Alfa y Omega > Nº 681 > Cartas
San José

De cuando en cuando acaecen en la vida mazazos, sin tener en cuenta ni edad, ni raza, ni nacionalidad. Es a esta dolorida Humanidad a la que acude en su ayuda un hombre de excepción: san José. Si tuviéramos la valentía de dejarle un lugar de preferencia, muchos de nuestros problemas se derrumbarían. Las soluciones de este grandísimo hombre nos enseñan, por experiencia, que auténticos problemas pueden superarse si somos capaces de levantar los ojos a luces mayores. Referencia evangélica es la de que era varón justo. Los rasgos bíblicos son escasos y proféticos: proviene de la familia davídica de Jacob, esposo de María, padre de Jesús, vive en Nazaret, es carpintero. El artista le ha figurado a su capricho en el lienzo: barbudo, vejete, achacoso, con bastón, en decadencia, en retirada. Cuando trabajaba la madera en la paz de su taller, nadie se fijaba en él excepto la Providencia. Llevaba vida sencilla. De repente, Dios le trastorna sus planes: en el vientre de María se gesta un hijo, sin haber convivido con ella. Cabizbajo, se queda confundido, con las manos cubriendo su rostro y dando vueltas a tantas cosas que estaban sucediendo en tan poco tiempo. Desolado, le retumba una voz desconocida: José, hijo de David, no temas tomar contigo a María como esposa porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Otea, siente la huella divina, medita, contempla y obedece. María y José, José y María, aceptan a su hijo, Cristo, superando el entorno problemático. Las manos sudorosas de este Niño, trabajando junto a su padre en el taller, serían las mismas que más tarde bendecirían, curarían, salvarían. Las mismísimas sobre las que hundieron los clavos en el leño de la cruz y que resucitarían, redimiendo a la Humanidad.
Domingo Albarrán González
Madrid
Un gran obispo
Eso es lo que hemos encontrado en Guadix, en la ordenación episcopal de monseñor Ginés García Beltrán, en la toma de posesión de aquella diócesis. Aunque sería lo correcto decir que hemos confirmado lo que muchos almerienses, que le venimos siguiendo desde hace 25 años, bien sabemos sobre la talla espiritual e intelectual del joven sacerdote, que se entregó por entero a Cristo y a su Iglesia. Tengo ante mí las palabras que don Ginés pronunció al final de la celebración, el pasado 27 de febrero. Resumirlas es harto difícil; buscar titulares de periódico, también. Están escritas con sinceridad y hondura. Quizás debamos destacar que, cuando él trata de dar respuesta a las preguntas de qué trae el nuevo obispo en su portafolios, en su mente, contesta: «Mi programa pastoral es Cristo. No tengo otra cosa que daros, pero aunque la tuviera, sólo os daría a Cristo, porque sólo Él es verdaderamente importante, porque sólo Él puede salvar. Os doy lo mejor que tengo, lo mejor que he recibido: Cristo». He ahí la síntesis del mensaje de monseñor García Beltrán, un nuevo y gran puntal del episcopado.
Ginés Alcaraz Garrido
Almería
Mes del seminario

El Día del Seminario es un momento especial para pedir por las vocaciones, los seminaristas y los formadores. Por las circunstancias sociales, culturales y espirituales que nos rodean, estamos viviendo años de crisis en el mundo de las vocaciones. Los sacerdotes se van haciendo mayores y ya no hay tantos presbíteros jóvenes como en otras ocasiones, que puedan atender las necesidades de la comunidad. El sacerdote es un hermano entre los hermanos, a quien se le ha encomendado ser pionero de la fe, sin separarse del pueblo de Dios y que ha sido elegido y ordenado para ser sacerdote de todos. Las Hermandades, movimientos apostólicos, asociaciones de fieles, etc. son quienes echan de menos la presencia del sacerdote, como guía y director espiritual, alentador y consiliario. A veces nos preguntamos si la escasez de vocaciones puede ser debida a la falta de generosidad de la juventud, o es la misma crisis de fe que estamos padeciendo en nuestra sociedad. Sin duda, la familia es un lugar primordial en donde nace la vocación sacerdotal. Si los padres hablan a sus hijos de la ayuda a los demás, de las necesidades de la Iglesia, de la vocación de entrega a Dios, en ellos crecerá una positiva valoración del sacerdocio. La familia es la gran educadora en valores y en la vocación de cada uno de sus miembros. El sacerdote que acaba de salir del seminario no debe olvidar que debe entregarse cada día al servicio de la Palabra, los sacramentos y la caridad, siendo fiel al magisterio de la Iglesia. Es la mejor ayuda para ser un buen sacerdote.
Alberto Álvarez Pérez
Sevilla
Los ojos de Lolo ven a Dios
Lolo, el Bartimeo del siglo XX, nos lleva hacia Dios, por medio de sus escritos y su vida. Las enfermedades que producían en Lolo una discapacidad muy importante, él las convertía en ofrenda a Dios, en un canto de alabanza y oración perpetua. En sus últimos años también le falló la vista. Pero Lolo hijo de esta oscuridad un lugar de entrega. Su oscuridad le hizo percibir sentidos y emociones que, antes, tanta luz le había impedido ver. Lolo aprendió a ver a Dios por medio de los demás, utilizó no solamente los ojos de sus amigos y conocidos, sino que supo, al igual que Jesús, ver en las personas la obra de Dios, y, por ellas, vivir en perpetua comunión con la obra de Dios. El 12 de junio, su localidad natal va a ser testigo de su beatificación. Los ciegos y deficientes visuales debemos ver en Lolo al hombre actual que, por sí mismo y gracias a la ayuda de Dios, superaba sus limitaciones, haciendo de ellas una oración de entrega a Dios y un sacrificio de entrega a los demás. Lolo ha sido en el siglo XX, al igual que Jesús, una persona que, por medio de su vida y testimonio, nos ha abierto los ojos de la fe.
Ignacio Segura Madico
Vicepresidente de Ciegos Españoles Católicos
Puntualización del Arzobispado de Madrid
Ante la noticia aparecida en varios medios de comunicación, a propósito de la intención de dos parroquias de construir un aparcamiento en el terreno destinado a su nuevo centro parroquial, la Oficina de Información del Arzobispado de Madrid considera necesario hacer las siguientes puntualizaciones:
1. No es cierto que las parcelas provengan de una cesión gratuita del Ayuntamiento de Madrid, pues el Convenio suscrito en noviembre de 1997 entre dicho Ayuntamiento y el Arzobispado establece la permuta con terrenos de la archidiócesis que ésta ha ido cediendo -aun con mayor superficie y sin ninguna limitación de uso- y, al igual que los del Ayuntamiento, en el marco de una colaboración para facilitar los fines sociales, asistenciales y, en definitiva, públicos y de interés general de ambas instituciones. Sorprende mucho que este dato inicial no haya sido ni siquiera aludido por los medios de comunicación, siendo así que la vigencia y desarrollo de ese Convenio de recíprocas prestaciones está fuera de toda duda. Igualmente es incuestionable el cumplimiento por parte del Arzobispado de Madrid de su compromiso de llevar a cabo la construcción de los centros parroquiales que se necesitan en los barrios de nueva creación.
2. Resulta radicalmente falso que la construcción de esos aparcamientos se haya planteado como un negocio o para generar las ganancias a las que, tendenciosamente, se refieren esas noticias. Muy al contrario, la comercialización de las plazas proyectadas entre los vecinos y feligreses de las parroquias resulta ser el único y exclusivo modo para que, por parte de la Iglesia, se pueda afrontar la construcción de los centros parroquiales que a veces necesitan los nuevos barrios. Esta forma de financiación, legítima y lícita, sólo se ha utilizado en las escasas ocasiones en las que resulta ser el único medio de hacer viable económicamente la construcción de las nuevas parroquias.
3. Hay que advertir adicionalmente que ha sido el propio Ayuntamiento el que ha otorgado la preceptiva licencia de obra, tal y como permite la calificación urbanística que tienen las parcelas.
4. La Oficina de Información del Arzobispado lamenta que, en noticias como ésta, la información sobre sus actividades, además de no ajustarse a la verdad, relegue, hasta hacerla desaparecer, la dimensión concerniente a la función pastoral, social y educativa que los centros parroquiales realizan, de forma clara y comprometida, en los barrios en los que se ubican.
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