Alfa y Omega > Nº 753 / 29-IX-2011 > En portada
El Papa afronta, en Alemania, el problema de la secularización
Cuatro días para la historia de Occidente
Benedicto XVI ha escrito, en Alemania, una página decisiva de su pontificado. Su preocupación por Occidente, y en particular por Europa, ha estado muy presente en sus discursos. El Papa detecta una profundo empobrecimiento cultural y espiritual, que incapacita al hombre para distinguir el bien del mal, y que tiene su origen en la secularización. Pero esa secularización ha contaminado a la propia Iglesia, urgentemente necesitada de «una verdadera renovación en la fe»
El avión, con el Papa a bordo, llega a Alemania
«Claridad y verdades incómodas», titulaba la agencia eclesial alemana KNA un primer balance final del Viaje, el domingo por la tarde, instantes después de que despegara hacia Roma el avión de Benedicto XVI. El Papa ha sido cualquier cosa menos condescendiente con sus conciudadanos, especialmente con los católicos. Su diagnóstico parte de la «progresiva indiferencia» hacia Dios en la sociedad, que hace tan necesaria hoy una nueva evangelización. El problema es que la sal se ha vuelto sosa; la vida cristiana a menudo «acaba siendo una rutina». Por eso, «la verdadera crisis de la Iglesia en el mundo occidental es una crisis de fe», y ello hace más urgente que nunca una «renovación que puede llevarse a cabo solamente mediante la disponibilidad a la conversión y una fe renovada».
La agenda de estos cuatro intensos días ha estado plagada de asuntos incómodos, ninguno de los cuales ha rehuido el sucesor de Pedro, en particular en lo que respecta a la situación de la Iglesia. Eso sí, en el titular de la KNA faltaba una palabra clave: caridad. «Benedicto XVI es a la vez duro -apela a la conversión- y dulce -la misericordia y el perdón están en el corazón de su palabra-», comentaba, a esa hora, el semanario francés La Vie.
El Papa, en el Bundestag
El Papa había dedicado, en el verano, muchas horas a preparar estos discursos y homilías, en Castelgandolfo, e incluso, en la víspera, suspendió de forma extraordinaria la Audiencia general del miércoles, para poder dar un último repaso a los detalles de esta Visita. Era su tercer Viaje como Papa a Alemania, aunque el primero con carácter oficial. Benedicto XVI hizo gala, en todo momento, de un profundo conocimiento acerca de la situación actual en su país, a todos los niveles, si bien quiso apuntar siempre más allá, con especial atención a Occidente, y a Europa en particular, el epicentro de la nueva evangelización.
El primer punto fuerte de este Viaje, en Berlín, fue su discurso en el Bundestag, en un clima mediático enrarecido de antemano por el anunciado boicot de unos 100 diputados (sobre un total de 620). Al final, los diputados de izquierda y de derecha presentes se pusieron en pie para aplaudir al Papa, pese a que éste acaba de advertirles de que el principio de mayorías no es válido cuando están en juego los derechos fundamentales de la persona. Críticas similares desde la Iglesia a la actuación de diversos Parlamentos nacionales -algunos ejemplos los tenemos muy cercanos- han provocado en los últimos años furibundas reacciones desde la política.
La argumentación de Benedicto XVI desarmó a los diputados alemanes. En negativo, el Papa aludió a la terrible experiencia del nacional-socialismo, que llegó al poder por las urnas, y mostró que las leyes aprobadas por un Parlamento pueden ser profundamente injustas y «pisotear el derecho». Y, en positivo, Benedicto XVI resaltó la intuición del movimiento ecologista alemán, que a partir de los años setenta, percibió que «la materia no es simplemente un material para nuestro uso», sino que se le debe un respeto. De igual forma, «también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo arbitrariamente».
Estos principios, muy claros hasta hace sólo unas decenios, han entrado en crisis, debido a una crisis cultural, que no reconoce cono objeto de la razón nada más que lo que se puede ver y tocar. La ética y la religión «se deben reducir al ámbito de lo subjetivo», lo cual deja seriamente amenazada la dignidad del hombre, puesto que el poder no reconoce límites externos.
El ecumenismo, cuestión acuciante
Llegada de Benedicto XVI al Estadio Olímpico de Berlín,
el jueves 22, para la celebración de la Eucaristía
El Viaje continuó, el viernes, en Erfurt, capital de Turingia, en la antigua RDA. Allí se celebró, por la mañana, un encuentro ecuménico en el antiguo monasterio agustino en el que Lutero estudió Teología y fue ordenado sacerdote católico, unos años antes de precipitar el cisma.
Los protestantes han sido tradicionalmente mayoría en esta región, pero la secularización ha hecho mella en estas comunidades y ahora dos de cada tres personas se declaran agnósicas o ateas. En esa situación -había dicho, en la víspera, el arzobispo de Berlín, que padece una situación similar, al principio de la Misa en el Estadio Olímpico-, «el ecumenismo para notros no consiste en intercambiar formalidades amables. Es, por el contrario, un asunto vital, crucial para la supervivencia de nuestra existencia cristiana y la autenticidad de nuestro testimonio».
La importancia del ecumenismo fue resaltada también por las máximas autoridades políticas alemanas. El Presidente del Bundestag dijo ante Benedicto XVI que, en el «pontificado del primer Papa alemán desde la Reforma, muchos alemanes desean con urgencia no sólo un mayor reconocimiento del ecumenismo, sino un paso decisivo para la superación de la división eclesial». También hicieron peticiones similares la Canciller Angela Merkel y el Presidente Wulff.
Benedicto XVI es un Papa especialmente sensible hacia esta necesidad. El problema es que, sobre todo desde el lado protestante, se alimentó la especulación de que Roma podría conceder una especie de indulto para el cónyuge evangélico, en los matrimonios mixtos, de modo que marido y mujer puedan comulgar juntos. Ante eso, el Papa tuvo que aclarar que él no viajaba como un Jefe de Estado para negociar y firmar una especie de tratado. «La unidad no crece mediante la ponderación de ventajas y desventajas, sino profundizando cada vez más en al fe mediante el pensamiento y la vida», explicó.
Avanzar hacia la unidad es mirar juntos a Cristo. «La verdadera grandeza del evento consiste precisamente en esto, en que en este lugar juntos podamos pensar, escuchar la Palabra de Dios y rezar, y así estaremos íntimamente cerca y se manifestará un verdadero ecumenismo», había explicado días antes, en un videomensaje para la televisión pública.
Fueron significativos, en este sentido, sus comentarios acerca de Lutero, y su acuciante pregunta: «¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?» Ése es el Lutero con el que quiere dialogar el Papa, que traslada esa misma pregunta a muchos cristianos, que, en la práctica, relegan hoy a Dios al olvido. El Papa sugirió que esto se debe a que banalizamos el mal que cometemos, desde el presupuesto de «que Dios deba ser generoso y, al final, en su misericordia, no tendrá en cuenta nuestras pequeñas faltas. Pero ¿son verdaderamente tan pequeñas?», prosiguió. «Si fuese más vivo en nosotros el amor de Dios, y a partir de Él el amor por el prójimo, ¿podrían el hambre y la pobreza devastar zonas enteras del mundo?» Y contestó: «No, el mal no es una nimiedad. No podría ser tan poderoso, si nosotros pusiéramos a Dios realmente en el centro de nuestra vida».
¿Ecumenismo sin Cristo?
Aclarada la necesidad de conversión personal para un auténtico ecumenismo, y tras alabar el pensamiento cristocéntrico de Lutero, el Papa advirtió: «Lo más necesario para el ecumenismo es, sobre todo, que presionados por la secularización, no perdamos casi inadvertidamente las grandes cosas que tenemos en común, aquellas que, de por sí, nos hacen cristianos, esto es, la fe en Cristo». Hoy, «por desgracia, el riesgo de perder» la unidad lograda o conservada hasta ahora «es real». No hizo falta que el Papa aludiera a la profunda secularización entre los protestantes. «¿Acaso es necesario ceder a la pretensión de la secularización, llegar a ser modernos adulterando la fe?», se preguntó.
A modo de ejemplo de la tendencia actual entre el protestantismo en Europa, se podría citar un reciente estudio en Suecia, que revela que sólo el 15% de los pastores de la Iglesia de Suecia cree en Jesucristo como Hijo de Dios, mientras que otro 15% se declara ateo y un 25%, agnóstico (sus motivaciones son de tipo social, no religioso). Otra cuestión son comunidades como las pentecostales, especialmente en América. El Papa aludió a esta «nueva forma de cristianismo» evangélico, «que se difunde con un inmenso dinamismo misionero, a veces preocupante en sus formas». Y añadió: «Es un cristianismo de escasa densidad institucional, con poco bagaje racional, menos aún dogmático, y con poca estabilidad», pero también con elementos positivos que Benedicto XVI invita a valorar.
Lo que para el Papa está muy claro es que el único camino hacia la unidad es Jesucristo, que pidió por esa unidad al Padre, en el Cenáculo. «Cada vez que, como cristianos, nos encontramos reunidos en la oración, esta lucha de Jesús por nosotros y con el Padre nos debería conmover profundamente en el corazón».
La vía de la unidad es la oración y la conversión, y «nuestro primer servicio ecuménico debe ser el testimoniar juntos la presencia de Dios vivo». Cuando se deja de mirar hacia Dios, en cambio, «la ética es sustituida por el cálculo de las consecuencias», como ocurre en el caso del diagnóstico preimplantacional [para la selección y descarte de embriones humanos], o de la eutanasia. No son ejemplos citados al azar por el Papa, sino ámbitos muy concretos en los que los evangélicos alemanes, o una parte considerable de ellos, se han alejado recientemente de sus planteamientos éticos tradicionales y, con ello, han abierto una brecha con católicos y ortodoxos.
Entre estas dos últimas Iglesias, sin embargo, el diálogo avanza con más rapidez. «La Ortodoxia es la más cercana a nosotros… Podemos esperar que no esté muy lejano el día en que de nuevo podamos celebrar juntos la Eucaristía», dijo el Papa, al reunirse, en Friburgo, con representantes de esta confesión.
Si la sal se vuelve sosa…
Encuentro ecuménico del Papa,
con los representantes de la Iglesia Evangélica,
en el antiguo convento agustino de Erfurt
Uno de los contrastes más llamativos de esta Visita se refiere a la diversa situación histórica y presente de la Iglesia en el este y el oeste del país. En el primer caso, el Papa ha visitado a una Iglesia en la diáspora y duramente probada durante el nacional-socialismo y la dictadura del Partido Socialista Unificado (SED). En medio de un clima general más bien frío (las minorías católicas estaban ausentes de las calles, porque se habían desplazado a los distintos lugares, para participar en los actos con el Papa), Benedicto XVI ha querido agradecer personalmente a estas comunidades su testimonio y perseverancia.
Por el contrario, la mayoría social católica fue en todo momento patente en las calles de Friburgo, donde, sin embargo, la Iglesia atraviesa un serio problema de secularización interna, al tiempo que financia una encomiable acción social, especialmente en el tercer mundo, y goza de gran estima entre las élites políticas y sociales del país, que nunca faltan a las grandes convocatorias públicas eclesiales. Esos temas de fondo estuvieron muy presentes en el encuentro del Papa con el Comité de los Católicos Alemanes (ZdK), organización laical muy influyente, en cuyas filas militan muchos de los más importantes políticos de todas las tendencias. Su actual Presidente, Alois Glueck, es un histórico dirigente de la CSU, el partido social-cristiano de Baviera.
El problema es que, en este tipo de organizaciones, igual que en buena parte de la Iglesia en Alemania, existe una auténtica fijación por las cuestiones organizativas dentro de la Iglesia, además de por asuntos como el celibato, o la comunión de los divorciados vueltos a casar. Y enfrascada en estos debates, la Iglesia no convence. «Los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; las personas que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al reino de Dios que los fieles rutinarios, que sólo ven el aparato organizativo, sin que su corazón se conmueva por la fe», llegó a decir el Papa en la Misa, en el aeropuerto turístico de Friburgo, en la mañana del domingo. «Esto no significa, en modo alguno, que todos los que vivan en la Iglesia y trabajan en ella deban ser considerados alejados de Jesús», aclaró. «La Iglesia tiene muchas instituciones sociales y caritativas, en las cuales el amor por el prójimo se lleva a cabo de una forma socialmente eficaz», dijo. Pero a menudo falta lo esencial: la fe, «un corazón abierto que se deje conmover por el amor de Cristo».
Y aquí, Benedicto XVI añadió unas paternales palabras muy sentidas: «Con Pablo, me atrevo a exhortaros: dadme esta gran alegría estando firmemente unidos a Cristo… La Iglesia en Alemania seguirá siendo una bendición para la comunidad católica mundial, si permanece fielmente unida a los sucesores de san Pedro y de los apóstoles, si, de diversos modos, cuida la colaboración con los países de misión, y se deja también contagiar en esto por la alegría de las Iglesias jóvenes en la fe».
Ricardo Benjumea
El Papa, con las víctimas de los abusos
Es ya un fenómeno habitual. Antes de que el Papa aterrice en un país, los periodistas que le acompañan tienen ya preparado algún bombazo informativo. En esta ocasión, a Benedicto XVI se le preguntó, durante el vuelo, por el aumento de abandonos de la Iglesia en los últimos años en Alemania «en parte también a causa de los abusos cometidos contra menores por parte de miembros del clero».
«Puedo entender -dijo el Papa- que, a la luz de tales informaciones, sobre todo si se refieren a personas cercanas, uno diga: Ésta ya no es mi Iglesia. La Iglesia era para mí fuerza de humanización y de moralización. Si representantes de la Iglesia hacen lo contrario, ya no puedo vivir con esta Iglesia». Dicho lo cual, Benedicto XVI aclaró que esos escándalos no son la causa del abandono de la Iglesia, sino que «habitualmente estas salidas constituyen el último paso de una larga cadena de distanciamiento».
Pero el Papa no dejó ahí la cuestión, sino que abrió una reflexión sobre la naturaleza de la Iglesia. «¿Por qué estoy en la Iglesia? ¿Estoy en la Iglesia como en una asociación deportiva, una asociación cultural, etcétera, donde encuentro mis intereses y si ya no me satisface me voy; o estar en la Iglesia es algo más profundo? Yo diría que es importante reconocer que estar en la Iglesia no es estar en cualquier asociación, sino estar en la red del Señor, con la cual él saca peces buenos y malos de las aguas de la muerte a la tierra de la vida. Puede suceder que en esta red esté cerca de peces malos y lo perciba, pero sigue siendo cierto que no estoy por éstos o por aquéllos, sino sólo porque es la red del Señor, que es algo distinto de todas las asociaciones humanas».
El asunto volvió a aparecer en su homilía, en el Estadio Olímpico de Berlín: cuando se olvida que Cristo «continúa viviendo en su Iglesia», ya «no brota alegría por el hecho de pertenecer» a ella, sino que «la insatisfacción y el desencanto se difunden cuando no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la Iglesia». Pero tampoco cabe una visión individualista sobre la propia relación con Cristo. «Ninguno llega a creer si no está sostenido por la fe de los otros y, por otra parte, con mi fe contribuyo a confirmar a los demás en la suya», les explicó a los jóvenes en Friburgo.
Todo ello no significa que el Papa se desentienda del problema concreto de los abusos sexuales. Al contrario. Durante su estancia en Erfurt, se celebró el esperado encuentro con algunas víctimas. «Conmovido y fuertemente impresionado por el sufrimiento de las víctimas, el Santo Padre ha expresado su profunda compasión y su profundo pesar por todo lo que se ha cometido contra estas personas y sus familias», aclaraba un nota de la Santa Sede.
Benedicto XVI aludió también al daño que estos sucesos han infligido a la credibilidad de la Iglesia, cuyo mensaje, el escándalo de la muerte y resurrección de Cristo, «ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por esos dolorosos escándalos».