Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > Criterios
Todo lo hago nuevo
María, protectora de los navengates,
bendiciendo a Cristobal Colón,
de Alejo Fernández. Catedral de Sevilla
(siglo XVI)
«El Papa Juan Pablo II -recordaba Benedicto XVI en Brasil, en el santuario de la Virgen de Aparecida, con ocasión de la Conferencia del episcopado iberoamericano de 2007- os convocó para una nueva evangelización, y vosotros respondisteis a su llamada con la generosidad y el compromiso que os caracterizan. Yo os lo confirmo, y con palabras de esta V Conferencia os digo: Sed discípulos fieles, para ser misioneros valientes y eficaces». De este modo, el actual Pontífice retomaba con vigor esta llamada a una nueva evangelización que el Beato Juan Pablo II, preparando la celebración de 1992, 500 aniversario de la evangelización de América, lanzaba por primera vez, también a la Asamblea del CELAM, el 9 de marzo de 1983, en la capital de Haití, Puerto Príncipe, con estas palabras: «La conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso, no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión».
La llamada del Papa no ha dejado de resonar ni un momento con fuerza creciente. Ahí está la reciente creación del nuevo Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, o el próximo Sínodo de los Obispos que tratará precisamente de ellaÉ El propio Juan Pablo II, al abrir el nuevo milenio, en enero de 2001, lo evidencia de modo indiscutible: «He repetido muchas veces en estos años la llamada a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés». Y este impulso de los orígenes es precisamente el que llevó a cabo la primera evangelización de América. En su libro Globalización e identidad católica de América Latina, el doctor Guzmán Carriquiry, actual Secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, lo evoca con fuerza: «Más de la mitad de los bautizados en la Iglesia católica a comienzos del nuevo milenio son católicos del continente americano. Ello es signo manifiesto de la fecundidad de las corrientes de la primera evangelización, de la inculturación del Evangelio en la vida de los nuevos pueblos americanos, del arraigo del cristianismo en el corazón de su gente, de la confesión de tantos americanos de la fe católica como clave de su identidad, dignidad y esperanza».
Iberoamérica, ciertamente, es el continente de la esperanza, como lo llamó Benedicto XVI en 2007, en Aparecida. Y si lo es, si en verdad tiene futuro, es justamente por la fortaleza de las raíces de esa primera evangelización, de esa «gloriosa historia» y «benéfica presencia en los demás continentes» de la Europa cristiana, con alma española, que recordó Juan Pablo II, al concluir en Santiago de Compostela su primera Visita a España, en 1982. Dos años después, camino de Santo Domingo, «donde se inició la evangelización del Nuevo Mundo», el mismo Papa consideró como «un deber histórico, además de un impulso natural del corazón», detenerse antes en Zaragoza, «en tierra española; porque fue España la que abrió la comunicación entre Occidente y el continente americano y la que, en gran parte, llevó al mismo la luz de la fe en Cristo», para confesar: «He venido por ello a esta ciudad, a postrarme ante la Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, para dar gracias a Dios por esa gesta y por la contribución esencial de los hombres y mujeres de España en una sin par obra de evangelización».
No podemos desoír, y de modo especialísimo en España, la llamada de los Papas a la nueva evangelización. En ello no sólo nos va el futuro de la Iglesia, ¡nos va el de la sociedad entera! Lo decía bien claro, en la Sesión inaugural de la V Conferencia del CELAM, en Aparecida, Benedicto XVI: «Hay que recordar que la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana», porque «el encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridadÉ ¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará Iberoamérica para que, además de ser el continente de la esperanza, sea también el continente del amor!» He aquí el secreto de la nueva evangelización, que subraya igualmente en su encíclica de 2009, Caritas in veritate, evocando justamente el mandamiento nuevo que nos dejó en la Eucaristía: «El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre», ¡y todos los hombres! De ahí brota la auténtica novedad, en su ardor, en sus métodos, en su expresión. La misma del inicio de Evangelio. En definitiva, la novedad eterna de Dios. «Todo lo hago nuevo», dice el Señor, con la novedad que no envejece, porque la novedad es Él.
Honrad e imitad a la Virgen
La Concepción Inmaculada de María deriva de su maternidad divina. Por ser Dios, Jesús pudo dibujar el retrato físico y espiritual de su madre y, en consecuencia, pudo hacerla santa, hermosa y llena de gracia. Este privilegio singular es el primer fruto de Su muerte redentora. María es preservada del pecado aplicándosele anticipadamente los méritos de Su sacrificio redentor. Por ello, posee la plenitud de gracia y no hay en ella el menor atisbo de pecados personales.
El sentido de la fe del pueblo cristiano, ya en los primeros siglos de la Iglesia, percibe a la Santísima Virgen como la Purísima, la sin pecado, convicción que se traslada a la liturgia y a las enseñanzas de los Padres y de los teólogos. En el camino hacia la definición, pocas naciones han contraído tantos méritos como España.
Destaca entre las diversas regiones Andalucía, la tierra de María Santísima. Nuestra archidiócesis de Sevilla no queda a la zaga en la defensa del privilegio de la Concepción Inmaculada de María. A partir del Renacimiento, en su honor se erigen cofradías, se celebran fiestas religiosas y salen a la luz numerosas publicaciones que defienden la limpia Concepción. A mediados del siglo XVII, son muchas las instituciones sevillanas, civiles, religiosas y académicas, que se imponen la obligación de jurar la defensa de esta hermosa doctrina en los actos de toma de posesión de sus cargos. Otro tanto hacen desde entonces numerosísimas Hermandades en sus funciones principales. Fruto de este fervor mariano son los cientos y cientos de cuadros y tallas bellísimos dedicados a la Inmaculada en nuestra catedral y en todas las iglesias de la archidiócesis, aspecto éste que llama poderosamente la atención de quienes venimos de otras latitudes geográficas.
La tradición inmaculista no debe perderse entre nosotros. Contemplad, en estos días, las maravillas obradas por Dios en nuestra Madre. Alabad a la Santísima Trinidad por María, la obra más perfecta salida de sus manos. Felicitad y honrad a la Virgen y, sobre todo, imitadla luchando contra el pecado y tratando de vivir siempre en gracia de Dios.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
arzobispo de Sevilla