Alfa y Omega > Nº 760 / 17-XI-2011 > Ver, oír y contarlo > Ver, oír y contarlo
La única certeza, hoy


Benedicto XVI saluda, el pasado sábado, al presidente
del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy
Italia era, el sábado, un hervidero político, mientras Benedicto XVI recibía en el Vaticano al Presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy. El Primer Ministro Berlusconi estaba a punto de arrojar la toalla, y seguir los pasos de su homólogo griego, Yorgos Papandreu. Angela Merkel, junto a Nicolás Sarkozy, en el papel de subalterno, «han inaugurado una era posdemocrática» en Europa, denunciaba el filósofo Jürgen Habermas en el Frankfurter Allgemeine. «Estamos asistiendo a la caída de la república», añadía.
Dos Gobiernos legítimamente elegidos habían sido derrocados por agentes externos, y sin embargo, sobre todo en Roma, la sensación parecía más bien de alivio, cuando no de abierta celebración. «Europa ha sustituido, de facto, a nuestras instituciones», escribía el lunes, en La Gaceta, el diputado católico italiano Luca Volontè. Pero no era un lamento. «Para preservar nuestro futuro y el suyo», aclaraba a renglón seguido.
No está tan convencido el Frankfurter. Los jefes de Gobierno de Alemania y Francia han despachado la caída de Berlusconi como un asunto de «política interna europea», afirmaba este diario el lunes, en un editorial. Pero una cosa es que «muchos italianos quisieran perder de vista» a Berlusconi, y otra, la humillación a su «orgullo nacional».
La sensación es generalizada. «Se ve que el 20-N los españoles creen que eligen algo», se leía esta semana en una viñeta de Kap en La Vanguardia, mientras Idígoras y Pachi actualizaban en El Mundo el célebre chiste de Mingote: «Vote a Gundisalvo. ¿A usted qué más le da, hombre? Si al final la que va a mandar es la Merkel?»
Pero tampoco la opinión pública alemana pensaba que tuviera nada que festejar. La canciller se fajaba, a principios de la semana, en el Congreso de su partido en Leipzig para defender una mayor integración, con férreo control sobre las políticas económicas de cada Estado. Advertía Merkel: Europa atraviesa «su hora más difícil desde la II Guerra Mundial»; «si fracasa el euro, fracasa Europa»; estamos ante una «prueba histórica de supervivencia»... El católico Die Tagespost subraya que no hay altruismo, sino que el interés de su Gobierno por la integración se debe a que Alemania necesita avanzar, proteger sus exportaciones, aunque los ciudadanos no terminen de comprenderlo...
Pero los hechos son que Berlín anuncia reforma de los Tratados en 2012. Por la vía de urgencia, como sucedió con la reforma constitucional en España. Nada de largos y engorrosos trámites parlamentarios. Quien no esté de acuerdo, ya sabe dónde tiene la puerta... El punto de inflexión, apunta The Economist, se produjo cuando Merkel y Sarkozy respondieron al anuncio de referéndum griego, durante el G 20, con la advertencia, «por primera vez, de que podrían abandonar a Grecia a su suerte, un viraje devastador para líderes que siempre habían insistido en que el euro», sin exclusión de ninguno de sus actuales miembros, «sobreviviría a cualquier precio». Hoy la única certeza es que la Europa que emerja de la crisis «no se parecerá en nada a la antigua», concluye el Frankfurter.
Suponiendo que emerja... «El euro no estará a salvo hasta que Europa no responda» a «cómo va a responder ante un mundo que está cambiando rápidamente a su alrededor. ¿Qué hará mientras la globalización le quita a Occidente el monopolio sobre las tecnologías que le enriquecieron, y mientras una Europa envejecida empieza a parecer la península occidental de una Asia que resurge?»
Es un problema de falta de realismo. «Nos hemos acostumbrado a vivir por encima de las propias posibilidades», a crédito, advirtió el catedrático de Política Económica de la Universidad de Alcalá don Luis Rubalcaba, al presentar, la pasada semana, el Manifiesto de Comunión y Liberación Construir en tiempos de crisis. Ha habido además «un cortoplacismo tremendo, muy típico de la cultura moderna, y la española e particular: búsqueda de beneficios rápidos. Un premio Nobel dijo que si los bonus de los banqueros hubieran sido fijados a 3 ó 5 años, en vez de a 3 ó 6 meses, no hubiera habido crisis financiera».
Van Rompuy aprovechaba su visita a Roma para dar una charla en la Universidad Pontificia Gregoriana, traducida por Zenit. Comenzaba la ponencia con una cita: «No tiene mucha importancia que Europa sea la más pequeña de las cuatro partes del mundo por la dimensión de su territorio, visto que es la más considerable de todas por su comercio, navegación, fertilidad, sus luces y la industria de sus pueblos, por el conocimiento de las artes, de las ciencias, de los oficios, y lo más importante, por el cristianismo cuya moral benefactora sólo tiende al bienestar en la sociedad». La frase no es de ningún autor católico, sino del artículo Europa, en la Enciclopedia de Diderot y d’Alambert. Quizá ayude a comprender qué le pasa hoy a Europa, o por qué, en plena crisis, el problema que el Papa planteó a Van Rompuy es el de la libertad religiosa en Europa, continente al que Benedicto XVI conmina una y otra vez, a no seguir negando sus raíces espirituales. De repente, nos hemos vuelto pequeños. Insignificantes.
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