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Lo que más maravilla al lector de Un sepulcro en el cielo, que acaba de editar El Buey Mudo, es que Vintila Horia, su autor, rumano, pudiera sentir tanto lo español, sentirse tan español, ser tan español como demuestran estas 334 páginas sobre el Greco en Toledo; mucho más español que tantos nacidos en España. El título del libro hace referencia a don Francisco de Quevedo: «Lo mucho que tenemos que padecer, con el fin quizá de encontrar el camino hacia un sepulcro en el cielo». Vive el cretense Domenico Theotokopulos (El Greco) en un Toledo por cuyas calles y plazas se encuentra con Teresa de Cepeda y Ahumada (santa Teresa), con Juan de Yepes (san Juan de la Cruz), con Lope de Vega, con don Francisco de Quevedo, con don Miguel de Cervantes, con Felipe II... Hay, por ejemplo, una impresionante carta de Cervantes a El Greco: en ella se habla naturalmente de España; pero antes, y sobre todo, se habla de Dios. Vintila Horia le hace contar a El Greco su vida a través de sus más inmortales cuadros: El expolio, El martirio de San Mauricio, El entierro del Conde de Orgaz, El quinto sello del Apocalipsis. Destilan estas páginas el perfume de una España grandiosa y de unos seres humanos irrepetibles.
M.A.V.

El pecado capital por antonomasia del feminismo postmoderno es su desprecio por la mujer real, suplantada por un constructo ideológico, heredero de la lucha de clases marxista. Pero las mentiras sólo hacen daño si contienen retazos de verdades, y al feminismo no le falta razón cuando denuncia la histórica discriminación de la mujer en Occidente. Mujer y cambio social en la Edad Moderna, que publica María Antonia Bel Bravo, en Ediciones Encuentro, sabe conciliar ambas denuncias, en 300 páginas de fácil lectura. El resultado no es la reivindicación al uso, sino un mensaje esperanzador, precisamente por su realismo sin concesiones a la ideología. De entrada, niega la mayor: la antropología economicista que reduce al ser humano a mero productor y consumidor, obligado a competir despiadadamente con el resto, según un código de conducta masculino. Y niega la reducción de la familia a simple proveedora de servicios, visión que lleva a postular su crisis, una vez que el Estado y la sociedad modernas han asumido algunos de ellos. Pero la modernidad no es enemiga de la familia. El problema no es que la mujer salga del hogar. Su realización profesional es un bien para toda la sociedad. El problema es que deba dejarse la feminidad en casa.
R.B.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid