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Literatura
Las palabras del regreso de María Zambrano
El 28 de enero del año 1939, dos hermanas poquito agraciadas, de ojitos tristes y nariz afilada, iban en silencio en su coche, salían de España con tres perras en el bolsillo. En el camino, se encontraron con Antonio Machado, que caminaba apoyado en su madre. Una de ellas les suplicó que, por favor, subieran al coche, pero el poeta se negó, que su paso era el paso de los vencidos, y como vencido quería salir de España. Entonces, una de las hermanas, María Zambrano, bajó del coche y cruzó a pie la frontera junto a su amigo. Poco después, moriría el sevillano en Colliure, pero a María le quedaba mucha tierra baldía por delante. «Al salir de España, había un hombre que me precedía, llevaba a la espalda un cordero»: esta imagen, apuntada en el libro Las palabras del regreso, que Cátedra acaba de editar, reflejan con exactitud el alma de la filósofa, una mujer de profunda fe cristiana dispuesta a vivir una experiencia de desarraigo. Toda su filosofía se basa en hacer crecer a la razón, alimentarla cumplidamente hasta colocarla en posición de creyente ante Dios. Pero la razón enloquecida, llena de la soberbia del niño caprichoso, emborrona la vida. Por eso, funda el concepto de razón poética, la única que se encuentra con la verdad del hombre. Para María, el drama de la cultura moderna es la falta de contacto entre la verdad de la razón y la vida.
Las palabras del regreso son una colección de artículos que publicara, en Diario 16, una vez que volvió a Madrid, tras el exilio. Muchos de los textos parecen sacados del periódico de ayer mismo: «El estado de paz es un estado ambiguo y peligroso. Estado de paz verdadera no habrá hasta que surja una moral vigente y efectiva a la paz encaminada, hasta que la paz no sea una vocación, una pasión, una fe que inspire e ilumine. Y ciertamente que fundamentos religiosos y morales no le faltan a nuestra cultura de Occidente».
Cuando volvió a Madrid, yo era un chaval de dieciocho años, y no sé por qué carambola tuve la suerte de asistir a una fiesta de bienvenida, en su propia casa, con catorce intelectuales. Allí estaba Amancio Prada con su zampoña y el poeta García Calvo. María apenas veía. Hablamos de música y de la creación, y de que el hombre no es un producto. He vuelto a leer algo así en el libro: «El hombre ha sido creado, no producido». Las palabras del regreso es libro de bolígrafo en mano.
Javier Alonso Sandoica