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Educación y verdad

Es bien conocida la expresión emergencia educativa, a la que tan certeramente se refiere Benedicto XVI al hacer el diagnóstico de nuestro tiempo, en estrecha conexión, sin duda, con la igualmente acuñada por él de dictadura del relativismo. Lo deja bien claro en su discurso a la Asamblea diocesana de Roma, en 2007: «Se habla de una gran emergencia educativa, de la creciente dificultad para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que se da tanto en la escuela como en la familia», y añade que «se trata de una emergencia inevitable: en una sociedad y en una cultura que, con demasiada frecuencia, tienen el relativismo como su propio credo -el relativismo se ha convertido en una especie de dogma-, falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera autoritario, y se acaba por dudar de la bondad de la vida».
Tal emergencia y tal dictadura ¿no surgen, acaso, ante el acoso ideológico de una cultura empeñada en dar la espalda a la verdad de las cosas, en aras de unas ideas imaginadas al albur de intereses, en definitiva arbitrarios, ajenos a esa verdad, es decir, irreales, y por tanto inservibles para la vida, que acaban por convertirla en vacía de sentido y de esperanza? ¡Qué bien lo dijo el ya próximo  Beato Juan Pablo II en su Visita a España de 1993, precisamente en la Misa de canonización del gran sacerdote y educador Enrique de Ossó, al pedir a las familias cristianas que, en su seno, los jóvenes «puedan descubrir ideales altos y nobles que satisfagan las ansias de sus corazones y les aparte de la tentación de una cultura insolidaria y sin horizontes, que conduce irremediablemente al vacío y al desaliento»! Y por eso alentaba a los padres a no dejar de afirmar y sostener, precisamente por el bien de la sociedad entera, «el derecho a una escuela católica, auténticamente libre, en la que se imparta una verdadera educación religiosa y en la que los derechos de la familia sean convenientemente atendidos y tutelados. Todo ello -¡es la lógica conclusión!- redundará en beneficio del bien común, ya que la instrucción religiosa contribuye a preparar ciudadanos dispuestos a construir una sociedad que sea cada vez más justa, fraterna y solidaria».
Todos hablan de crisis económica -en España, ciertamente alarmante-, y son cada vez más los que hablan de crisis de valores, e incluso del sentido de la vida, ¿pero cómo superarlas, cualquiera de ellas, encerrados, en definitiva, en la ideología o en la ética, por muy bien que queramos construirlas, pero con nuestras solas fuerzas? La realidad de las cosas conduce a esa educación católica que, lejos de ser un añadido, para quien le guste, es la Luz que ilumina a todos y a todo. Bien dijo Benedicto XVI, al comienzo mismo de su primera encíclica, Deus caritas est, que no se llega a ser cristiano «por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento», es decir, con la verdad de las cosas: «Con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». He ahí la respuesta al acoso ideológico que amenaza con destruir todo lo humano.
Cuando los padres católicos defienden su derecho a educar a sus hijos según su propia fe, están en realidad abriendo a todos la puerta de la esperanza. Enrique de Ossó -recordaba Juan Pablo II en la Misa de su canonización-, «no sólo hizo descubrir a otros la sabiduría escondida en Cristo, sino que sintió la necesidad de formar personas capaces a su vez de enseñar a otros, según la expresión de san Pablo a Timoteo». Sólo tal cadena educativa -la realidad de los hechos no ha dejado de demostrarlo- sigue siendo hoy la única respuesta válida a la situación de emergencia en que vivimos. Y once años antes, en su primera Visita a España, de 1982, en la madrileña Plaza de Lima, nos ponía delante las palabras mismas de nuestra Constitución que garantizan ese sagrado derecho de los padres, y dejaba claro, citando también la Constitución española, que «la educación religiosa es el cumplimiento y el fundamento de toda educación, que tiene por objeto -como dice también vuestra Constitución- el pleno desarrollo de la personalidad humana».
Hace tan sólo unos días, en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica, subrayando precisamente «la conexión de la teología con las demás disciplinas», Benedicto XVI ponía bien en su sitio la urgente necesidad de la enseñanza de la Religión católica en la escuela, avalado con la autoridad indiscutible del Beato John Henry Newman, que «hablaba de círculo del saber, para indicar que existe una interdependencia entre las diversas ramas del saber; pero Dios y sólo Él tiene relación con la totalidad de lo real; en consecuencia, eliminar a Dios significa romper el círculo del saber».
Sin verdad, en efecto, no hay saber, ni vida que pueda llamarse humana.
Cáritas, al límite
En los dos últimos años, se han duplicado el número de solicitudes atendidas en nuestros servicios de acogida y atención primaria. Esta realidad supone un auténtico reto para la misión cotidiana desarrollada por nuestras Cáritas y cada uno de nuestros agentes, que multiplican sus esfuerzos para atender las demandas de un número creciente de personas expuestas a condiciones de precariedad.
Esta realidad se ve agravada por la insuficiente respuesta de los servicios públicos, la aplicación de nuevos recortes sociales y el insuficiente alcance de las políticas sociales para atender los derechos básicos de los ciudadanos más golpeados por la crisis económica.
Por ello, insistimos en la obligación de los poderes públicos de aumentar los recursos de los servicios sociales para las personas más vulnerables, al tiempo que reiteramos con rotundidad que la acción de ayuda que podemos realizar desde Cáritas tiene unos límites que ya están superados y que, dado el recorte en los recursos públicos, lo estarán aún más.
Convencidos de que la Ayuda al Desarrollo no es sólo un lujo para los tiempos de bonanza, denunciamos los recortes en la Ayuda Oficial al Desarrollo y reafirmamos nuestra voluntad de presionar a todas las Administraciones públicas para que se cumplan los compromisos adquiridos.
Llamamos a todos los ciudadanos a rechazar cualquier medida que suponga una restricción en el acceso a los derechos sociales de las personas migrantes.
Dirigimos un llamamiento a la responsabilidad de todos ante las próximas elecciones autonómicas y locales.
Y convocamos a los grupos políticos para que asuman y cumplan el Pacto de Estado contra la Pobreza firmado el 19 de diciembre de 2007, y para que suscriban un acuerdo marco por la inclusión social y el empleo de los más vulnerables, con la participación de todos los actores sociales.
Cáritas Española
de la Declaración final de su LXVII Asamblea General
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid