y budistas.
En anfitrión de la Conferencia ha sido el arzobispo castrense español, monseñor Juan del Río, quien en su discurso de apertura defendió la presencia de la religión en la Milicia como «algo que viene demandado por los derechos fundamentales del ser humano. No es una condescendencia del Estado o de un régimen político. No contradice la legítima separación entre religiones y Gobiernos». Para monseñor Del Río, «las dificultades suelen surgir cuando no se respetan las peculiares condiciones de vida castrense y cuando se tienen prejuicios sobre el papel social de la religión y, por tanto, del capellán».
En este sentido, defendió que la dimensión religiosa de la persona no debe ser ni infravalorada, ni silenciada en la esfera pública. Más aún, «en ella se encuentra el principal antídoto frente a la violencia y el conflicto. Aunque numerosas voces han señalado a las religiones como las causantes de las guerras y el terrorismo, el hombre ciertamente no acierta cuando toma el nombre de Dios en vano, cuando se apropia de lo sagrado para sus propias conquistas y egoísmos. Lo mismo ocurre cuando los grandes valores son utilizados en beneficio de un determinado grupo político o
ideológico; al final, se termina justificando crímenes horrendos por todos conocidos». Siguiendo las palabras de Juan Pablo II en Cuatro Vientos, en el año 2003, «no deberíamos olvidar nunca que la verdad no se impone, sino que se propone. Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad, significa violar la dignidad de la persona e instrumentalizar a Aquel que es el Inabarcable y Todopoderoso, que respeta siempre la libertad de sus criaturas».
En el contexto actual de nuestro país, en el que está prevista una Ley de libertad religiosa, para la que algunos ya han pedido la supresión de la atención religiosa dentro del Ejército, el arzobispo castrense defendió que las prestaciones religiosas «no sólo no son superfluas, sino que potencian los valores castrenses y facilitan a los ejércitos el desarrollo de los mismos. La atención integral a la persona requiere la solicitud religiosa a los soldados según las creencias de cada uno». Ello se ha de realizar «tanto en tiempo de paz como de conflictos», ya que la atención religiosa «no es un añadido ni un adorno, sino una cuestión vital para su desarrollo profesional, humano, psicológico y espiritual». Por eso, la presencia de los capellanes entre los militares «cumple la doble función de coadyuvar a mejorar su calidad humana en todas sus vertientes y, sobre todo, potenciar la realidad trascendente en todos y cada uno de sus miembros. La labor de los capellanes representa un plus de humanidad en la atención a nuestras tropas».
El nuevo progresismo
Oración por todos los fallecidos en la misión
española en Afganistán
En estos tiempos en que se pretende sustituir la religión por unos presuntos valores laicos, don Gonzalo Tejerina, Decano de la Facultad de Teología de Salamanca, denunció «el fenómeno del laicismo emergente, que persigue la intervención del Estado de modo que la religión no se haga presente en espacios públicos». Según afirmó, el laicismo es «una ideología que convierte en objetivo político el proceso privatizador de lo religioso que es propio de la modernización social, de la dinámica secularizadora». En el lado contrario, también alertó de los peligros del pluralismo, que hoy se ensalza «como gran valor», y que en realidad evidencia «un relativismo cognitivo, un menosprecio de la verdad y una indiferenciación frente al bien y el valor».
Frente a todo ello, el Decano de la Facultad de Teología de Salamanca abogó por el desarrollo de la laicidad, que consiste en «una política que no ignore la religión en el individuo ni en la sociedad, que no hostigue el sentimiento religioso ni pretenda erradicar de la vida pública su relevancia cultural, y que no busque excluirlo del sistema educativo».
Su análisis del panorama social español con respecto a lo religioso también fue compartido por don Joaquín Mantecón, catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado, de la Universidad de Cantabria. En su intervención, señaló que «no es infrecuente que agnósticos y
ateos militantes pertenezcan a las élites culturales, políticas y mediáticas, cuya ideología suele estar marcada por un gran relativismo conceptual y moral. Para el nuevo progresismo no existen verdades objetivas ni, por tanto, una ética que pueda ser compartida por todos. Al no imponer nada, ni en el ámbito de lo que hay que creer, ni en el de lo que hay que hacer, se consideran los auténticos fautores de la genuina libertad y democracia, y califican a los creyentes de intolerantes y dogmáticos». Ante este panorama, opuso la lección de la experiencia, que al final «muestra de forma inequívoca que una sociedad sin referentes morales objetivos, acaba siendo una sociedad frágil y delicuescente, con un fuerte índice de conflictividad y, por supuesto, más manipulable para quien ostenta el poder político y mediático».
Y concluyó de forma contundente: «Hoy en día, en la mayor parte de los casos, el enemigo de una religión no es otra religión, por mucho que en el pasado se hayan enfrentado, sino las fuerzas ateas y laicistas, que amenazan por igual a todos los creyentes. Este laicismo agresivo, movido por el odium religionis en los casos más extremos, resulta comparable al fanatismo religioso, sólo que de signo inverso».
Un ejército más solidario

Frente a la iniciativa laicista que pretende eliminar de la tradición militar la presencia religiosa, el general Miguel Alonso Baquer pidió el pleno reconocimiento del derecho a la libertad religiosa. «El Estado -afirmó en su ponencia- gusta de disponer de la obediencia ciega, si no de toda la sociedad civil, al menos de uno de sus sectores para el que tiene un estatuto de limitaciones». Entre estas competencias del Estado, entraría la legislación de la vida militar, ante la cual el general Alonso Baquer rechazó «reducir las vivencias religiosas a la intimidad. No se trata de una tolerancia ni de una mera permisividad por parte del legislador. Se trata de contemplar como digno lo que brota del hecho religioso de creer, esperar y amar: esto es lo que está en la naturaleza de las cosas, y no el nihilismo de una peculiar civilización de lo efímero». Por todo ello, pidió el desarrollo de una verdadera libertad religiosa, que al fin y al cabo beneficia el propio desarrollo de la labor militar: «Hay que proponer como objetivamente bueno para la propia comunidad el desarrollo de una ética -en nuestro caso, de contenido militar y de estilo castrense- deducida desde las correspondientes creencias religiosas. Una libertad no sólo para la práctica de una moral personal, sino para proponerla a otros como un tipo de convicciones que, en todo caso, deberían engendrar buenas obras. La moral propuesta es tanto íntima como social. La libertad religiosa es, pues, un bien común que no perturba el orden político».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Monseñor Juan del Río, arzobispo castrense:
«La futura Ley de libertad religiosa no puede recortar derechos»
¿Por qué la presencia de los capellanes dentro del Ejército, que algunas voces cuestionan?
La atención religiosa a la persona requiere la solicitud pastoral y espiritual a los militares según las creencias de cada uno. Ello se ha de realizar tanto en tiempo de paz como de conflictos, ya que no es un añadido ni un adorno, sino una cuestión vital para su desarrollo profesional, humano, psicológico y espiritual. Esta presencia viene requerida por las peculiares condiciones de vida, es un derecho, no es una condescendencia del Estado o régimen político. Suprimir u obstaculizar esta presencia sólo se da cuando reina el totalitarismo y no la democracia.
¿Cree que la futura Ley de libertad religiosa va a retocar esta presencia?
Si es una verdadera Ley de libertad religiosa de un país democrático, es para que haya más libertad y no para recortar derechos. El Estado ha de proteger esa libertad fundamental por medio de leyes justas y otros medios apropiados, y crear condiciones propicias al desarrollo de la vida religiosa, a fin de que los ciudadanos puedan realmente vivir sus creencias a nivel personal, comunitario y público.