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Música
La Filarmónica de Berlín abruma a Madrid
Siempre he sentido nostalgia de un buen concierto, una apuesta que me ponga cerca de los Campos Elíseos y me cuente que el hombre es más creador que productor. El aficionado a los toros también echa de menos una salida a hombros, como la de Morante, el pasado domingo, en Vistalegre, que hasta Antoñete se emocionó en la transmisión de Canal Plus. Cosas así, rara vez se disfrutan en vivo. Para aliviar el alma con una serie de muletazos sobresalientes, o con una dirección musical personalísima, el aficionado traga quinina en silencio.
El concierto, la pasada semana, de Sir Simon Rattle con la Filarmónica de Berlín fue apabullante. Él mismo lo reconoció más tarde: «La interpretación del tercer movimiento de la segunda de Brahms fue algo nuevo». Los que nos dimos cita en el Auditorio de Madrid estábamos perplejos. Simon Rattle es un tipo divertido y eficaz; parece haber sido dibujado, salido de un comic para contarle al mundo una gracieta. El pelo color tiza, revuelto, y la nariz adolescente, le conceden el aire del que apuesta por la pereza. Pero en las indicaciones de sus dedos a los profesores de la orquesta es donde adviertes el rigor, el trabajo previo de un consagrado a mostrar vida en los clásicos. Las versiones que tengo de sus sinfonías de Haydn son novedosas, porque, a la alegría innata del vienés, se le suma la originalidad de una interpretación cargada de fuegos artificiales. Me gusta su faceta pedagógica.
Vi, hace unos años, una película documental, que aquí se tradujo como ¡Esto es ritmo!, en la que el director inglés hace penetrar a un puñado de adolescentes en el disfrute de una de las partituras más originales del siglo XX, La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky. Hay en él un afán por hacer fácil esa música de los raritos que, tras Schonberg, nos parecen intraducibles para el alma. He leído unas declaraciones recientes del tenor mejicano Rolando Villazón, en las que explica la experiencia de la ópera en vivo como un encuentro entre dos seres vivos, en el que el público tiene que volver a casa transformado, con ganas de ser mejor persona: «El aficionado no puede irse a tomar una champañita para comentar sólo si se le fue la voz a la soprano».
Es verdad, la música va más allá del racionalismo pedante, tiene una convicción que el alma entiende. Simon Rattle dice que la gente necesita la música como el aire que respira, y no sólo para adornar su vida, sino para hacerla inteligible.
Javier Alonso Sandoica