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Los pecados de la Iglesia

Los pecados de la Iglesia son los más graves. Hay críticas injustas, manipulaciones odiosas, pero a la Iglesia se le debe aplicar una vara de medir más exigente que al resto. No por la confianza defraudada, o la esperanza herida de tantos. Un mismo pecado es más grave cometido dentro que fuera de la Iglesia, cerca que lejos de los sacramentos, porque a medida en que se reduce la distancia con Dios, aumenta exponencialmente la gravedad de la falta. Por eso uno encuentra más fácil disculpar los gruesos pecados del hijo pródigo, más bien fruto de la inconsciencia, que la envidia resentida del hermano mayor.
Con todo, ciertas deformaciones grotescas no pueden ocultar la obviedad de que la Iglesia tropieza siempre mucho menos que el resto en los pecados de cada tiempo, aunque el mundo se conjure después para descargar sobre ella con furia la ira de sus frustraciones. La Iglesia es factor de transigencia, cuando los tiempos son intransigentes; enseña a vivir la sexualidad según la verdad del hombre, en estos tiempos de promiscuidad... Pero cumplir con los preceptos de brocha gorda más que el resto no será garantía de nada, cuando se nos examine en amor. Y, en cambio, estamos más expuestos que nadie al «maldito pecado de la soberbia» de espíritu, como lo llamó santo Tomás Moro, propio «de aquellos que se las dan de santos despreciando a los demás». Éste es el pecado más estúpido de todos. Y el más grave, porque nos indispone para acoger la misericordia del Padre, lo único realmente necesario para la salvación.
«Si hubiera dioses, ¡cómo soportaría yo el no ser Dios!» ¡Y qué bien podría adaptarse a tantos de nosotros la frase de Nietzsche! Dios, sin embargo, permite que caigamos en la ciénaga, junto a la bendita escoria del mundo, a la postre bienaventurada, porque ella sí es consciente de su indigencia.
Ricardo Benjumea
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid