Alfa y Omega > Nº 760 / 17-XI-2011 > Ver, oír y contarlo > Opinión
¡Dichoso el pueblo cuyo Dios el Señor!

Celebramos, el domingo, la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Es una fiesta muy hermosa que nos llena de gozo y esperanza. Gozo, porque proclamamos que Cristo es Rey. Él ha vencido a la muerte con su Cruz y Resurrección y ha quedado constituido no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre, como Principio y Fin de todo el universo. Esta fiesta, además, nos llena de esperanza, porque la Iglesia nos anuncia con esta celebración que la realeza, que pertenece a Cristo por derecho, llegará un día que se realizará de hecho. ¡Todos los pueblos le adorarán!
Cristo es Rey, el único Señor del universo. Ésta es la noticia que la Iglesia celebra en su liturgia, el ideal por el que murieron miles de mártires del siglo pasado, la Verdad que transforma nuestra tristeza en alegría, nuestro luto en danza. Si siempre ha resultado actual celebrar esta solemnidad, mucho más actual y necesario lo es en nuestros días. En un mundo en el que todo parece contagiarse de esa enfermedad de muerte que es la falta de esperanza, la Iglesia, al celebrar a Cristo Rey, nos alienta y nos invita a poner en Él nuestra mirada para llenarnos de la verdadera esperanza. Éste es el gran testimonio que los creyentes estamos llamados a mostrar a nuestros hermanos los hombres: el testimonio de la esperanza en Cristo, como único Rey, único Salvador.
Al hilo de esta reflexión, vuela nuestro pensamiento a aquel espectáculo que se produjo en el aeródromo de Cuatro Vientos, en la Vigilia final de la JMJ de Madrid. Después de una mañana y tarde de un calor abrasador, tras el viento y la tormenta no hubo ni avalanchas, ni pisotones, ni estallidos de histeria, y el Señor se hizo presente expuesto en la Custodia de Arfe y la multitud cayó de rodillas para adorarlo, en profundo silencio. Los que estuvimos allí y miles de hombres que lo vieron por la televisión pudimos experimentar que lo que estaba sucediendo, como preanuncio de la esperanza que hoy celebramos, era la mejor expresión del cumplimiento de las palabras del salmista: «Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor».
José María Alsina
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