Alfa y Omega > Nº 760 / 17-XI-2011 > Desde la fe
Los diputados masones en la Segunda República
Ligas laicas
La masonería desarrolló un activo papel durante la Segunda República, especialmente por la acción de diputados de izquierda. Sobre ello ha investigado el historiador y escritor Víctor Manuel Arbeloa, que fue histórico dirigente del socialismo navarro y primer Presidente del Parlamento foral


Símbolos masónicos
Fue intensa la actividad de los diputados masones en las Cortes Constituyentes de la Segunda República -de los que escribí hace ya muchos años- acerca de la entonces llamada cuestión religiosa. En el primer año y medio del nuevo régimen, el Gran Consejo Federal Simbólico (GCFS) del Gran Oriente Español -la Obediencia más importante y numerosa en España- y el Supremo Consejo del Grado 33, con sus respectivos órganos de prensa, estuvieron gobernados por los hombres de tendencia más moderada y tolerante, más masónica que política -Demófilo de Buen, Diego Martínez Barrio, Augusto Barcia... -, cuyos partidarios, incluso en el debate y votación sobre el artículo 26, se separaron de la numerosa corriente de sus hermanos, más política que masónica y fieramente agresiva, que hasta última ahora mantuvieron el artículo del dictamen parlamentario que decretaba la disolución de todas las Órdenes religiosas y la nacionalización de todos sus bienes.
Ofensiva legislativa
Ya en 1930, la Gran Logia Española, la Obediencia menor, escindida del Gran Oriente, que había sido condescendiente con la dictadura, vivió, acabada ésta, un período de sospechoso extremismo y decidió crear en Barcelona la Liga Laica, a fin de dar vida a los principios masónicos e «incorporarlos a la legislación del Estado español». También con el decidido propósito de pervivir la relación y contacto con los partidos de izquierda, que mantenían en sus programas objetivos similares: separación de Iglesia y Estado, libertad de conciencia, divorcio y riguroso control de las Órdenes religiosas.
Tras la asamblea de octubre de 1932, el Gran Consejo del Gran Oriente pasó, en su mayoría, a manos de los que, desde hacía tiempo, venían exigiendo una mayor intervención de la Orden en la política nacional a través, sobre todo, de los políticos pertenecientes a la misma y de las leyes preparadas por ellos, a la vez que no ahorraban críticas a la desidia, indiferencia o falta de disciplina de importantes figuras de la vida nacional española, miembros de la masonería, a casi todos de los cuales excluyeron en esa asamblea de sus puestos orgánicos.
Liga laica pro Enseñanza
Desde comienzos de febrero de 1933, varias logias madrileñas surgieron y se reunieron para fundar una Liga laica pro Enseñanza, cuyo reglamento se aprobó a finales de junio. Ya existía desde marzo de 1931, con sede en la Casa del Pueblo, de Madrid, una Liga Nacional Laica, de inspiración socialista, aunque presidida por el pedagogo e historiador del arte, diputado independiente por Madrid-capital (1931), Manuel Bartolomé Cossío, hasta su muerte, cuatro años más tarde. Por eso, el nuevo nombre fue Logia de Enseñanza y Educación (LEYE), presidida por el hermano Antenor, grado 3º, Rodolfo Llopis, diputado socialista por Alicante, cercano a Largo Caballero, y Director General de Primera Enseñaza, que cuatro años antes había escrito un libro encomiástico sobre el sistema de enseñanza y educación en la Unión Soviética.
La junta directiva estaba formada por masones, varios de ellos socialistas. Su fin era agrupar en un solo organismo a cuantas personas e instituciones quisieran trabajar por la difusión de la cultura, instrucción y educación en todos sus ámbitos; ayudaría el Estado con informes e iniciativas para la buena orientación de las leyes, su cumplimiento y desarrollo; atendería preferentemente a la infancia y a la adolescencia; prestaría ayuda a los padres, y especialmente a la madres, contra todo tipo de presiones y coacciones, así como al soldado en los cuarteles, con el mismo fin.
Las relaciones de la Liga con el Consejo del Gran Oriente fueron frecuentes. Todos los asuntos sobre enseñanza y educación debatidos en las logias y en el Gran Consejo pasaban a dictamen e informe de la Liga. Y su beligerancia fue grande en la sustitución, ordenada por ley, de la enseñanza de las Órdenes religiosas.
Víctor Manuel Arbeloa
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid