Alfa y Omega > Nº 760 / 17-XI-2011 > Aquí y ahora > El cardenal arzobispo de Madrid
Con la gentileza de

El cardenal arzobispo de Madrid, en la fiesta de la Patrona
Las crisis pueden ser vencidas
En la homilía que el cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid, pronunció en la Plaza Mayor de Madrid, en la solemnidad de Nuestra Señora de la Almudena, analizó y subrayó los inolvidables días de la JMJ. Dijo:
Un momento de la celebración de la Eucaristía, el pasado
9 de noviembre, en la Plaza Mayor de Madrid
El día de la Patrona de Madrid, Nuestra Señora de La Almudena, nos invita un nuevo año a hacer memoria agradecida de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, por la especial protección y cercanía maternal con la que ha acompañado, desde tiempo inmemorial, a los hijos e hijas de Madrid; sin fallarles nunca, ni en los tiempos y horas de bonanza, ni en los momentos y en la coyunturas más difíciles y dramáticas.
El último de los grandes favores que de ella hemos recibido la Iglesia y el pueblo de Madrid, muy recientemente, ha sido la Jornada Mundial de la Juventud. La Santísima Virgen María −La Almudena− fue una de las claves espirituales principales que explican la cascada de luz −en palabras de Benedicto XVI− que inundó a Madrid en esos días inolvidables, escritos ya para su mejor historia con caracteres indelebles. La espontánea y fresca manifestación de la fe de los jóvenes peregrinos, la alegría limpia y esperanzada que irradiaban, la actitud de servicio generoso, de ayuda pronta y cordial y de apertura de alma, dispuestos siempre a darse e intercambiarse entre sí y con las familias, grupos y comunidades que les acogían; en una palabra, la sensibilidad, exquisitamente mostrada, para ser artífices de un maravilloso clima de amor fraterno..., todo eso, y más, constituyó un testimonio excelente de la verdad de Jesucristo con una fuerza de convicción y de conversión extraordinaria: ¡única! En esos días, Madrid se presentó al mundo como la Capital de la esperanza. Esperanza capaz de transformar la experiencia de un presente −para tantos jóvenes, difícil, oscuro y dramático− en una vivencia del gozo de haber encontrado el camino del futuro. Enraizados y edificados en Cristo y firmes en la fe, el horizonte de la vida les quedaba despejado de las peores incertidumbres: las que tienen que ver con las preguntas por el sentido de la vida y de la muerte, del pecado y de la justicia, del odio y del amor, de la felicidad y de la paz. A la vista estaba: las crisis podían ser vencidas, como puede ser vencido el pecado. Y, por supuesto, también puede y debe serlo la crisis que hoy nos aflige a todos. No sólo a ellos, que contemplan cómo sus expectativas de empleo, de fundar una familia, de crecer y progresar humana y espiritualmente, se encuentran seriamente dañadas, sino, también, a toda la sociedad.
Sí, la fiesta de La Almudena, en este año tan abundante y copioso de gracia −de la gracia de su Hijo, nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Señor, ¡el Salvador del mundo!−, es día ciertamente de correspondencia por nuestra parte −de acción de gracias-, pero, no menos, un día para una ferviente oración de súplica a Dios por los frutos de la JMJ-Madrid 2011: por sus frutos espirituales y temporales en bien de la Iglesia y de la sociedad, para las personas y las familias que las vertebran. Súplica confiada y encomendada a su amor maternal.
Es preciso acudir a ella, Madre de misericordia, para que nos ayude a abrir las puertas del alma a Dios, a quien el mundo necesita de nuevo con una urgencia no menor que en cualquier otra época de la historia pasada y reciente. La decadencia del hombre, de la que ha hablado el Santo Padre -como siempre, luminosamente- el 27 de octubre en el encuentro mundial de los representantes de las religiones, en Asís, es consecuencia de la ausencia de Dios. Ausencia en el pensamiento, olvido de Él en la formulación y fundamentación de las normas morales y en la concepción y proyección del bien personal y del bien común. ¿Qué se puede esperar de un futuro en el que sólo cuenten el tener y el poder, el placer y el beneficio personal? ¡Nada bueno!
Los jóvenes de la JMJ- 2011 nos han dejado una lección inolvidable de cómo vivir y de cómo afrontar positivamente el futuro: afirmando la presencia de Dios en la propia intimidad y en los ámbitos de la cultura y de la sociedad; proponiendo, dialogando e intercambiando experiencias de verdadera humanidad, sin imposiciones verbales y menos violentas, antes al contrario, con la amable sonrisa de la caridad fraterna. El que ese testimonio arraigue y dé frutos duraderos en la comunidad eclesial y en la comunidad civil de Madrid y de toda España, depende del Sí firme y valiente de la fe, puesto que sólo por la fe se abre la puerta de nuestro corazón al paso y a la estancia de Dios en nosotros.
Esperanza de verdad
La mejor esperanza, la esperanza de verdad, ha vuelto a alumbrar sobre Madrid: la vida de la Iglesia diocesana y de la sociedad madrileña. Si oramos a la Virgen, la Madre de Jesucristo y de la Iglesia, insistentemente, por los frutos de la JMJ-2011, podremos mantener viva la esperanza, y acrecentarla.
La esperanza se vive y se afianza al pie de la Cruz, junto a María, la Madre de Jesús. Ése es el espacio y el tiempo propio de la esperanza. Allí debemos estar nosotros siempre. Jesús nos da a su Madre -Mujer, ahí tienes a tu hijo- como nuestra, para que la recibamos con Juan en nuestra casa; de modo que la acojamos como madre suya para que sea madre nuestra: Ahí tienes a tu Madre, le dijo al discípulo amado. Si la dejamos entrar en lo más íntimo y hondo de nuestro ser -de lo que somos y vivimos-, entrará infaliblemente Él. Dios habitará verdaderamente en nosotros: ¡Dios que es el Amor! Ese amor es la razón, la fuerza, la norma y el don supremo que dan sentido y futuro a la vida. Los jóvenes de la JMJ-2011 han sabido practicarlo y difundirlo como un buen y suave aroma y sabor de Cristo, que impregnó el ambiente y la vida de todos los madrileños en aquellos días memorables. Vivir en la gracia -amor de Jesucristo- debe ser nuestra respuesta, a fin de que se cumpla lo que esperamos: la victoria sobre el pecado y el triunfo de la nueva vida. Significa apostar certeramente por el instrumento decisivo -en el fondo el único eficaz- que nos hace capaces de avanzar por la senda de la nueva evangelización, venciendo las crisis de esta hora tan difícil y dolorosa de la Humanidad.