Alfa y Omega > Nº 733 > España
80 aniversario de la proclamación de la Segunda República
La República no fue suficiente...
Hoy hace exactamente 80 años que se proclamó la Segunda República española. Desde el principio, para muchos, el nuevo régimen no fue suficiente y quisieron ir más allá; su descontento acabó degenerando en un derrotero de violencia y desorden que desembocó en la Guerra Civil. Más allá de la idealización romántica a la que ha sido sometida, durante las últimas décadas, por la propaganda de izquierdas, una mirada objetiva arroja más sombras que luces sobre este agitado período de nuestra historia

Ni fue el paradigma de la democracia, ni el modelo ejemplar de libertad política y social que algunos quieren ver. La Segunda República española, proclamada el 14 de abril de 1931, hace exactamente 80 años, trajo consigo una inestabilidad política y una agitación social crecientes, muy lejos de representar la esencia de una democracia consolidada y sólida. En la Segunda República salieron al frente las dos Españas, la que proclamaba la revolución social y la que no se resigna a morir. Fue un experimento que salió mal, que derivó en una guerra entre hermanos y que ha hipotecado la unidad y la conciencia histórica de nuestro país durante décadas enteras.
Lo que mal empieza...
Don Miguel Ángel García Olmo, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Católica San Antonio, de Murcia, considera que «el 80 aniversario de la proclamación de la Segunda República española debe conmemorarse, mas no celebrarse», y utiliza la palabra insólito para explicar cómo una elecciones municipales, de resultado mayoritariamente monárquico, acabaron por dar un vuelco a la propia configuración del Estado. En concreto, en los comicios municipales del 12 de abril de 1931, salieron elegidos casi 6.000 ediles republicanos frente a más de 22.000 monárquicos; sin embargo, el 14 de abril, un comité revolucionario proclamaba la República. Ese mismo día, el rey Alfonso XIII abandonaba el país.
Sin duda, lo que siguió no fueron unos días sosegados. El 11 y el 12 de mayo, sin haber cumplido siquiera un mes, el nuevo régimen alumbró la destrucción de decenas de iglesias y conventos por toda España, asaltos de colegios e instituciones eclesiales, pasquines anticlericales por las calles e incluso la explosión de artefactos explosivos en varias parroquias. En el plano político, el profesor García Olmo establece una intención precisa: «Desde el primer día, la facción jacobina de los republicanos, aliada sucesivamente con los socialistas revolucionarios, los comunistas y hasta los ácratas violentos y utópicos, fueron imponiendo, por vías de hecho, la nunca extinta hiperlegitimidad moral de la izquierda, dejando primero arrumbado y luego violentamente acorralado al amplio resto de sectores de derecha». Como señala el historiador don José Luis González Gullón, en El clero en la Segunda República (ver reseña en página 23 de este número), la proclamación de la República no fue suficiente para buena parte de la izquierda: «Los dirigentes socialistas preparaban la anunciada revolución social, con la idea de que tuviese lugar para octubre. Era un objetivo deseado desde el inicio de la República»; y cita en este sentido el Manifiesto del Partido Socialista Obrero Español de junio de 1931.
1934: comienza la Guerra Civil
Proclamación de la República en Madrid
Dicen que la Historia la escriben los que la ganan. También la escriben los que han tenido acceso a documentos que hoy están vedados a los historiadores. García Olmo señala que «Pío Moa ha tenido acceso personal a los papeles internos despachados por el PSOE en los preliminares de semejante alzamiento bélico (hoy custodiados en la Fundación Pablo Iglesias), y ha publicado en toda su crudeza las continuas e inequívocas llamadas de los dirigentes socialistas a la guerra civil que en ellos se contienen». Por ello, sostiene que «la guerra -minuciosamente proyectada, preparada y declarada por el Partido Socialista con la inestimable colaboración de Esquerra Republicana en Cataluña y, después, de los comunistas- empezó en octubre del 34». Y da cifras de una revolución que sólo tuvo cierto éxito en Asturias, pero que se produjo en toda España: 1.400 muertos en 26 provincias, 34 de ellos sacerdotes y religiosos, un descomunal rastro de ruinas y 58 templos hechos trizas.
Por eso no deja de ser chocante la idealización de la Segunda República como paradigma de la democracia y la libertad que se ha dado en los últimos años. El profesor García Olmo habla de la falsa ilusión y trampantojo que se desvanecen «cuando influyentes lobbies actuales intentan convencernos, a través de sus poderosos medios de comunicación, de que la República marcó un hito insuperable en sus campañas culturales». Para este autor, la intención es, «una vez más, la imposición forzosa de su ideología mesiánica sobre el conjunto de la sociedad».
Una persecución desconocida
Uno de los aspectos más desconocidos de este período, incluso entre católicos, es que la persecución religiosa de los años 30 en España no comenzó el 18 de julio de 1936, sino mucho antes, durante la Segunda República. El historiador don Ángel David Martín Rubio destaca que «determinados grupos tenían en su mente un proyecto, arrastrado durante años, de desterrar a la Iglesia de toda presencia social y de instaurar un laicismo que no era simple neutralidad, sino que fue militantemente antirreligioso. La conocida frase de Azaña -España ha dejado de ser católica- era la expresión de un deseo, más que una constatación sociológica». Por ello, la Constitución de 1931 disolvió la Compañía de Jesús, eliminó la asignatura de Religión, suprimió el presupuesto de culto y clero y prohibió a las Congregaciones religiosas el ejercicio de la enseñanza; la legislación posterior dificultaba los enterramientos religiosos, retiraba los crucifijos de las escuelas, eliminaba las capellanías castrenses, permitía al Estado vetar los nombramientos eclesiásticos, nacionalizaba parte del patrimonio de la Iglesia y hasta prohibía tocar las campanas de las iglesias.
La persecución desde arriba se vio acompañada de una persecución violenta desde abajo, especialmente en la quema de iglesias, de mayo de 1931, y en la revolución de 1934, que alcanzó su mayor virulencia en Asturias. Ángel David Martín Rubio señala «dos formas de laicismo que se dieron la mano: el elitista y burgués de los partidos liberales, y el populista de los partidos revolucionarios». Al triste balance del patrimonio eclesiástico destruido, las profanaciones e incendios, hay que sumar las cifras de sacerdotes y religiosos asesinados: 34 mártires de Asturias en 1934, y otros 17 mártires que durante la Segunda República fueron asesinados por odio a la fe católica en el resto del territorio nacional.
Estado en que quedó la catedral de Oviedo,
tras la revolución de 1934
La violencia de nuestros días
Martín Rubio denuncia que «la quema de conventos, la persecución religiosa legislativa y la eliminación masiva de eclesiásticos y seglares en la revolución de octubre de 1934 y en la guerra de 1936-1939 son pasos sucesivos de una misma secuencia lógica». Una cadena que no se ha interrumpido y que, de alguna manera, llega hasta nuestros días; establece así un «paralelismo en lo que se refiere a las ideologías que trabajan en la descristianización de la sociedad y que ahora vuelven a recurrir a la violencia». No de otro modo se explican las profanaciones, quema de iglesias, robo de sagrarios e insultos a la fe en la España de nuestros días.
En este contexto, celebrar el aniversario de la Segunda República y encumbrarla como modelo ejemplar de libertad, además de faltar a la verdad histórica, supone un ejercicio temerario de irresponsabilidad. Hace poco, uno los padres de nuestra Constitución decía de los católicos que «sólo entienden del palo». Eso, la Iglesia en España comenzó a entenderlo en la Segunda República.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Una persecución que comenzó antes de la Guerra Civil
¡Ya se te acabaron las misas!
¡Ya se te acabaron las misas!: éstas son las palabras que pronunciaron los asesinos de Santiago Ortega Pulido, maestro de Arenas, un pequeño pueblo a 45 Kilómetros de Málaga, después de dispararle tres tiros en la espalda, cuando salía de participar en la Eucaristía, el primer viernes del mes octubre de 1935.
Santiago Ortega tenía 47 años y estaba casado con María López Peláez, con la que tuvo 6 hijos. Fue maestro nacional sucesivamente en San Pedro de Alcántara, Ronda, Almachar y, finalmente, en Arenas. Cantaba muy bien y hasta componía canciones que cantaba a su esposa y a sus hijos. Para el Beato Manuel González, entonces obispo de Málaga, este maestro fue modelo de vida eucarística y apóstol de la Eucaristía. El día de su muerte, después de oír la Santa Misa y de haber comulgado, cuando se dirigía a la escuela, dos comunistas del pueblo, a quienes había saludado segundos antes con un Buenos días, quitaron la vida a este hombre de bien. Los asesinos no sólo no fueron castigados por la autoridades republicanas, sino que durante el dominio rojo fueron dirigentes de este pueblo. El mismo alcalde, al día siguiente del alzamiento militar del 18 de julio, envió por escrito la orden de detención del párroco, de 65 años, en los siguientes términos: «Para ponerlo a disposición de mi autoridad, y después a la de quien proceda, sírvase detener a don Eugenio del Río López, presbítero, en la calle Bolas, pues así lo interesa el vecindario».
El asesinato de Santiago Ortiga Pulido en 1935 deja constancia de que dicha persecución no se debió a la Guerra Civil, que vino después, a partir del 18 de julio de 1936, sino al odio a la fe católica, como se puso de manifiesto en el año 1909, durante la Semana trágica de Barcelona, y en 1934, con la Revolución socialista y libertaria que se programó para toda España, aunque sólo mostró su barbarie en Asturias.
Los principales autores de aquella horrible persecución tenían muy claro lo que odiaban y lo que querían destruir. Se odiaba a Dios y la Iglesia, y ese odio se encendió en 1931, primero contra las imágenes, y después contra los testigos más creíbles de Dios y miembros más señalados de la Iglesia: sacerdotes, religiosos y seglares, como Santiago Ortega Pulido.
La razón de tanto odio sólo se encuentra en las palabras de Jesús: «Si me odiaron a Mí, os odiarán a vosotros». Pero el bien es más fuerte que el mal, como pregona a todos los vientos cualquier cruz que se levante en alto, haciendo ver que no saben lo que hacen.
Pedro Sánchez Trujillo
Delegado de las Causas de los Santos (Málaga)