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Punto de vista
Musulmanes
Una vez más, desde Europa, hemos de hablar de los musulmanes. Gaddafi predijo que los vientres de sus mujeres conquistarán el Viejo Continente. Esperemos que no tenga razón, sin dar esta esperanza por segura dada nuestra baja natalidad.
Dos novedades nos llevan, de nuevo, a este tema: la más pública es el gran éxito en nuestros cines del largometraje francés De dioses y hombres, al que Alfa y Omega dedicó ya, con gran sensibilidad, mucha atención. Es un relato emocionante y sereno de la tragedia vivida en el Atlas argelino, donde siete monjes católicos dedicaban su tiempo a rezar a Nuestro Señor y a volcar oleadas de cariño y de ayuda sobre sus convecinos. Su vil asesinato -por fortuna, aludido más que descrito- ofrece una película estremecedora que todo ciudadano debería ver y meditar, si desea saber algo de aquella monstruosidad ejercida en nombre de Allah y, tal vez en este caso, de un enloquecido y criminal patriotismo; algo de lo que los españoles sabemos mucho, desde aquel trágico 11-M madrileño que nos dejó casi doscientos muertos y dos mil heridos.
La otra novedad nos la proporciona el nº 139 de la revista Política exterior, que creó y dirige, con buena mano, don Darío Valcárcel. Un profesor francés de Ciencias Políticas, don Jean-Pierre Filiu, describe en ella al Islam como «la religión ganadora en la globalización», puesto que cuenta con cerca de 1.500 millones de fieles, algo menos de la cuarta parte de los habitantes del planeta. Pero no todos sus países, ni mucho menos, son iguales. Los mayores -Indonesia, Pakistán, India y Bangladesh- colocan en Asia meridional el centro de gravedad geográfico de esta religión, cuya diversidad no permite hablar de un mundo musulmán, pero sí de sociedades mayoritariamente musulmanas, como dijo Obama en El Cairo.
Las variantes de esta fe común comparten sólo cinco deberes: la fe en Allah y su Profeta, la oración cinco veces al día, el ayuno en el mes de Ramadán, la caridad islámica o zakat, y la peregrinación a La Meca. Es, por tanto, una creencia sencilla y fácil de practicar. El autor del artículo nos da de ella lo que llama una pincelada. Dos cosas serían deseables: que muchos la leyeran; y que el peso de la ley -de su Ley- cayera sobre los violadores musulmanes de los derechos ajenos. Pues es de temer, por ejemplo, que ese castigo no haya alcanzado nunca a los que asesinaron a los mártires trapenses de Thibirine.
Lo que inquieta al mundo de raíz y creencia cristianas no son esas cinco normas: también nosotros somos monoteístas, rezamos y ayunamos (esto, más suavemente), debemos practicar la caridad y solemos peregrinar cada semana a nuestra misa dominical. Pero no practicamos el terrorismo como algunos bárbaros que se atreven a considerarse fieles seguidores de Mahoma.
Carlos Robles Piquer