Alfa y Omega > Nº 753 / 29-IX-2011 > Criterios
La osadía de ser santos

«Me ha alegrado mucho, tras la impresionante Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, estar de nuevo en Friburgo, con tantos jóvenes, en la Vigilia de la juventud. Deseo animar a la Iglesia en Alemania a seguir con fuerza y confianza el camino de la fe, que hace volver a las personas a las raíces, al núcleo esencial de la Buena Noticia de Cristo»: así se despedía Benedicto XVI, en el aeropuerto de Lahr, en su no menos impresionante tercer Viaje apostólico a su Alemania natal. A su llegada a Berlín, dejaba ya claro que no había ido «para obtener objetivos políticos o económicos, como hacen otros hombres de Estado, sino para encontrar a la gente y hablar con ella de Dios». ¿Acaso cabe objetivo mayor? Por eso, al concluir el Viaje, recordaba el Papa sus palabras de la homilía de inicio de su pontificado: «Nada hay más bello que conocer a Cristo y comunicar a los otros la amistad con Él». Para eso, justamente, ha viajado a Alemania, y «de esta experiencia -añadió el Santo Padre- crece al final la certeza: Donde está Dios, allí hay futuro», subrayando así el lema de este Viaje, ciertamente, impresionante. Porque ¿qué clase de futuro cabe de espaldas a Dios, o relegándole a la condición de subcultura?
Lo dijo Benedicto XVI en su extraordinario discurso en el Bundestag, que ha dejado sin argumentos y sin palabras hasta a los mayores escépticos negadores de la verdad de Dios: empieza reconociendo que «la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano», pero no duda en afirmar que «ella misma no es una cultura que corresponda y sea suficiente en su totalidad al ser hombres en toda su amplitud», y donde «es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más aún: amenaza su humanidad». Evoca, sin duda, a la otra gran lección de Benedicto XVI en Alemania, durante su Viaje de 2006, en la Universidad de Ratisbona: «En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual sólo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales»; sin embargo, «una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas». Por eso, la afirmación de Cristo que hace el Papa a todos llena de asombro, justamente, por la fuerza incontestable de su racionalidad.
Sobre todo en la Vigilia de Friburgo, los jóvenes experimentaron, como en la de Cuatro Vientos, esta fuerza irresistible de Cristo, a través de su Vicario en la tierra, evocando precisamente su participación en la JMJ de Madrid: «Espero -les dijo- que también todos nosotros podamos tener esa misma experiencia en este momento en el que el Señor nos toca y nos hace testigos gozosos, que oran juntos y se hacen responsables los unos de los otros, no solamente esta noche, sino también durante toda la vida». La noche se llenó de luces, a la voz de Cristo: «Yo soy la luz del mundo - vosotros sois la luz del mundo. Es algo misterioso y grandioso que Jesús diga lo mismo de sí y de cada uno de nosotros». Es el misterio y la grandeza que sólo se ven al aire libre, y no encerrados «en los edificios de cemento armado sin ventanas», como tan gráficamente describió Benedicto XVI en el Bundestag. «Por lo que se ve -siguió diciendo a los jóvenes-, no obstante los progresos técnicos, el mundo en que vivimos nunca llega en definitiva a ser mejor. Sigue habiendo guerras, terror, hambre y enfermedades, pobreza extrema y represión sin piedad. E incluso aquellos que en la Historia se han creído portadores de luz, pero sin haber sido iluminados por Cristo, única luz verdadera, no han creado ningún paraíso terrenal, sino que, por el contrario, han instaurado dictaduras y sistemas totalitarios, en los que se ha sofocado hasta la más pequeña chispa de humanidad». Jesucristo «no exige acciones extraordinarias, pero quiere que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque Él es bueno y quiere haceros amigos suyos. Sí, vosotros sois la luz del mundo, porque Jesús es vuestra luz».
ía el Papa: «Esta asamblea brilla en los diversos sentidos de la palabra: en la claridad de innumerables luces, en el esplendor de tantos jóvenes que creen en Cristo. Tened la valentía de usar vuestros talentos y dones al servicio del reino de Dios y de entregaros vosotros mismos, como la cera de la vela, para que el Señor ilumine la oscuridad a través de vosotros». Sí, la última palabra no la tienen el mal, la oscuridad y la muerte, y por eso Benedicto XVI, con la misma fuerza que ante los políticos confesó a Jesucristo, con la valentía de la fe que llena de luz a la razón, dijo así a los jóvenes: «Tened la osadía de ser santos brillantes, en cuyos ojos y corazones resplandezca el amor de Cristo, llevando así la luz al mundo».
Cristo te necesita
Ya en 1934, es decir, veinte años antes de convertirse en arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, el que sería Pablo VI, escribía: «Cristo es un desconocido, un olvidado, un ausente en gran parte de la cultura contemporánea». El joven Montini estaba claramente convencido de una cosa: un cristianismo que no entre en todas las formas de vida cotidiana de los hombres, es decir, que no se convierta en cultura, ya no es capaz de comunicar. De aquí parte el proceso que llevaría inexorablemente a la separación entre fe y vida que ha llevado al masivo abandono de la práctica cristiana, con gran detrimento de la vida personal y comunitaria de la Iglesia y de la sociedad civil.
Durante mi ministerio, he tenido la dolorosa y creciente confirmación de la actualidad de esta diagnosis, sobre todo en los hombres y las mujeres de las generaciones intermedias, que parecen haber sido derrotados por el oficio de vivir. Normalmente, no son contrarios al sentido cristiano de la existencia, pero no consiguen ver la conveniencia para su vida cotidiana y la de sus seres queridos. Por otra parte, la Iglesia, para hacer frente a este juicio, no puede tomar como pretexto el trabajo propio de esta convulsa crisis económica que estamos atravesando.
Por eso, como decía el arzobispo Montini, «si no os hemos entendido, si no hemos sido capaces de escucharos como habríamos debido, os invitamos: Venid y escuchad...» Pero este Venid y escuchad presupone por parte de los cristianos un ir, un acercarse a los hombres y a las mujeres en todos los ámbitos de su existencia. Nuestro único intento es hacer traslucir a Cristo, luz de las gentes, en el rostro de la Iglesia.
Aunque el cristiano no sea de este mundo, no es de hecho un alienado, sino que está plenamente en el mundo. Vive en él dejándose abrazar por Jesús, y de este modo edifica su casa en la roca, en el amor objetivo y efectivo. Así se convierte en testigo. Para anunciarse a los hombres, Cristo quiso tener necesidad de los hombres, de testigos. Él decidió que me necesitaba, que te necesitaba a ti, que necesitaba a cada uno de nosotros.
+ cardenal Angelo Scola
en su toma de posesión de la sede de Milán