Alfa y Omega > Nº 753 / 29-IX-2011 > Desde la fe > Con ojos de mujer
Con ojos de mujer
No tiene nada que ver con dos horas más

Soy profesora de Secundaria en un instituto público. Tomé la decisión de dedicarme a la enseñanza cuando finalicé mi carrera, encaminada al mundo empresarial. Aunque tarde, vi claro dónde tenía que invertir los talentos que se me habían concedido. Después de 27 años, sigo pensando que no me he equivocado.
Es triste lo que está sucediendo. Oigo noticias, leo artículos, y para nada me siento identificada con la fotografía que se hace de nosotros. Me siento injustamente tratada por unas autoridades que, presumo inconscientemente, no nos han podido hacer más daño y propiciar más descrédito con tan pocas palabras. A veces, desde los despachos se toman decisiones precipitadas, que reflejan el desconocimiento del trabajo real que se realiza. La preparación del curso empieza en junio: se estudian las necesidades del centro y se pide el cupo de profesores. Ahora, no se trata de dar unas horas más, sino de hacer el trabajo de los que ya no van a estar. Esto ha supuesto echar abajo toda la organización previa.
Hay centros en que los profesores desarrollamos proyectos de innovación con los alumnos, sin que se reconozcan esas horas como lectivas. Bienvenidas sean dos horas más si son para estas tareas: eso es calidad. Pero, a partir de ahora, estaremos más limitados para desarrollar estas actividades. En algunos casos, nos hemos adelantado a la Administración: hemos implantado modelos de calidad, tenemos Carta de servicios, programas europeos, aulas virtuales, webs, bolsa de empleo… Todo eso se hace en equipo y se emplean más de dos horas. Y lo hacemos de forma voluntaria. Cada centro es diferente (alumnos a los que hay que prestar una atención especial, apoyos en determinadas materias, módulos profesionales que requieren desdobles...) y, por tanto, sus necesidades también. ¿Sería posible que la Inspección trabajara con los equipos directivos en ese sentido?
Me siento vejada por unos medios de comunicación que, en general, no están interesados en escuchar a las personas que les explican el fondo de lo que ocurre en la enseñanza pública. Me siento despreciada por una sociedad que admite que la educación es fundamental, pero no duda en tratarnos como vividores, vagos e insolidarios. Y todo esto, ¿por dos horas? ¿Cómo es posible que se piense que ése es el problema? De hecho, muchos profesores las imparten desde hace tiempo. ¿Interesa lo que hacemos, o servimos como mero instrumento para fines políticos?
Nunca ha interesado, de verdad, el mundo de la educación. Ésta no se reduce simplemente a dar clases: tenemos en frente a personas a las que hay que impartir unos conocimientos y, lo que es más importante, personas que muchas veces tienen que ver su valía a través de nuestros ojos. Cuando consigues ayudar a estos alumnos a encontrar su camino, a que vean sus valores, a que entiendan que son únicos e imprescindibles..., te das cuenta de la misión tan importante que se nos ha encomendado. Y esto, nada tiene que ver con dos horas más.
Pilar Domingo
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid