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El invierno moral de Rusia
Rusia necesita una regeneración moral. Sus dirigentes lo entienden como cuestión de pragmatismo; de seguridad nacional, incluso...

El Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas aprobó, el pasado otoño, una resolución, presentada por la Federación Rusa, con un título significativo: Promoción de los derechos humanos y libertades fundamentales a través de un mejor entendimiento de los valores tradicionales de la Humanidad. Hace unos años, Moscú no habría presentado una resolución en la que se propone un seminario para discutir sobre los valores tradicionales. La explicación acaso tenga que ver más con el pragmatismo que con la moral.
Rusia vive hoy un invierno demográfico, que le estaría haciendo descubrir la importancia de los citados valores, y en particular el de la familia. Sin ir más lejos, la crisis de valores se manifiesta en el aumento del consumo de alcohol y de todo tipo de violencia. También resulta preocupante que la esperanza de vida de muchos varones esté en torno a los 65 años. Rusia lo ve desde la óptica de una amenaza a la seguridad nacional. No se puede ser potencia sin suficiente población. Sin embargo, nada de esto inquieta a los apologistas del mundo posmoderno occidental, siempre dispuestos alumbrar derechos de nueva generación, consecuencia de la variedad de estilos de vida, de ese supermercado de la libre elección, alabado como modelo social. No es casualidad que Estados Unidos y algunos países de la Unión Europa votaran en contra de la propuesta rusa, opuesta a la agenda anti-familia tradicional, desarrollada por algunas organizaciones internacionales que no perciben otras realidades sociales que las esgrimidas por la poderosa maquinaria mediática amparadora de la ideología de género.
Sin embargo, Rusia no es hija del 68 y sus inmediatos antecedentes. Su invierno demográfico y moral guarda relación con el tipo de sociedad implantado en los años inmediatos a la revolución de 1917, cuyos rasgos retrató de forma magistral el novelista Joseph Roth en sus crónicas para el Frankfurter Zeitung, y que guardan una curiosa semejanza con realidades de hoy: el amor fue reducido a un apareamiento higiénico entre dos personas supuestamente instruidas en materia sexual; se pretendió evitar la consideración de la mujer como dama; no se prohibieron procesiones y otros actos de culto público, aunque se intentó demostrar que eran una tontería; se otorgaron derechos a las minorías religiosas a modo de instrumento contra una Iglesia ortodoxa identificada con la autocracia zarista... Pero la obra más exitosa del leninismo fue, según Roth, el aburguesamiento de la gente. El espíritu pequeñoburgués sería ideal para la construcción de un régimen burocrático, encandilado por las estadísticas.
Todo declive moral va acompañado del triunfo de la mentira, y Rusia no fue la excepción. Desde su exilio parisino, el filósofo Nikolai Berdiaev se preguntaba cómo la mentira había alcanzado un alto rango de consideración en lo político y en lo social. Desde el momento en que la filosofía dejó de ser una búsqueda de la verdad, tal y como demuestran las teorías de los influyentes Hegel, Marx y Nietzsche, el camino estaba abierto para la llegada de ideocracias, cuya única razón de ser era el poder por el poder, por mucho que se revistieran de ideales atrayentes. Llegó un momento en que el soberano comunista se quedó desnudo y avergonzado, pero el mal causado a la sociedad estaba hecho.
En este panorama de desolación moral, que preocupa a las autoridades, Kiril, Patriarca de Moscú, insistía, a finales de 2009, en un discurso ante la Academia Rusa de Servicio del Estado, en la necesidad de una cooperación entre la Iglesia y el Estado en diversos ámbitos: educación de la juventud, apoyo a la institución familiar, lucha contra las drogas y el alcoholismo, preservación de la herencia cultural... Pero algunos analistas políticos interpretan con recelo esta cooperación. Asocian a la Ortodoxia, sobre todo por antecedentes de las épocas zarista y soviética, con la alianza entre el trono y el altar, que en el fondo pretendería volver a los principios ideológicos imperantes en el reinado de Nicolás I: Ortodoxia, Autocracia y Nacionalidad. ¿No se ajustaría a estos principios la actual democracia soberana rusa?
El Patriarca Kiril tiene ante sí la compleja tarea de trazar límites precisos entre la esfera temporal y la espiritual. En su citado discurso, decía que la Iglesia no debe interferir en la contienda política ni apoyar a ningún partido, mas tiene que hacer llegar al pueblo comentarios precisos y de índole espiritual sobre los acontecimientos del país. Pero la Iglesia ortodoxa no parte de cero. Su legado espiritual es impresionante. Su riqueza va más allá del esplendor de sus liturgias, entre las que destaca la de san Juan Crisóstomo. El santo Patriarca de Constantinopla quiso superar la reducida visión de la polis griega, en la que la patria se ponía por encima del individuo, y defendió una sociedad basada en la primacía de la persona. Quienes se consideran sus sucesores, deben preconizar una solidaridad que ayude a superar la pobreza moral y material.
Antonio R. Rubio Plo
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