Alfa y Omega > Nº 675 > Desde la fe
El martirio de las cosas sagradas durante la Segunda República
El prólogo de la muerte
El cuestionamiento de los símbolos religiosos en el ámbito público no es nuevo. Durante la Segunda República, se inició una persecución religiosa en la que se dio con violencia el martirio de las cosas sagradas

Si se preguntara en la calle por la fecha en que comenzó la Guerra Civil en España, la mayor parte de la gente respondería: en 1936. Y si se preguntara por el año en que comenzó la persecución religiosa, no muchos sabrían a qué se refiere la pregunta; y los que se atrevieran a responder darían la respuesta anterior: La persecución religiosa habría comenzado también en julio de 1936, como consecuencia natural de la guerra.
Sin embargo, un nuevo libro ha venido a dar más luz sobre el fenómeno de la persecución religiosa que sufrió la Iglesia en España ya desde 1931, cuando se proclamó la Segunda República. Se trata de Destrucción del patrimonio religioso en la II República (ed. BAC), del historiador José Ramón Hernández Figueiredo, y está centrado especialmente en el estudio del denominado martirio de las cosas sagradas.
Burlas sacrílegas de milicianos republicanos
En 1931, al proclamarse la Segunda República -de manera sorprendente, como consecuencia de unas elecciones municipales-, comenzó en España una verdadera persecución contra la Iglesia católica. Al martirio de las personas -se calcula que la cifra de los que sufrieron el martirio en estos años es de 38- se unió también -y éste es el objeto del libro- la persecución contra los objetos de culto. Afirma don José Ramón Hernández que, «en el estudio de la Iglesia católica de los años 30, se advierte la importancia del anticlericalismo extremo que procura la descristianización de España, y que siempre se ha manifestado en formas de actuación muy diferentes, desde la propaganda de las ideas hasta la violencia contra las personas y las cosas sagradas». Ahora bien, el autor del libro sostiene que «siempre ha habido un detonador que desataba los ataques anticlericales: el disgusto que provocaba el avance del espíritu cristiano, o la recuperación espectacular de una Iglesia que era capaz de influir en las conductas y contradecir a ideologías totalizantes o simplemente opuestas a la dignidad humana».
Un silencio injusto
Arrastrando imágenes sagradas por la Gran Vía
de Madrid
Como primeros pasos de su programa laicista, el nuevo régimen sacó adelante medidas como la disolución de la Compañía de Jesús, la secularización de los cementerios, la retirada del crucifijo de las escuelas y la supresión de la asignatura de Religión. En aquellos años, el escritor Miguel de Unamuno escribía: «La presencia del crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento, y el quitarlo ofende al sentimiento popular, hasta al de los que carecen de creencias confesionales. ¿Qué se va a poner donde estaba el Cristo agonizante? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un compás y una escuadra? ¿Qué otro emblema confesional? Porque hay que decirlo claro: esta campaña es de origen confesional. Claro que de confesión anticatólica y anticristiana. Porque lo de la neutralidad es una engañifa».
Lo que se decidía desde el Parlamento iba acompañado de violencia a pie de calle. Don José Ramón Hernández señala tres fechas decisivas en las que el odio a la fe católica se recrudeció: mayo de 1931, octubre de 1934 y la primavera de 1936. Así, y también a lo largo de los cinco años que duró la Segunda República, se quemaron iglesias, se destruyeron conventos, se acumularon en la calle objetos litúrgicos a los que se prendió fuego, se profanaron tumbas de religiosos y mojas, se desfiguraron las imágenes sagradas...
Las fuentes documentales en las que se ha basado el autor del libro son las del Archivo Secreto Vaticano: «Las fuentes -reconoce don José Ramón- son sinceramente realistas y enormemente humanas, y reflejan la vivencia fiel de aquellos acontecimientos en circunstancias enormemente adversas y hostiles. Esto no priva de la necesidad de perdonar y reconciliarse, lo que no está reñido con la verdad histórica. Sería injusto si desde la misma Iglesia calláramos los resultados de una investigación objetivamente histórica».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo