Alfa y Omega > Nº 760 / 17-XI-2011 > Desde la fe > Punto de vista
Punto de vista
Entre la novedad y la profecía

La exhortación Familiaris consortio fue publicada en noviembre de 1981, como documento fruto del Sínodo de los Obispos de 1980, convocado por Juan Pablo II para estudiar la misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo. Se trata de una Exhortación ciertamente profética, pues en su corazón late una grandiosa verdad: la familia está llamada a ser una verdadera comunión de personas, al servicio de la vida. El documento afirma la dignidad personal, el verdadero significado de la sexualidad humana, así como la intrínseca vinculación que hay entre la vida humana y el amor conyugal, que es el fundamento de la familia.
En Familiaris consortio, Juan Pablo II desarrolla la línea personalista iniciada ya por Pablo VI en la encíclica Humanae vitae. En esta nueva visión del matrimonio y de la familia, el cuerpo ya no es una realidad accidental y secundaria, o una carga biológica, sino algo constitutivo y expresivo de toda la persona. La masculinidad y la feminidad no son, por tanto, un dato meramente físico, o incluso puramente erótico. Son, más bien, dos dimensiones definitorias y estructurales de la persona, que entrañan la posibilidad de una relación de comunión recíproca entre el varón y la mujer, capaz de fundamentar el verdadero amor humano y el misterio de la familia. Por eso, la perspectiva más adecuada para leer la Familiaris consortio son las catequesis sobre Teología del cuerpo, una verdadera perla en el magisterio de Juan Pablo II, tan desconocida aún como novedosa y actual.
La Familiaris consortio retoma la creación del hombre a imagen de Dios, enriquecida con aspectos novedosos. Esa novedad consiste en subrayar la dinámica de la comunión, es decir, la vocación originaria y fundamental de todo ser humano al amor. Partiendo de aquí, el documento continúa desarrollando toda una reflexión acerca del don y de la familia, que nace del misterio de la comunión trinitaria. Estas reflexiones, leídas con el trasfondo de las catequesis sobre Teología del cuerpo, suponen una novedosa ampliación de la teología clásica sobre la imagen de Dios. De hecho, Juan Pablo II afirma que la diferencia sexual y, por tanto, la complementariedad varón-mujer han de ser consideradas como aspectos integrantes de la imagen de Dios en el hombre. En la Familiaris consortio, los tres bienes clásicos del matrimonio -la procreación, el amor fiel y el significado sacramental- quedan engarzados en su eje propio, el amor conyugal, y no ya sobre el de la procreación como finalidad en sí misma. Y ello, porque el punto de apoyo de esta grandiosa palanca, que es el matrimonio y la familia, no es otro que el carácter sacramental del cuerpo humano y de la sexualidad. Juan Pablo II ha reelaborado el amor humano, entendido como don total de las personas y del que nace esa comunidad de vida y amor que es la familia. Y todo en el horizonte de una Teología sobre el cuerpo masculino y femenino, cuya belleza y originalidad son una urgente respuesta a la erotización de nuestra cultura.
Carmen Álvarez Alonso
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