Alfa y Omega > Nº 753 / 29-IX-2011 > En portada
A los católicos comprometidos en la Iglesia y en la sociedad:
«La Iglesia debe ser desmundanizada»
Benedicto XVI dirigió palabras duras a los católicos alemanes. Les advirtió de que la respuesta al reto de la secularización no está en sus interminables debates sobre las reformas estructurales en la Iglesia. El domingo por la tarde, en el auditorio de Friburgo, ante una representación de los católicos comprometidos en la Iglesia y en la sociedad, el Papa animó a que la actual crisis de fe dentro de la propia Iglesia, a la que había hecho mención el día anterior, sea ocasión para una auténtica purificación y renovación en el Espíritu. Éste es su discurso, prácticamente íntegro:

Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como «valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos» (Lumen gentium, 35), como el Concilio Vaticano II define a quienes, en virtud de la fe, se preocupan como ustedes del presente y del futuro. En sus ambientes de trabajo, defienden con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia, algo que verdaderamente -como sabemos- no siempre es fácil en el tiempo actual.
ón de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge la pregunta: ¿acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas que se encuentran en búsqueda o que experimentan dudas?
Lo primero, la conversión
A la Beata Madre Teresa le preguntaron cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: «Usted y yo». Este episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que, efectivamente, hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad. Cada cristiano y la comunidad de los creyentes en su conjunto están llamados a una conversión continua.
¿Cómo se debe configurar este cambio? ¿Se trata de una renovación como la que emprende, por ejemplo, un propietario mediante la reestructuración de su edificio? ¿O se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo el camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia, y aquí no podemos afrontarlos todos. Pero por lo que se refiere al motivo fundamental del cambio, éste consiste en la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.
En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Sin embargo, a causa de las pretensiones y los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice Pablo VI, «trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima» (encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, deberá tomar distancias respecto a su entorno, deberá, por decirlo así, desmundanizarse.
No acomodarse al mundo
Almuerzo con los obispos alemanes, en el Seminario
La misión de la Iglesia deriva del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. Y el amor no está presente en Dios sólo de un modo cualquiera: Él mismo lo es, es por su naturaleza amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse aislado en sí mismo, sino que, por su naturaleza, quiere difundirse. En la encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha abarcado a la Humanidad -a nosotros- de modo particular; y esto por el hecho de que Cristo ha salido, por decirlo así, de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; no sólo para ratificar al mundo en su ser terreno y ser para él como un mero acompañante que lo deja tal como es, sino para transformarlo. Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues implica -como dicen los Padres de la Iglesia- un sacrum commercium, un intercambio entre Dios y los hombres. Los Padres lo explican así: nosotros no tenemos nada que pudiéramos dar a Dios, sólo podemos poner ante Él nuestro pecado. Y Él lo acoge, y nos da a cambio a Sí mismo y su gloria. Se trata de un intercambio verdaderamente desigual, que se lleva a cabo en la vida y la pasión de Cristo. Él se hace pecador, toma sobre Sí el pecado, asume lo que es nuestro y nos da lo que es Suyo. Pero después, en el desarrollo del pensamiento y de la vida a la luz de la fe, se ha ido aclarando que nosotros no le damos sólo el pecado, sino que Él nos ha dado la capacidad: desde lo íntimo nos da la fuerza de darle también algo positivo, nuestro amor, de entregarle la humanidad en sentido positivo. Naturalmente, está claro que únicamente gracias a la generosidad de Dios, el hombre, el mendigo que recibe la riqueza divina, puede dar también algo a Dios; Dios hace que para nosotros sea posible aceptar su don, haciéndonos capaces de convertirnos en donantes ante Él.
La Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada por sí misma ante Aquel que la ha fundado, de modo que se pudiera decir: «¡La hemos hecho muy bien!» Su sentido consiste en ser instrumento de la Redención, en dejarse penetrar por la palabra de Dios, y en introducir al mundo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Cuando es realmente ella misma, está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. Por eso debe abrirse, una y otra vez, a las preocupaciones del mundo, del cual ella forma parte, dedicarse sin reservas a estas preocupaciones, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.
En el desarrollo histórico de la Iglesia, se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, es decir, la de una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda a este mundo, es autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo. Así, no es raro que dé mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a estar abierta a Dios y a abrir el mundo al prójimo.
Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe hacer, una y otra vez, el esfuerzo de desprenderse de esta secularización suya y volver a estar de nuevo abierta a Dios. Con esto, sigue las palabras de Jesús: No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo (Jn 17,16), y es precisamente así como Él se entrega al mundo. En cierto sentido, la Historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización, que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.
Nos sobran las tácticas
En efecto, las secularizaciones -sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares- han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por así decir, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza terrena. De este modo, comparte el destino de la tribu de Leví, la única de Israel que no poseía patrimonio terreno, sino que, como parte de la herencia, le había tocado exclusivamente a Dios mismo. La Iglesia compartía en aquellos momentos históricos con esta tribu la exigencia de una pobreza que se abría hacia el mundo, para separarse de sus lazos materiales, y así también su obra misionera volvía a ser creíble.
Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia desmundanizada resulta más claro. Liberada de fardos y privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero; puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir con más soltura su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana, y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más visible. La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así hacia Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo. Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo, queda diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado. No se trata de encontrar una nueva táctica para relanzar a la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy, viviéndola íntegramente, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero que en realidad no es más que convención.
Vuelta a los orígenes
El Papa en el acto con los católicos comprometidos,
celebrado en la Konzerthaus de Friburgo
Digámoslo con otras palabras: para el hombre, la fe cristiana es siempre un escándalo. Creer que el Dios eterno se preocupa de los seres humanos, que nos conoce; que el Inasequible se ha convertido en un determinado momento y lugar en accesible; que el Inmortal ha sufrido y ha muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la vida eterna; para nosotros creer todo esto es, sin duda, una auténtica osadía.
Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere abolir el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; cuando ocultan la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.
Hay una razón más para pensar que ha llegado nuevamente el momento de encontrar el verdadero desapego del mundo, de extirpar valientemente lo que hay de mundano en la Iglesia. Naturalmente, esto no quiere decir retirarse del mundo, es más bien lo contrario. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres -tanto a los que sufren como a los que los ayudan-, precisamente también en el ámbito social y caritativo, la particular fuerza vital de la fe cristiana. «Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia» (Encíclica Deus caritas est, 25).
Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar una atención a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.
Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa, por tanto, para la Iglesia desmundanizada testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, el señorío del amor de Dios. Esta tarea nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna.
Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que darse a sí mismo.