Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > Día del Señor > La voz del Magisterio
La voz del Magisterio
La evangelización de América no es sólo un don del Señor, sino también fuente de nuevas responsabilidades. Gracias a la acción de los evangelizadores, a lo largo y ancho de todo el continente, han nacido de la Iglesia y del Espíritu innumerables hijosÉ La conmemoración de ciertas fechas especialmente evocadoras del amor de Cristo suscita en el ánimo, junto con el agradecimiento, la necesidad de anunciar las maravillas de Dios, la necesidad de evangelizar; así, la celebración de los 500 años de la llegada del mensaje evangélico a América, del momento en que Cristo llamó a América a la fe. (É) Cuando la Iglesia en toda América se preparaba para recordar los 500 años del comienzo de la primera evangelización del continente, en Puerto Príncipe (Haití), afirmé: «La conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso, no de reevangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión». (É) La tarea fundamental a la que Jesús envía a sus discípulos es el anuncio de la Buena Nueva, es decir, la evangelización. De ahí que, evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. La singularidad y novedad de la situación en la que el mundo y la Iglesia se encuentran, y las exigencias que de ello se derivan, hacen que la misión evangelizadora requiera hoy un programa también nuevo que puede definirse en su conjunto como nueva evangelización. Como pastor supremo de la Iglesia, deseo fervientemente invitar a todos los miembros del pueblo de Dios, y particularmente a los que viven en el continente americano, a asumir este proyecto y a colaborar en él. Al aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que Él nos ha conquistado a través de su Misterio Pascual.
Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in America, 1.6.66 (1999)