Alfa y Omega > Nº 760 / 17-XI-2011 > Raíces
Con la gentileza de

Capilla de la Sucesión apostólica, en la Casa de la Conferencia Episcopal Española
El camino abierto del cielo
La cadena ininterrumpida de la sucesión apostólica es la mejor garantía de que el tesoro de la fe es transmitido en toda su integridad. En la medida en que uno se afianza en la Iglesia y en sus pastores, se acerca con más seguridad a Cristo. La belleza de la continuidad histórica de la Iglesia se hace arte en la capilla de la Conferencia Episcopal Española, recientemente renovada por el padre Marko Rupnik
Ábside de la capilla, con Cristo y los apóstoles en la barca de la Iglesia
Hubo un tiempo en que fuimos expulsados del Paraíso, de ese caminar junto a Dios por el jardín, a la hora de la brisa; y Dios colocó a un ángel a sus puertas, para cerrar el camino del árbol de la vida. Pero también hubo un tiempo en que Dios se compadeció de nosotros, y envío a Jesucristo para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga la vida eterna. En un instante, Dios abrió de nuevo para nosotros el paso que estaba cerrado, y nos dio acceso a comer y beber el Cuerpo y la Sangre de su Hijo, de mano de quienes han recibido la misión de hacérnoslo llegar en las especies eucarísticas: nuestros pastores.
Así es la entrada de la capilla de la Casa de la Conferencia Episcopal Española, remodelada poco antes de la JMJ por el padre Marko Iván Rupnik: sus puertas dan paso de nuevo al Paraíso, al acceso a la Eucaristía. En ese momento eterno, en el que se juntan el cielo y la tierra, se entra siguiendo a los obispos, los sucesores de los apóstoles; de ahí los ornamentos litúrgicos propios de su ministerio: la casulla y la mitra, como abriendo el paso para que entre todo el pueblo de Dios.
Una vez dentro, se hace visible a los ojos el fundamento de toda la iconografía que inunda la capilla: la Sucesión apostólica. Y es que, en este lugar de Madrid, se reúnen todos los obispos de España, y en esta capilla celebran juntos la Eucaristía. Desde cada uno de ellos se puede establecer, hacia atrás en el tiempo, un recorrido sucesorio que se remonta hasta los mismos apóstoles, demostrando que la vida cristiana se hace en medio de un Cuerpo, y que no se puede separar la experiencia de Cristo del mismo vivir en la Iglesia.
A ambos lados de la capilla se encuentran las imágenes de doce obispos españoles que están ya en los altares: a la izquierda, seis del primer milenio, y a la derecha otros seis, del segundo milenio. Precisamente, tanto el primero como el último son mártires, indicando que la llamada al ministerio de servir a Cristo y a la Iglesia es una vocación martirial: Si a Mí me han perseguido, a vosotros también os perseguirán. Estos dos obispos son san Fructuoso de Tarragona, que fue quemado vivo en la persecución del año 259, y el Beato Florentino Asensio, mártir en la persecución de 1936. De ambos se conserva una reliquia expuesta en la capilla para que pueda ser venerada.
En el ábside de la capilla se encuentra la barca de la Iglesia, con Cristo y los apóstoles a bordo, en una tarea evangelizadora significada por la pesca. El timón de la Iglesia lo lleva Cristo; san Pedro y san Pablo -que comparten el mismo ojo, la misma misión- manejan los remos; y el resto de los discípulos recogen en la red los peces que van cayendo en ella. Como reconoce el padre Rupnik en el libro La capilla de la Sucesión apostólica (editorial Edice), editado por Isidro Catela, «la pesca, en los primeros tiempos de la Iglesia, era símbolo del Bautismo. El mar representa el mundo oscuro, habitado por el mal. Ser pescados significa ser salvados». Es Cristo quien, con su mano izquierda, hace entrar a los peces en la red, porque es Él el que lleva la historia de cada uno; es Él el que llama a la vida.
La estola sacerdotal de Cristo abraza la barca, incorporando a su sacerdocio a los apóstoles; y, al rodear también la sede de quien preside la liturgia, incorpora también a los obispos a su misión.
Una preciosa talla de la Virgen con el Niño, datada en el siglo XIII, da fe de la presencia de María como Madre de la Iglesia. Y a la derecha se encuentra el sagrario, que es el primero ante el que se arrodilló Juan Pablo II en su primera visita a España, en 1982. Sobre él se ha colocado un pequeño icono que reúne en sus breves trazos todo lo que alrededor se significa: Cristo, la herida del costado abierta, rompiendo las puertas del infierno y del pecado, para rescatar y llevar sobre sí a Eva y Adán, a todos los hombres a los que, una vez, se nos cerró el Paraíso y que, gracias a Él, tenemos de nuevo abierto el camino del cielo.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo