Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > En portada
¿Qué hay detrás de la violencia en México?
«Guadalupe puede rescatarnos de la barbarie»
«Cuando no hay Dios, todo está permitido», afirma, parafraseando a Dostoyevski, Jaime Septién, director del semanario El Observador, al analizar las causas de la oleada inenarrable de violencia que sacude México. Este escritor, conocido como uno de los principales intelectuales católicos del país, analiza la dramática situación de violencia desatada por el narcotráfico y el crimen organizado
Niños de Ciudad Juárez (México) lloran
ante los féretros de jóvenes asesinados el pasado año
¿La situación de violencia que vive México, tiene que ver con el proceso de secularización que ha experimentado el país en los últimos años?
Como sucede en muchos otros países del mundo, la separación Iglesia-Estado ha sido interpretada como la sustitución de la Iglesia por el Estado. Y puesto a dictar normas de moral, el Estado mexicano es bastante malo. Hubo un cacique en los años treinta del siglo pasado que dejó sentenciada la discusión. Al preguntarle qué era para él la moral, respondió: «Un árbol que da moras». Muchos líderes políticos, sindicales, magisteriales, etcétera, opinaban lo mismo. La moral salió de las aulas. Luego la ética y, más tarde, hasta el civismo. Nos quedamos en el pragmatismo puro. Y cuando no hay Dios de por medio, todo está permitido: desde vender kilos de 850 gramos, hasta escribir libros sin haber leído nunca nada (como le pasó recientemente a un candidato a la presidencia de la República, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara). Vivimos el grado cero del cinismo.
Se ha presentado en el Congreso una propuesta para denominar en la Constitución a la República mexicana como laica; ¿a qué obedece esta iniciativa?
A que algunos partidos políticos siguen apostando por el pasado. Piensan que la Iglesia quiere recuperar sus privilegios, sin decirnos nunca cuáles son esos privilegios a los que aspiraría el clero. Ya se ha reformado el artículo 130 que regula las relaciones entre Iglesia y Estado, pero, por ejemplo, los sacerdotes siguen siendo ciudadanos de segunda. No pueden tener ninguna opinión sobre política. Si emiten una, en público o en privado, y los denuncian, pueden incurrir en un delito. Por eso lo de laica. Porque quieren convertir al catolicismo en un objeto sociológico, en una especie de misterioso culto privado.
También los narcotraficantes dan la impresión de querer hacer su propia religión, ¿no es así?
Sí. Y hemos reaccionado muy tarde, como Iglesia y como sociedad. Los llamados narcorridos, canciones de la frontera norte en las que se encumbran las hazañas de los criminales haciéndolos héroes populares, han desatado un culto paralelo a la santa muerte, a san Malverde y a muchos ídolos del narcotráfico. Además, cada vez que catean una casa de seguridad o abaten a un narco, la televisión se regodea en las imágenes religiosas que atesoran: cirios, veladoras, virgencitas... Hay una especie de culto a la muerte y una desesperanza emotiva. Ellos saben dónde andan y en qué se meten. Saben que van a durar poco. Lo que creo que la jerarquía podría hacer es algo similar a lo que hizo el Papa Juan Pablo II en Sicilia: dejar en claro que todo el que participe en el narco participa en una estructura de pecado. Es peligroso, lo sé. Pero también lo fue para Juan Pablo II.
¿La Iglesia puede hacer algo más para detener la violencia?
En la última sesión plenaria de la Conferencia Episcopal Mexicana, en noviembre, fue presentado un proyecto de educación, que podría ser una aportación radical de la Iglesia, en su conjunto, contra la violencia. La violencia se combate con educación. La Iglesia ocupó, durante muchos años, un papel preponderante en la educación privada. No le dejaban otro reducto. Ahora, no es que la dejen. Es que tiene que salir como misionera a evangelizar el mundo de la educación. Y el de la cultura. Permanecer agazapada me parece que no es el ideal de una Iglesia que surge de Aparecida. La fuerza es la unidad. Y el episcopado se está dando cuenta de esto.
México es católico y corrupto. ¿Cómo puede explicarse esta degradación?
No se explica. O, más bien, sí: México ha perdido el temor de Dios. Hay persecuciones religiosas y políticas de por medio. Pero eso no justifica nada. La sangre de los mártires de la cristiada no ha sido, todavía, fecunda. Somos mayoritariamente católicos y completamente guadalupanos. El 12 de diciembre, entran 4 millones de peregrinos en un solo día a la basílica de Guadalupe. ¿Eso quiere decir que somos fieles a la doctrina? ¿Que tememos a Dios? De ninguna manera. El catolicismo mexicano se ha desvinculado de la política, de la economía, de la vida pública. Pero esa devoción de Guadalupe puede y debe rescatarnos de la barbarie y del dicho popular e ignominioso (que da carta abierta a la corrupción): «¿Qué tanto es tantito?»
J.C. Roma