Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > Aquí y ahora > El cardenal arzobispo de Madrid
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El cardenal arzobispo de Madrid, en el Adviento de 2011
El futuro nos preocupa
¡Preparad el camino del Señor! En este nuevo Adviento del año 2011. ¡Preparad el futuro!: así titula el cardenal arzobispo de Madrid su exhortación pastoral de esta semana. Escribe:

El futuro nos preocupa. En realidad, sentimos que se nos escapa de las manos. Que no es totalmente nuestro. Otros deciden sobre él. Más aún, sabemos muy bien que en su final, al otro lado de la ribera de la muerte, la decisión sobre nuestro destino último es, en definitiva, de Dios. Lo mismo ocurre con el futuro de la Humanidad. El curso futuro de su historia, ¡de lo que va a pasar!, sobrepasa el poder de los hombres. No hay instancia humana alguna que pueda predecirlo y asegurarlo con total seguridad, en lo que respecta a su contenido y a su configuración concreta. Ante la pregunta por el final de la Historia, la impotencia del hombre para despejarla es manifiesta. Fin del hombre y fin del mundo dependen, en último término, de Dios.
Y, ante esta verdad de nuestro futuro albergado y escondido en el misterio de Dios, ¿cuál es y debe ser nuestra tarea, o, dicho con otras palabras, el uso y ejercicio debido de nuestra libertad? Responder acertadamente sólo es posible si recurrimos a la sabiduría. No basta el saber humano. Es precisa la sabiduría de Dios. En el segundo Domingo de este Adviento del año 2011, la Iglesia nos lo recuerda con palabras de la Sagrada Escritura que nos abren la puerta al conocimiento de la sabiduría divina: ¡palabras luminosas y consoladoras!
Al antiguo y alejado pueblo de Israel, en los trances más dramáticos de sus desgracias colectivas -destierro a un país lejano y enemigo, destrucción de la ciudad santa, de Jerusalén, etc.-, se le anuncia: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor llega con fuerza y su brazo dominaÉ Como un pastor apacienta al rebañoÉ, mi mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres». Dios estaba cerca; iba a entrar de forma desconocida para el hombre en su misma vida. Dios se proponía reinar en el corazón de los hombres, de los pueblos y naciones a través de la justicia y de la misericordia. El Salmista cantará: «La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra». Sí, el futuro era de Dios que quería salvar al hombre de su frustración y de la muerte. A los hijos de Israel -¡al hombre!- les quedaba una tarea: «En el desierto, preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios».
¿Quién estaría dispuesto a emprender la tarea? ¿Y cómo? Porque verdaderamente se trataba de un asunto del alma, en primer lugar: de desierto y estepas interiores que había que preparar para la venida del Señor. ¿La respuesta de Israel, el modo de reaccionar de los hijos de los hombres ante los avisos de Dios fue suficiente? Sólo Dios lo sabía. De hecho, su misericordia se desbordó hasta el límite inaudito de darse a sí mismo, de darnos a su Hijo unigénito que se hace hombre en el seno de la Santísima Virgen María, sencilla doncella de Israel, del resto de los fieles israelitas que esperaban al Mesías de Dios con corazón limpio y con un alma sencilla; entregada a la voluntad de Dios.
El último profeta de Israel, Juan el Bautista, anunciaría su inminente llegada pública desde una nueva experiencia de un desierto, que iba a transformarse, por el camino de la penitencia y de la conversión, en un vergel de gracia y de santidad: «Detrás de mí -decía- viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias». ¡Comenzaba así el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios! La Buena Noticia había llegado definitivamente al hombre. Su futuro quedaba aclarado; más aún, gloriosamente iluminado.
Pedro, el primero de los discípulos del Señor Jesucristo, pudo decirle a sus fieles de las primeras comunidades cristianas: «Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia». Se iniciaba el último y definitivo tiempo de la gracia: el tiempo del camino que conduce a los hijos de los hombres al triunfo sobre el mal -el mal del alma y del cuerpo-: a la gloria y a la felicidad eterna. Éste era y es el futuro del hombre: ¡la gloria de Dios!
Una llamada apremiante
En medio de las nuevas dificultades, sufrimientos e incertidumbres que ensombrecen tan dolorosamente el futuro de tantos hermanos nuestros en una situación de desempleo, rupturas familiares, enfermedad y soledad, dudas y desesperanzasÉ, el nuevo Adviento se nos presenta a toda la comunidad cristiana, a nuestra Iglesia diocesana, como una apremiante llamada a allanar los caminos del corazón para que la gracia -¡el amor!- del Señor, que nos va a nacer de nuevo, no encuentre ningún obstáculo en nuestra conciencia que pueda impedir la traducción práctica de la generosidad cristiana en nuestra respuesta y en la de toda la comunidad eclesial.
María, la madre del Señor, la Inmaculada, fue, es y será la persona clave para desbrozar el campo interior de las almas, y para que la siembra de la nueva evangelización dé fruto ya en este tiempo de Adviento del presente año, como lo hizo con los jóvenes peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud del pasado agosto. En ella, en el momento mismo de su concepción, Dios entraba en las entrañas del hombre, se introducía como el Buen Pastor en su historia. Se acerca la celebración solemnísima de su fiesta. En la Vigilia de oración y de adoración, que la precede, oigamos de nuevo las palabras de su divino Hijo, clavado en la cruz: «Ahí tienes a tu Madre». Acudamos a ella, Virgen de La Almudena, para que, en este tiempo de Adviento, sepamos esperar como ella y con ella a Aquel que viene a salvarnos: ¡Jesucristo Nuestro Señor!; y para que no tengamos miedo a ser sus testigos, valientes como Juan el Bautista y como los discípulos de la primera y decisiva hora: los doce apóstoles.
+ Antonio Mª Rouco Varela
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