Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > Ver, oír y contarlo > Ver, oír y contarlo
El Apocalipsis en Europa

Son tiempos apocalípticos para Europa, en cualquiera de sus acepciones. Salvo la todavía ministra Elena Salgado, que negaba en La Sexta que el euro esté en peligro, el resto del continente contenía la respiración. «Cuenta atrás para salvar la moneda única», resumía un editorial de El Mundo, el 1 de diciembre, mientras The Economist publicaba una viñeta con los líderes europeos contemplando con pavor la llegada de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Los Jefes de Estado y de Gobierno «todavía pueden evitar el Apocalipsis, pero sólo si actúan con decisión y rápidamente», decía el semanario británico.
Distintos diarios difundían planes de contingencia de compañías, bancos y aseguradoras internacionales, preparándose para la ruptura del euro. También se prepara para esta eventualidad la Ciudad del Vaticano, según publica el vaticanista Guido Horst en el diario católico alemán Die Tageszeitung: en lugar de regresar a la lira italiana, que volvería a inundar de calderilla el Vaticano, se prefiere acuñar una moneda propia, de bello diseño y color dorado y plateado, aunque aún se desconoce con qué imagen, ya que, al parecer, el Papa no querría figurar.
La imagen para el futuro que sí queda, y muy clara, es la de la ministra italiana de Trabajo y Protección Social, Elsa Fornero, que rompió a llorar al presentar los sacrificios que le esperan a su país. El rigor presupuestario y el control inmisericorde del déficit es la ruta del nuevo Tratado europeo que propondrán mañana Merkel y Sarkozy, autoerigidos en autoridad máxima comunitaria. Se adherirán a ese Tratado, al menos, los 17 países del euro, y sus Tribunales Constitucionales no tendrán obligación de defender el derecho a la vida, pero sí la ortodoxia de las políticas económicas.
Al final, eso es lo que queda del proyecto europeo, una moneda que salvar. «Contrariamente a lo que ahora parece, la economía fue una excusa para unir a los países europeos en el objetivo común de la paz, de la libertad, de la convivencia», escribe en La Vanguardia Miquel Roca. Ahora la economía lo es todo para Europa, pero con paradójicas contradicciones difíciles de resolver. «Los europeos quieren siempre más crecimiento económico, pero trabajar menos. Quieren tener menos hijos, a pesar de un aumento de la esperanza de vida y una mejor salud en la vejez», y esto hace insostenible su sistema social. «Quieren mantener la soberanía nacional y, al mismo tiempo, mantener en la globalización su estilo de vida y modelo social europeo», como si el continente fuera, «no ya una isla, sino un planeta», ajeno a lo que ocurre fuera de sus fronteras. Así describe El último hundimiento de Occidente Stephan Baier, en Die Tagespost.
Más claro todavía lo contaba Cristina López Schlichting, en Eurofinal, artículo publicado en septiembre, en La Razón: «Se acabó. Es el turno de India y China. Se han cansado de miseria» y «no hay quien luche contra eso», y menos nosotros, que «nos ponemos en huelga por dos horas semanales más», mientras «nuestros hijos escupen cuando les pagan 600 euros por unas prácticas». Pero lo que peor arreglo tiene es que los europeos reniegan de sus raíces. «Le hacen un corte de mangas a una monja y ven extraordinario que un señor de naranja vaya con tambor por la calle. Se ríen de la Medicina y te cuentan, muy serios, que tenemos seis chacras Es así, siempre ha sido así. Imperios viejos, incapaces de reproducirse, hastiados de sí mismos, impedidos para sacar de sus raíces fuerzas para el futuro han sido siempre sustituidos por la savia nueva».
Y eso que las raíces están bien en la vista, en la propia bandera de la Unión Europa. La historia es bien conocida, y la recordaba Vittorio Messori en un artículo en 2003, en La Razón. La bandera es obra del diseñador católico Arsne Heitz, devoto de la medalla de la Milagrosa y de la imagen de la Inmaculada, como la que pidió difundir a santa Catalina Labouré la Virgen en sus revelaciones. Por eso hay doce estrellas en la bandera, como las que rodean a la Mujer vestida de sol del Apocalipsis, pese a que, entonces, el número de Estados miembros era de sólo seis. Para más pistas, el fondo es azul, el color mariano, pero el Presidente del jurado lo vio de otro modo. Paul M.G. Lévy, de religión judía, desconocía esta historia, aunque en cambio le debió resultar grato el color azul, que también lo era de la organización Sionista Mundial y del Estado de Israel.
Los líderes europeos cuadraron sus agendas, y, por pura casualidad, la bandera fue adoptada en sesión solemne tal día como hoy de 1955, fiesta de la Inmaculada.
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