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Con ojos de mujer
Línea de paz

A un centímetro del muro lo pensé... Uno es más consciente, frente a un muro, de la altura de aquello que separa y marca la Historia, y el recuerdo de los muertos. Estaba allí, ante la línea de paz, en Belfast, y al alzar la vista parecía venirse encima; sí, el muro que separa se nos venía encima. Ese muro que separa, cerca, acota, el que construimos para protegernos, para no olvidar, para matar o para intentar no hacerlo...
La llamada línea de paz en Belfast separa el barrio católico del protestante y fue ampliado hacia arriba con rejas, porque la gente continuaba lanzándose cosas por lo alto. Un taxista nos acercó hasta allí y nos contó la historia que vive Irlanda; frente al muro nos dio un rotulador por si queríamos escribir algún mensaje de paz en la zona destinada para ello. Yo no pude escribir en él, no supe cómo escribir paz sobre un muro, la paz aspira a no necesitar de paredes. No escribí. Tampoco supe cómo fotografiarme, cuando se ofreció a sacarnos una foto. ¿Cómo se posa ante el fracaso humano?
Frente a la aparente normalidad de los barrios, los murales en los laterales de muchas casas recordaban a los muertos tan cercanos en el tiempo y la memoria; pudimos ver también pinturas que, con justicia, recordaban sufrimientos vividos en otras partes del mundo, y también pinturas injustas como el vergonzoso mural que, en el barrio católico, pretendía establecer parecidos razonables inexistentes entre la causa de ETA y la situación vivida en Irlanda. Y es así, fuera de nuestras fronteras, etarras y simpatizantes de ETA explican, muchos trabajando como guías turísticos, su versión de los hechos para justificar los muertos que no han tenido que enterrar. Aquella pintura y preguntas que nos hacían algunos irlandeses eran sólo una muestra de la manipulación de la Historia que se labra fuera de nuestras fronteras. Y alcé la vista y lo vi, era invisible pero estaba, inquebrantable: el muro.
Y pensé en todos los muros y líneas de paz que mañana se alzarán, por falta de entendimiento. Quizá primero separen barrios y cerquen ciudades; luego dividirán casas y habitaciones, y también mesas donde la gente se siente para cenar; uno pedirá que le pasen el agua y la jarra estará separada del vaso por un check point; y para dar un abrazo hará falta esperar hasta el día siguiente antes del toque de queda. El otro nos dará miedo y el muro se alzará por si acaso, como una pistola que se guarda en el cajón de casa. Y así el miedo nos hará capaces de todo; pero ¿y si el miedo es a los fantasmas del pasado, del presente y del futuro? Entonces el ser humano necesitará volver a creer en el ser humano y dejar al fantasma en su sitio: el armario, o debajo de la cama.
Rosa Puga Davila
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid