Alfa y Omega > Nº 760 / 17-XI-2011 > Criterios
La fe, puerta de la Paz

África, el continente tan olvidado por el primer mundo, que bien significativamente sufre hoy, ligada sin duda a la moral, una crisis económica que le está haciendo temblar, para la Iglesia cuenta, como se anuncia en la portada de este número de Alfa y Omega. Así lo expresaba ya Juan Pablo II en la Exhortación Ecclesia in Africa, tras el primer Sínodo africano: «Siento el deber de expresar viva gratitud a la Iglesia en África por el papel que ha desarrollado, a lo largo de los años, en favor de la paz y la reconciliación en no pocas situaciones de conflicto, desorden político o guerra civil». Porque, ciertamente, de la fe de la Iglesia brota el bien auténtico para el hombre, la fe que se realiza en el amor, en el mandamiento nuevo, que hace nuevas todas las cosas, como expresa más adelante Ecclesia in Africa: «¿Cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre?»
«La libertad es un gran bien. Pero el mundo de la libertad se ha mostrado, en buena parte, carente de orientación, y muchos tergiversan la libertad entendiéndola como libertad también para la violencia. La discordia asume formas nuevas y espantosas, y la lucha por la paz nos debe estimular a todos nosotros de modo nuevo»: son palabras de Benedicto XVI, el pasado 27 de octubre, en el Encuentro de Asís con representantes de las Iglesias, comunidades eclesiales y religiones del mundo, constatando los caminos equivocados que siguieron a la esperanzadora caída del Muro de Berlín, precisamente tres años después del primer Encuentro de Asís convocado por Juan Pablo II en 1986. Ahora, su sucesor recuerda cómo «la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la violencia», y añade que esta victoria de la libertad «fue, sobre todo, también una victoria de la paz», y que, «aunque no se tratara sólo, y quizás ni siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella. Por eso -concluía el Papa-, podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por la paz».
La Visita que inicia mañana Benedicto XVI a Benín no está inspirada en espíritu distinto del que le llevó, hace tres semanas, hasta la ciudad de san Francisco. El pasado 9 de noviembre se cumplían 22 años de la caída del Muro, y sigue bien viva esa necesidad de la oración, justamente para que la libertad de creer abra de par en par la puerta de la paz verdadera. ¿Acaso no es la fe, que se realiza en la caridad, el ponerse y vivir en las manos de Dios, la garantía de la reconciliación, la justicia y paz, que proclamaba el Sínodo de los Obispos de África celebrado en 2009, y cuyos frutos ha recogido el Papa en su Exhortación que entregará este próximo domingo en Benín?
Benedicto XVI lo subraya en su encíclica social Caritas in veritate: «La justicia es la primera vía de la caridad, parte integrante de ese amor con obras y según la verdad. Por un lado, la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos. Se ocupa de la construcción de la ciudad del hombre según el Derecho y la justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón. La ciudad del hombre no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes, sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión». He ahí la obra de la Iglesia, en África y en el mundo entero. Ciertamente, no es irrelevante la fe para el progreso verdadero del hombre y de la sociedad. En la Carta Porta fidei, con la que Benedicto XVI proclama el Año de la fe, no duda en afirmar que, «por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos»; y añade que «nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte», de tal modo que, «con esta segura confianza, nos encomendamos a Él», ciertos de que, «presente entre nosotros, vence el poder del maligno, y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en Él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre».
La presencia, estos próximos días, de Benedicto XVI en África no es la visita de un político, como tantos medios no dejan de insinuar. Ninguna Visita del Papa puede reducirse a la dimensión meramente política, pero menos aún ésta que inicia mañana, dirigida tan explícitamente a confirmar y alentar la fe de los cristianos de Benín, y de todo el continente africano. ¡Y nada más lejos de una acción política que la entrega de una Exhortación apostólica, Africae munus, que recoge los frutos del Sínodo de los Obispos de África de 2009! Todo un programa para vivir la fe, que lejos de encerrar a los hombres, cada uno en su intimidad, abre de verdad la puerta a la reconciliación y a la justicia. Abre la puerta a la Paz, es decir, a un mundo a la medida del hombre. Esta medida se llama Jesucristo. No es la visita de un político, en efecto; pero sus repercusiones en todos los ámbitos de la vida no pueden ser más evidentes.
La función de la familia
En el 30 aniversario de la Exhortación apostólica Familiaris consortio, del Beato Juan Pablo II
La función social de la familia no puede reducirse a la acción procreadora y educativa, aunque encuentra en ella su primera e insustituible forma de expresión. Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres y de todas aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar la organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas. La función social de las familias está llamada a manifestarse también en la forma de intervención política, es decir, las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia de ser protagonistas de la llamada política familiar, y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo, las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia. Ciertamente, la familia y la sociedad tienen una función complementaria en la defensa y en la promoción del bien de todos los hombres y de cada hombre. Pero la sociedad, y más específicamente el Estado, deben reconocer que la familia es una «sociedad que goza de un derecho propio y primordial» y por tanto, en sus relaciones con la familia, están gravemente obligados a atenerse al principio de subsidiaridad. En virtud de este principio, el Estado no puede ni debe substraer a las familias aquellas funciones que pueden igualmente realizar bien, por sí solas o asociadas libremente, sino favorecer positivamente y estimular lo más posible la iniciativa responsable de las familias. Las autoridades públicas, convencidas de que el bien de la familia constituye un valor indispensable e irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer cuanto puedan para asegurar a las familias todas aquellas ayudas económicas, sociales, educativas, políticas, culturales que necesitan para afrontar todas sus responsabilidades.
De la Exhortación apostólica Familiaris consortio